3a. LAS BASES DEL POBLAMIENTO.- LA ANTIGÜEDAD DEL POBLAMIENTO EN ANDALUCÍA.
Geografía de Andalucía
Prof. María Luisa Gómez Moreno
INTRODUCCIÓN.
Al abordar el tema de la antigüedad del poblamiento en nuestra región pretendemos dar cuenta de varios objetivos:
- Unos, de tipo explicativo, se refieren a la búsqueda en la evolución del poblamiento, de las razones últimas que justifican aspectos de la organización espacial, tanto de la población como de la producción, difícilmente comprensibles desde el prisma de la lógica socioeconómica actual. Lógicamente, en este sentido, es fundamental delimitar el impacto sobre esta organización espacial de la progresiva conformación de las estructuras capitalistas, por cuanto, para algunos autores, sería Andalucía una de las regiones del planeta que antes las experimentaron (a través de la canalización del tráfico comercial con América). Subsiguientemente, la ya aludida situación de subdesarrollo que, en términos globales y, más agudamente, locales, pesa sobre nuestra región exige, una búsqueda en el pasado de las razones de su existencia, pesa sobre si compensamos estas circunstancias actuales con las pretéritas en que Andalucía se mantuvo durante siglos como la región más próspera de la nación.
- Otros, relacionados con la epistemología, vendrían dadas por el interés en poner de manifiesto como la desigual distribución espacial de los recursos que servía de síntesis a la 2ª parte de este temario, no se ha traducido sistemáticamente en un desequilibrio demográfico o económico correlativo, impidiendo así cualquier ejercicio determinista.
- Los terceros responderían al interés por rastrear la progresiva (si es que es así) configuración de la identidad de Andalucía como región y de los andaluces como pueblo y en otras instancias, el origen de la actual organización administrativa.
Lógicamente, el cumplimiento de estos objetivos aparece entrelazado en la exposición que sigue, exposición a la que hemos centrado en torno a una serie de constantes evolución del poblamiento andaluz. Estas constantes son:
1. En lo que se refiere a la distribución interior del poblamiento:
1.a. La movilidad de la población, tanto en relación con movimientos exógenos (tierra de inmigración y luego de emigración) como con movimientos endógenos (continuas redistribuciones de población entre los diferentes ámbitos comarcales), movilidad acompañada del consiguiente reajuste de la intensidad de la explotación del medio.
1.b. Otro elemento característico de la distribución de la población es la temprana aparición de una red urbana cuya función económica variará al socaire de las estructuras productivas: desde auténticos centros de producción y comercio hasta meros núcleos de servicio y de concentración de población rural. Así pues, la relación con la organización productiva del espacio ha sido variable.
2. En lo que respecta a la organización de la producción:
2.a. La precoz inserción de Andalucía en los circuitos económicos extraregionales, o, lo que es lo mismo, la temprana caracterización de la economía de buena parte de la región como economía abierta.
2.b. Sin embargo, esta introducción en una economía abierta no ha sido homogénea, observándose la compartimentación, muchas veces identificada con la desarticulación, de los diferentes espacios económicos andaluces y, en última instancia, en relación con las características del medio físico, pudiéndose reconocer varias áreas "macropolarizadas": el conjunto Córdoba-Sevilla-Cádiz-Huelva; el Reino de Jaén y el Reino de Granada, entendiendo este último como una serie de subconjuntos, desarticulados a su vez.
3. En lo que respecta a la organización administrativa del espacio, es introducida fundamentalmente por el proceso de la conquista, traduciéndose en:
* Articulación administrativa y económica de espacios complementarios desde el punto de vista de la producción a través de los concejos.
* La progresiva configuración de los grandes unidades administrativas antes de la aparición de la identidad regional, que constituye un proceso mucho más reciente.
Guiándonos por la disponibilidad y características de las fuentes, así como por la ruptura en la continuidad del poblamiento o en las tendencias de la organización de la producción podemos vertebrar este seguimiento de la evolución de la ocupación del territorio andaluz en las siguientes fases:
- Una, marcada por la escasez de información, que obliga a la generalización y justifica así la observación en conjunto del período protohistórico, la integración en el Imperio Romano y la configuración y desarrollo de la ocupación musulmana.
- A partir de la conquista cristiana, la mayor abundancia de las fuentes permite un análisis más detallado y, por tanto, una mayor precisión en la definición de los cambios experimentados. Según estos cambios cabría distinguir entre:
Una etapa de reorganización de la ocupación (s.XIII-XV en la Andalucía Bética y s.XV-XVII en la Penibética).
Otra de consolidación de las nuevas bases del poblamiento, en un contexto de economía expansiva (s.XVI-ler. tercio s.XIX y s.XVIII-2º tercio s. XIX respectivamente), con la subsecuente confirmación de la dicotomía Andalucía Occidental/Andalucía Oriental también de terminada por el diferente impacto del Descubrimiento y por la diferente respuesta a la introducción de los sistemas económicos capitalistas.
Una tercera etapa de progresiva ralentización de la actividad económica que abocará en el retraso económico de nuestra región respecto a las áreas económicamente más dinámicas de la nación.
3.a.1. De Tartessos al Reino de Granada o los orígenes del mito de Andalucía como "Tierra del Paraíso".
3.a.1.a. Las bases del sistema de poblamiento; De Tartessos a Span, provincia bizantina.
Como hemos adelantado, la dotación de recursos del medio físico andaluz lo convertía en área muy favorable para el desarrollo de las 1ª culturas de la Humanidad, condicionando con ello una temprana explotación de sus recursos.
Remontándonos a los comienzos del poblamiento, el área del Estrecho sería fundamental para la conexión entre África y Europa, siendo prueba de ello el hallazgo de restos del "Homo Neandersalensis" (Paleolítico Medio) en Gibraltar. Sin embargo, las culturas del Paleolítico Superior ("Homo Sapiens") tienen en nuestra región una representación exigua en relación con otras áreas peninsulares más próximas a sus foco de origen: la Europa transpirenaica. Las pinturas magdalenienses de las Cuevas de la Pileta y de Da. Trinidad (en la Serranía de Ronda) corresponden a esta fase.
Las características del valle del Guadalquivir eran idóneas para el desarrollo de la cultura neolítica, quedando como cuestión no dilucidaba la autoctonía o aloctonía de las implantadas en nuestra región. En cualquier caso, aparece ya una de las constantes del poblamiento andaluz: la diversidad de cultivos constatada que, ya en el período correspondiente a las sociedades metalúrgicas se combina con otro rasgo constante para una larga etapa de la Hª and.: la fusión de caracteres autóctonos con otros correspondientes a sociedades alóctona que se establecen, con mayor o menor representación numérica sobre nuestro suelo.
Así, "si las tierras llanas habían sido propicias para el desarrollo de la agricultura (trigo vulgar, escanda, cebada) y la ganadería (ovicápridos, bóvidos, cerdos y caza) neolíticas, cuando surja la necesidad de metal, sus serranías le colocarán en situación privilegiada por su extraordinaria riqueza en cobre, plata, oro y otros metales"(1), y, en efecto, esta extraordinaria riqueza atraerá la colonización grecomicérica que, probablemente, seguiría los pasos de navegantes más antiguos.
En este sentido, cabe distinguir dos fases. En las etapa calcolítica, va a ser el núcleo almeriense (Los Millares) el más importante, sugiriendo la caracterización de los numerosos yacimientos el cumplimiento de las fases de desarrollo típicas: una creciente actividad económica, propiciada por la riqueza minera y la disponibilidad de tierras, plasmada en una incipiente organización urbana y en un aumento considerable de la población. El megalitismo de Antequera permite pensar en una transmisión de este auge a otras zonas de la región.
En la etapa del Bronce, la necesidad de estaño desplazará el núcleo más potente al W., donde, a la riqueza en cobre y plata se añade la proximidad a los puntos del W. peninsular (Extremadura, Galicia) y extrapeninsular (Inglaterra) productores del estaño imprescindible para la aleación.
Es ahora cuando se configura la civilización tartésica, quizás el primer punto de referencia del mito de la Andalucía paradisíaca: "La región del bajo valle del Guadalquivir, Huelva y los territorios limítrofes aparecían ahora como una zona privilegiada por su riqueza minera -sin olvidar la agrícola y ganadera- y por su extraordinaria emplazamiento: en la boca del Mediterráneo y abierta por tierra y mar a las rutas del Atlántico" (1).
No vamos a repetir las riquezas de esta Tartessos que exportaba sus productos metalúrgicos a todo el Mediterráneo y que la hicieron engrosar la Geografía Mitología, Pretendemos que su importancia económica concita la llegada a este rincón del S/W/ peninsular de varias corrientes humanas o, simplemente, comerciales y económicas: los pueblos indoeuropeos, procedentes de la Meseta, las navegaciones atlánticas y las mediterráneas, estas últimas protagonizadas por la competencia entre fenicios y griegos.
Haciendo balance de la continua transfusión étnica que experimenta Andalucía a partir del I Milenio a.C., aprox., encontramos, entre los pueblos alóctonos:
1. Los establecimientos fenicios, con centro en Cádiz, relativamente distantes del núcleo metalúrgico tartésico con el que competía. Su ubicación era litoral (Málaga, Huelva, Almuñécar, Adra), en pequeñas elevaciones junto a la desembocadura de los ríos, lo que explica el emplazamiento de ciudades como Málaga.
2. Los griegos, cuya presencia tienen un menor grado de comprobación arqueológica. Probablemente asentados en el litoral malagueño (Mainake?), con cierta penetración hacia el interior a través de los ríos. Perderán su lucha por eliminar al intermedio fenicio (arrastrando en su fracaso el ocaso de la filohelénica Tartessos), siendo más tarde sustituidos ambos por:
3. Los cartagineses, que mantienen los establecimientos de sus predecesores robusteciendo la organización urbana, hasta el definitivo enfrentamiento con Roma. Este fortalecimiento de las ciudades será el eslabón fundamental para la continuidad de la ocupación entre el dominio cartaginés y el romano.
Todos estos pueblos mantenían relaciones económicas (y, en menor medida, políticas) con los pueblos autóctonos. Estos, una vez disgregada el imperio tartésico, eran:
* Los turdetanos (herederos directos de los tartesios) en el valle medio y bajo del Guadalquivir.
* Los celtas, que, procedentes de Badajoz, parten de Huelva y Sevilla para pasar a la meseta y serranía rondeña.
* Los bastetanos en las altiplanicies orientales del Surco Intrabético.
En el Alto Guadalquivir coinciden los oretanos (que dominaban la cuenca minera de Jaén) y elementos celtibéricos procedentes de la meseta a través de los llanos albaceteños.
Asistimos en esta etapa a una nueva oscilación del centro de gravedad económico, ya que, como en el calcolítico, el foco de mayor actividad se sitúa en el sector oriental, pero, en esta ocasión, desplazado hacia el N. (tierras de Jaén y Granada). La causa de este desplazamiento parece radicar, además de en la existencia de una buena dotación agrícola y minera, en la influencia de la civilización griega en este sector, emitida por caminos terrestres desde sus enclaves levantinos. Así, enriquecido por la aportación tartésica, que remonta el Guadalquivir, se crea, entre Albacete y Alicante el núcleo fundamental de la civilización ibérica clásica (Dama de Baza).
Los yacimientos arqueológicos permiten inferir que la relación entre los pueblos alóctonos avanzados del litoral y los autóctonos del interior respondieron más que a un modelo de amplio dominio territorial a otro de intensa actividad económica encauzada por los centros de la costa y acompañada de un control político más o menos fuerte sobre los pueblos del interior. Si en los comienzos esta actividad económica se centraba en la minería, progresivamente la pesca y las industrias derivadas de ella (salazones) ganarán en importancia.
De esta forma, la colonización romana calará sobre un sustrato de población prototípicamente mediterráneo: sustrato autóctono con mezcla semita (libio-fenicia). Podemos considerar ya a esta colonización romana como el precedente más claro de la organización del poblamiento y la producción imperante en buena parte de Andalucía (fundamentalmente la correspondiente a los espacios llanos: dep. del Guadalquivir, Surco Intrabético y litoral) hasta el s. XIII.
En efecto, además de consolidar lo ya existente (la red de ciudades comerciales litorales y las actividades mineras), extendió la sistematización del poblamiento interior mediante el asentamiento de colonos, acompañados de grupos más o menos nutridos de negociantes y funcionarios. Este asentamiento de colonos se realizó bajo dos modalidades, una de convivencia con la población indígena en núcleos preexistentes a su llegada, y otra de fundaciones. En uno u otro caso supusieron la redistribución de la tierra en beneficio de los dominadores, pero sin que ello se tradujera en cambios sustanciales del estado de cosas existente. Otro rasgo más de la evolución del poblamiento andaluz: la llegada y asentamiento de nuevas civilizaciones se traducirá sólo a largo plazo en transformaciones profundas de las estructuras demoeconómicas, suponiendo en sus comienzos un a modo de usufructo de la preexistente, y ello, probablemente, debido a la eficacia y "avance" de los sistemas productivos previos.
Así, cuando los romanos "llegaron a la Península no eran portadores de una cultura plenamente madura y consolidada y (..) en una primera fase, más que aportar sus conocimientos se aplicaron en estudiar y asimilar en provecho propio las técnicas y los métodos de los cartagineses (tipo de almazara, técnicas metalúrgicas, etc.)". (1)
Refiriéndonos a la organización de la producción, la colonización romana supone la extensión a la agricultura del carácter exportador de la economía y con ello, la conversión de la agricultura bética en la más floreciente de la Península. El aceite era en este sentido el producto fundamental, exportándose a través del Guadalquivir y de los puertos de la costa. Por el contrario el vino vio su expansión frenada por las medidas proteccionistas de la Península Itálica. En el campo de los regadíos se mantienen los sistemas fenicio-púnicos inspirados a su vez en los egipcios. La ganadería era igualmente importante (toros, caballo, bóvidos, óvidos, cerdos), base a su vez de industrias derivadas (lava), mientras que se mantiene la envergadura de las también heredadas industrias de salazones.
Pero era la minería la actividad que seguían reportando los mayores beneficios; se intensifica la producción mediante la aplicación de un alto nivel técnico (ruedas hidráulicas, tornillos de Arquímedes, bombas de doble acción) y, en función de su destino en la exportación, se mejoran las instalaciones portuarias y la red de calzadas necesarias para su salida.
Esta red de carreteras ponía en comunicación un complejo de ciudades que tenía su mayor densidad en el valle del Guadalquivir (desplazándose así de nuevo el centro de gravedad hacia el W.)
La lenta degradación económica del Bajo Imperio sólo se deja sentir en Andalucía bajo la forma del progresivo debilitamiento de las ciudades y de una ralentización (nunca desaparición) del comercio exterior. También continúa la explotación de las mismas. De esta forma, el paso de las invasiones del s. V fue poco perceptible para la Andalucía hispanorromana. Si en toda la Península la aportación de población germana sólo representó el 5% de la hispanorromana, en el S. el porcentaje resulta casi inapreciable. En este sentido, es de destacar, quizás como factor de continuidad, la existencia de colonias de judíos en Córdoba, Jaén, Granada y Sevilla vinculadas a actividades mercantiles, con graves problemas de asimilación, sobre todos a finales del s. VIII, y que constituirán una eficaz ayuda para los musulmanes en su proceso de conquista.
Alejadas del centro de poder visigodo, "las tierras del sur atravesaron un período de independencia" "de factor", durante el cual la aristocracia hispanorromana debió reforzar su influencia aprovechando el vacío de poder" (1). En estas situación, se produce la llegada de los bizantinos, llamados por el poder bético en auxilio de su rebelión contra los godos y bien recibidos por los grupos de comerciantes de las ciudades, que veían en ellos una garantía para el mantenimiento de su actividad. Una actividad centralizada en el cataplus (institución que cumplía las funciones de aduanas, almacén y lonja de contratación) y catalizada en torno a los productos tradicionales de exportación (trigo y aceite) y la importación de joyas, sedas, textiles finos, etc., en un circuito que iba a Siria y Alejandría a través de Cartago e Italia.
De esta forma, encontramos en la actividad comercial el nexo que mantiene, aunque amortiguadas, las bases de la ocupación y aprovechamiento del medio entre el Bajo Imperio Romano y la constitución del califato de Córdoba.
3.a.1.b. La 2ª Andalucía Mítica: "al-Andalus".
La historiografía reciente ha superado definitivamente la consideración de las consecuencias de la llegada de Tarik a Gibraltar como una auténtica ruptura con el orden de cosas anterior, de tal modo que el concepto de invasión hay que sustituirlo por el de progresivo proceso de asentamiento de un conjunto heterogéneo (tanto ética como socialmente) de pobladores entre un sustrato de población hispanorromana. Por ello, si en Andalucía llegaron a configurarse unos sistemas de organización de la producción distintos de los desarrollados coetáneamente en otros sectores del país, ello obedeció a la mayor duración de la permanencia de esta remesa de pobladores en nuestra región. Y de ahí también, que el decalage cronológico entre la conquista cristiana de Andalucía Occidental y la de Andalucía Oriental se tradujera en la definitiva diferenciación entre los sistemas de aprovechamiento de ambos sectores. En otras palabras, 200 años de diferencia en la ocupación por los reinos hispánicos bastaron para prácticamente hacer desaparecer la mayor parte de las características del sistema productivo andalusí de la Andalucía del Guadalquivir, aunque también hay que recordar que las características del medio físico coadyuvaron a ello.
En consecuencia, lo que a continuación se va a abordar es el seguimiento de la formación del sistema de poblamiento resultante de los 6 siglos (en el caso de Andalucía Occidental y 8 en el de Andalucía Oriental, durante los que el suelo andaluz fue ocupado por la civilización islámica.
1. En lo que se refiere a las características de la población, una vez más su principal característica va a ser la de responder a una mezcla tanto de tipo étnico como cultural. Desde el punto de vista étnico, además de las perseverantes comunidades judaicas, hay que distinguir entre el sustrato hispanorromano y los alóctonos pueblos norteafricanos. Pero dentro de estos últimos hay que diferenciar entre la minoría árabe y la masa berebere, posteriormente engrosaba por los aportes almorávide y almohade.
Por su parte, dentro del sustrato hispanorromano hay que reconocer los "colaboracionistas" que se asimilan con bastante facilidad a la civilización islámica y las minorías mozárabes que, desplazadas las más de las veces a las áreas montañosas en busca de refugio (ya empieza aquí la función que la montaña como refugio, irá tomando cada vez que las circunstancias así lo exijan o lo aconsejen), mantendrán allí sus poblados en la medida que lo permita la tolerancia de los alóctonos. Más adelante abordaremos las contradicciones con que la historiografía interpreta la incidencia de las minorías mozárabes en el aparato productivo.
Este carácter de "oleadas" con que se presenta la asimilación de nuevos pobladores va a ser otra constante del poblamiento andaluz hasta finales del s. XVI. De modo semejante al que observábamos en la conquista romana, la llegada de cada una de estas oleadas supuso su esclarecimiento, casi siempre en el medio rural, con la consiguiente concesión de tierras. La parquedad de las fuentes no permite determinar si estos sucesivas concesiones de tierras fueron en detrimento de los pobladores previamente asentados, o si la amplitud del territorio permitió su acomodación sin más. En este sentido, la última remesa importante la recibió el Reino de Granada tras la conquista de Andalucía Oc. por los cristianos, absorbiendo un buen número de correligionarios expulsados o huidos por el drástico cambio de situación.
En cualquier, caso hay que hacer constar que se trató, en la mayor parte de las ocasiones, de la sedentarización de una población hasta entonces trashumante y que, al menos en los primeros tiempos, se mantuvo la yuxtaposición de dos sistemas familiares claramente distintos: el de la familia unicelular hispanorromano y el clánico de la islámica.
En lo que se refiere a los aspectos cuantitativos, se desconoce el peso de la población hispanorromana, mientras que, en la primera etapa (hasta los primeros Reinos de Taifas) llegaron unas 60.000 familias árabes y entre 80 y 120.000 beréberes. Sí se conoce, en términos aproximados, su distribución espacial que fue bastante generalizada a todo el territorio andaluz, sin evitar las áreas montañosas -con la excepción de las almerienses-, mientras que, también para esta primera fase, las mozarabías, bastantes respetadas, eran especialmente importantes en Córdoba y en la Axarquía en particular y en Andalucía Or. en general.
Así pues, al menos hasta el s.IX, la heterogeneidad del poblamiento fue la tónica dominante, con una escasa aculturación de los muladíes, a veces sublevados en revueltas. Esta heterogeneidad explicaría la dialéctica fuerza centrífuga-fuerza centrípeta, puesta de manifiesto por la brevedad de control único del territorio (sólo asegurado por Abderramán II y Abderramán III), con la fuerza centrífuga impulsada por la diversidad étnica así como por la sucesiva llegada de nuevos contingentes de población magrebí o por sublevaciones muladíes como la de Omar Ibn Hafsun. Respecto a este último cabe destacar como su estado se ubicó en una de las grandes unidades naturales de la región: el conjunto Subbético-Surco Intrabético que le proporcionaba a la vez buenas tierras, una vía rápida de comunicación y refugios montañosos defensivos.
Pero, en líneas generales, la articulación y desarticulación del espacio político andalusí tuvo subyacente una cierta continuidad de la organización una cierta continuidad de la organización productiva, continuidad que parte de la base romana y que, sobre todo en el caso de Andalucía Or. será claro precedente de los paisajes y actividades de la Edad Moderna.
Nos puede servir como eslabón entre el poblamiento y la producción el sistema de poblamiento. Dentro de éste hay que distinguir entre la organización administrativa y la del poblamiento "sensu estricto". La primera se basaba en la articulación entre cora, "iqlim"y "yuz". La cora, heredera del sistema hispanorromano, tenían como base la ciudad y su región de influencia. Este área de influencia se subdividía en unidades más pequeñas:
- el "iqlim", o unidad administrativa y fiscal de base agrícola, con agricultura intensiva y densamente poblada.
- el "yuz", o zona de poblamiento de base tribal, orientada hacia la ganadería (y por tanto con abundantes pastizales, y que gozaría de un régimen peculiar, consistente en una explotación de carácter comunitario exenta de ciertos tributos,(2).
Encontramos aquí otro rasgo que se alzará como constante: la gradación en la intensificación del aprovechamiento. Esta estructura en coras será la base de la articulación de los Reinos de Taifas.
Más adelante, ya en los tiempos más difíciles del Reino de Granada, el poblamiento rural se organiza bajo dos formas fundamentales: el "hisn" o "bury", casa fuerte con viviendas alrededor, pero sin muralla, y el "maysar" o "machar", correspondiente al habitad disperso. Parece que esta dicotomía entre habitad rural y urbano se correspondía con una diferenciación en las funciones, como veremos a continuación.
2. En lo que respecta a las características de la organización productiva, cabe introducir la sectorialización de las actividades.
2.a. La agricultura aparece determinada en sus dedicaciones por dos objetivos básicos: abastecer la industria y el comercio y satisfacer la demanda alimenticia. Se entendería así la insuficiencia en cereales (a pesar de que se cultivaban en todos los espacios favorables: campiñas del Guadalquivir y Guadalete. Surco Intrabético, depresiones litorales y valle de los Pedroches), aunque no está claro si esta insuficiente obedecería a la progresivas disminución de los mozárabes y aculturación de los muladíes (lo que no parece muy lógico por cuanto los propios musulmanes introdujeron el trigo duro y sustituyeron el mijo por el sorgo) o, más probablemente, al hecho de que compartían la superficie con otros cultivos de mayor valor como los citados de orientación industrial o comercial, o de mayor demanda por la creciente población urbana, como los hortofrutícolas. Lógicamente, la conquista cristiana de Andalucía Oc. reducirá marcadamente el abastecimiento cerealista de la comunidad islámica.
Tanto los cultivos comerciales como los destinados al consumo de los ciudadanos necesitaban de un regadío en expansión que permitía más de una cosecha al año y que tenía en los alrededores de las ciudades su principal emplazamiento, en un fenómeno que podríamos considerar exponente de la teoría de Von Thünen. Los sistemas de regadío estaban adecuados a pequeños cursos de agua o a los recursos hídricos subálveos aprovechados mediante el empleo de máquinas elevadoras como norias, cigüeñales, etc.). De ahí que, p. ej. en el valle del Guadalhorce, contrasta la red de acequias de Coín, Benamaquia y Alhaurín y el desaprovechamiento del río principal, cuyo bajo curso aparecía lleno de lagunas por las avenidas periódicas del río. (3)
Partiendo de estas premisas vamos a exponer la distribución espacial de los cultivos destinados a la exportación y a la industria.
Comenzando por los destinados a la exportación se mantiene, respecto a la colonización romana, la del aceite, conseguido fundamentalmente en el Valle del Guadalquivir y aledaños subbéticos, con un núcleo fundamental en el Aljarafe y con pequeños enclaves, fuera de ese ámbito en Guadix y en los Pedroches. De ahí que, tras la conquista del valle bético, esta exportación se pierda para los nazaritas, dada la escasa difusión del olivo en la Andalucía Or. donde, salvo en algunos puntos alentados por la política proteccionista del Reino de Granada, formaba parte del policultivo de secano.
Por el contrario, la vid va a experimentar una expansión creciente. Si hasta el s.XIV sólo destacaba por la calidad de sus viñedos el área de Málaga, destinados mayoritariamente a pacificación y correspondiendo probablemente la implantación de la vid al mantenimiento de comunidades mozárabes (puntos aisladas del valle del Guadalq. -ya en el s.XII destacan los núcleos de Priego y Jerez y de Andalucía Or. Fiñana, Pechina, Almuñécar.) la expansión de la "trata de la fruta" en el citado período se traducirá en la difusión del viñedo en las laderas montañosas de las cadenas litorales, acompañado de los otros elementos de la exportación: almendros e higueras y, en menor proporción por estar ceñidos a los regadíos, nogales. Está ya sentado el precedente de la vocación vitícola que este sector mantendrá hasta, prácticamente, la actualidad.
Pasando ya a los cultivos industriales, también en algunos casos es posible encontrar en esta época los precedentes de su actual ubicación. En el caso de la caña de azúcar que, desde época califal se cita en Almuñécar, Salobreña y, punto que desaparecerá, Sevilla. Para la etapa nazarita ya se ha ubicado en lo que será su emplazamiento típico: la franja de clima subtropical entre Manilva y Adra, donde ocupaba los depresiones litorales, encharcadas por las crecidas y en pleno proceso de colmatación.
El impacto de esta actividad sobre el hinterland será notable, ya que, en el caso de Vélez-Málaga, las tres cocciones sucesivas que siempre garantizaron la calidad del azúcar implicaron un alto consumo de leña, extraída de los bosques de las sierras vecinas (pinares de Frigiliana, Nerja y Cómpeta).
Sin embargo, otros cultivos industriales perdurarán, con mayor o menor fortuna, hasta el s.XIX, debido a su orientación textil. Así, lino, cáñamo y algodón y morera ocupan importantes superficies en regadío, tanto en el valle del Guadalquivir (Sevilla, Jaén) como en las dep. orientales de Granada, Almería y Málaga. También los tientes, necesarios para su posterior elaboración se producían en estas superficies de regadío: alheña, cártamo, rubia, azafrán (producción en la que destacaba Baza, Úbeda y Baeza y del que al-Andaluz fue el mayor exportador del Mediterráneo), mientras que el quermés animal (rojo) se recogía de las encinas del sector occidental de la región. Estos tejidos se dedicaban tanto a la exportación (seda, lino) como al autoabastecimiento y eran la base de un precoz "output system" o, lo que es lo mismo, difusión de la artesanía en el medio rural, en una práctica que aún permite rastrear el Catastro de Ensenada.
Pese a la tradición ganadera de los pobladores magrebíes, se sabe poco del peso específico de la ganadería en la economía andalusí. Pese a la generalización de la asignación a la montaña de una función ganadera, en el caso de Andalucía, el hecho de que las zonas pantanosas litorales sean las únicas que aseguran la provisión de pastos a lo largo de todo el año, explica que fueran las marismas del Guadalete y del Guadalquivir las que alimentaran los contingentes más importantes de ganado vacuno y mular. Los bóvidos también eran importantes en Los Pedroches, mientras que la ganadería menor (ovejas y cabras) era la fundamental en las sierras occidentales (las más húmedas) desde Grazalema hasta Cabra. Sólo la reducción a los límites del Reino de Granada aumentará la cabaña de las zonas montañosas orientales, cuya principal vocación era agrícola (lógicamente, fuera de las áreas somitales): Sª Nevada, Axarquía. En esta etapa nazarita, la comunalidad de pastos de todo el Reino permitía la transhumancia entre las planicies frías interiores y la montaña (pastos de verano) y las depresiones costeras (pastos de invierno). En este sentido debe destacarse la localización del ganado vacuno (del que era deficitario) en el sector occidental, más húmedo, de la Serranía de Ronda, que también destacaba por su producción de lana, así como la existencia de importantes zonas de pastos como las de los campos de Dalías y Zafarraya. Sin embargo, el citado aumento de la presión demográfica restringirá la superficie dedicable a pastos y de ahí esta parquedad de la cabaña ganadera.
¿Cómo era el sistema social de apropiación de estos aprovechamientos de "Al-Andaluz feliz", intensamente cultivada, laboriosa y de primorosos paisajes tallados por la horticultura?. Poco se sabe a este respecto, sobre todo en lo que se refiere a la propiedad (probable predominio de la gran propiedad controlada por la oligarquía urbana o guerrera, las instituciones religiosas y, más adelante, ya en el Reino de Granada, por los clanes reinantes; pero también para esta época se sabe que esta gran propiedad está claramente yuxtapuesta al microfundismo tan común aún hoy en Andalucía Or. -p.ej., diferencia de propietario entre el suelo y el vuelo), mientras que la explotación parece dominada por la aparcería. Este orden de cosas no excluía la existencia del trabajo asalariado, posiblemente indispensable tanto para el trabajo de algunas grandes propiedades como para complementar las rentas de los microfundistas. Por otra parte, y a tenor de lo comprobado en otras comunidades análogas, la estructuración tribal tendría su inmediato reflejo en la posesión clánica de la tierra, plasmada en la existencia de redes de alquerías dispersas. Se opondría así claramente el habitad urbano concentrado y de función económica secundaria o terciaria, frente al habitad disperso de implantación y de actividad agraria, una organización que iba a ser prácticamente liquidada por la colonización cristiana de la Baja Andalucía, mientras que la evolución económica del Reino de Granada se irá traduciendo en un progresivo debilitamiento y consiguiente sustitución de los lazos tribales por los de la familia unicelular. Por ello, la estructura de la propiedad vigente en este sector de la región a la llegada de los cristianos estará muy lejos (expansión de la gran propiedad, disolución de la clánica) de la primitivamente implantada por los musulmanes.
Para completar este panorama del sector primario hay que recoger otras actividades como las derivadas del aprovechamiento de los bosques y la pesca. La debilidad de los bosques mediterráneos será pronto conocida por los musulmanes, plasmada en la escasez de madera puesta de manifiesto por la fuerte demanda derivada de las construcciones urbanas y de maquinaria agrícola, así como de las atarazanas, con fuerte actividad por la necesidad de embarcaciones que exigía el control del Mediterráneo durante la etapa califal.
Los bosques más conocidos que se supone explotados en esta época son los de Sº Moren (Pedroches y Constantina), la Sagra y Cazorla, aunque probablemente la mayor parte de la Andalucía montañosa contara para esta fecha con su cubierta arbórea. La especie más común era la encina, siendo también empleados los castaños, avellanos y cerezos.
La acentuación de esta escasez en la etapa nazarita llevará a la Corona a controlar directamente el uso de algunos bosques como los de Sº Almijara.
Este aprovechamiento del "saltus" se completa con el de las hierbas medicinales (coriza en Sº Nevada y Benalmádena; áloe salvaje en la costa oriental malagueña, espliego de Sº Nevada, y en general, en el Campo de Dalías y Sº de Cabra) y la apicultura, especialmente importante en el sector oriental (Málaga, Vélez, Cantoría, Valle del Almanzora) y la recolección de otros productos industriales (zumaque para los curtidos) y comestibles (palmito).
Por último, la actividad pesquera parece concentrarse desde la etapa califal en el sector oriental. Así, en este período, sólo Niebla y Sidonia (donde destacaba la obtención de ámbar) destacan en el occidente, núcleos que se perderán, al menos por las fuentes, posteriormente. Sin embargo, Almuñécar, Salobreña, Bezmiliana, Almería, Málaga, Fuengirola y Marbella mantienen sus pesquería a lo largo de toda la fase musulmana, practicando el intercambio con su traspaís respectivo.
Esta gama de productos, como adelantábamos, estaba determinada por las necesidades de la ciudad, y con ellas, de actividades secundarias y terciarias.
3. La ciudad aparece como centro de producción, de comercio y de gobierno. Previamente hay que recordar que la transformación de los productos también se desarrollaba en el medio rural, ya parcialmente (hilado de la seda y el lino) ya totalmente (trapiches caseros, alfarería, esparto, acíbar (a partir del áloe para ahuyentar los insectos), mientras que la minería estaría inevitablemente ligada a la ubicación de los yacimientos. En este último aspecto es de destacar el nuevo desplazamiento hacia el S.E. del foco minero más importante, centrado en las U. internas, en Almería (plata, plomo y hierro); en Granada (hierro en el Cenete; cobre y oro en el Darro y atutía (óxido de cinc) en Salobreña), La metalurgia, sin embargo, era de escasa envergadura (la indispensable para las necesidades de las atarazanas, situadas en Pechina-Almería), al ser considerada como una actividad molesta y poco remuneradora.
La ciudad concentraría pues el tejido (de la seda y el lino) y las artesanías más delicadas, establecidas en los arrabales, a veces especializados sectorialmente. Sus producciones se dirigirían tanto a los mercados de su hinterland, con el que solía mantener un activo intercambio, del que son exponentes las alhóndigas: lugares de almacenamiento de los productos del campo antes de su distribución al por menor, así como la costumbre de denominar algunos accesos con el nombre del producto específico con que allí se traficaba.
Se explica así tanto la consolidación de la red urbana romana como la aparición de nuevos centros que rápidamente se hacen fundamentales: Granada, Ubeda (que surge como centro militar y estratégico), Pechina (y luego Almería), base de una flota cuyo centro de operaciones estaba en el Mediterráneo, en detrimento de los puertos occidentales, más alejados y, además amenazados por las incursiones norteeuropeas. De esta forma, intermediarios y productores-distribuidores (estos es, artesanos) serían los habitantes más significativos de las ciudades. Aunque esta clase contará con el apoyo del estado (al que aprovisiona y del que necesita protección y caminos) no llegará a acceder al control político del estado.
Como exponente de este impulso del proceso de urbanización se calcula que en el momento de la conquista del Rº de Granada, éste tenía una población global de 300.000 hab., de los que el 42% aprox. se concentraba en los núcleos de más de 3.000 hab. (Antequera, Alhama, Vélez-M., Marbella, Coín, Almería, Guadix, Baza Loja, Ronda) con Málaga (20.000) y Granada (50.000) a la cabeza.
El comercio se practicaba a tres niveles: interior regional, interior peninsular y exterior. El interior regional se vertebraba fundamentalmente en torno al eje del "arrecife" o camino que recorría todo el valle siguiendo aún el viejo trazado de la "Via Augusta" roamana, doblada por el camino que a lo largo del río enlazaba Sevilla con Córdoba"(4). Este primer eje conectaba a través del Subbético con la Andalucía Or.: Zahara, Teba, Antequera, Alcalá de Real, Ubeda, Andújar, Huelma y Quesada, que, una vez producida la conquista cristiana de Andalucía Oc., pasaría a ser los "puertos secos" que canalizaban el comercio fronterizo. Este comercio fronterizo suponía un importante tráfico de mercancías desde Tarifa a Lorca, siendo notable el volumen del mantenido entre Vera y Murcia, configurándose así en esta época la polarización almeriense hacia el núcleo levantino en mayor medida que hacia el resto de Andalucía
También con este "arrecife" se articulaban los caminos que ponían en contacto nuestra región con el resto de la Península. Jaén conducía el tráfico con Murcia utilizando la discontinuidad entre Prebético y Sª Morena (Santisteban del Puerto, Montizón) así como parte del meseteño, siguiendo la cabecera del Guadalquivir, Villanueva del Arzobispo y del encajado valle del r. Pinto (despeñaperros).
"Los caminos de Córdoba se orientaban desde la época califal hacia Toledo"(4) aprovechando esencialmente la facilidad de los Pedroches y el valle del Guadiato. Finalmente, los caminos de penetración en la meseta desde Sevilla seguían, en líneas generales, la vía romana de la Plata -hasta Mérida- remontando el valle de Rivera de Cala. El nudo de Azuaga conectaba este ramal con las vías a Toledo.
Pero para comprender la envergadura del comercio en el que estaba involucrada nuestra región hay que recordad previamente que "el mercado mundial islámico (que unía Europa con África Negra y Asia monzónica) alcanzó tales niveles que únicamente sería superado por la burguesía occidental bien entrado el s. XVI. al-Andaluz como un lugar importante en aquel mundo mercantil islámico, al poner en relación el N. de África, el occidente feudal y la fachada mediterránea hacia Oriente"(2).
Cabe distinguir una serie de variaciones temporales en los puntos principales de concentración de este comercio internacional como en los productos objeto del mismo. Para la etapa califal no se especifica el emplazamiento de estos centros, con la excepción de la proverbial Córdoba y de Pechina-Almería. En estos momentos de importan perfumes y piedras preciosas del Oriente islámico y se exportan brocados, lanas, alfombras, tejidos teñidos, linos, mantas, oro, miel, aceite y cueros, sin olvidar el importante comercio de esclavos u eunucos procedentes de las razzias sobre los cristianas.
La importancia de Pechina-Almería perdura hasta la ocupación almorávide, cuando se configura como centro que reunía telares de sedas, manufacturas de cobre y hierro, reexportaba hacia el Magreb los productos traídos desde Alejandría y Siria. Sin embargo su coyuntural conquista y ocupación (10 años) por los cristianos sumió este imperio en el marasmo, propiciando el desplazamiento hacia Sevilla de la "capitalidad económica" de Al-Andaluz. Una capitalidad que consolida la posterior presencia almohade y que algunos relacionan con la proximidad a una fuente de riqueza como era el aceite del Aljarafe.
En estos momentos, los intercambios se ven completados por la importación de ganado de los cristianos meseteños y cereales, antimonio y alumbre (este último esencial en la industria textil como fijador de los colores, en el curtido de las pieles, en la farmacopea y en la fabricación de vidrio), del N. de África.
Para la etapa nazarita contamos con un conocimiento más detallado de las producciones de las diversas ciudades. Almería destaca en el tejido de la seda; en Málaga con importantes las manufacturas artísticas del cuero, los metales y la cerámica vidriada. Hay atarazanas en estas dos ciudades junto con Almuñécar, y esta última y Vélez aparecen como nuevos puertos con notable actividad comercial.
Dentro de este contexto, hay que destacar como Málaga se alza con la primacía económica, mientras que Granada absorbe la política. Entre las causas de esta primacía malagueña hay que reseñar, según LÓPEZ DE COCA (3):
a) El desarrollo por los genoveses de la ruta de Poniendo hacia el N.W. de Europa por le Estrecho de Gibraltar, que convertía a Málaga y Cádiz en puntos neurálgicos.
b) El hecho de que, aunque el traspáis malagueño era más reducido que el almeriense.
* Gozaba de mejores comunicaciones con la capital granadina
* Producía bienes agrícolas de gran aceptación en el exterior: frutos secos ("trata de la gruta"), seda...
La diversificación de los intercambios comerciales puede servir en cierto modo como indicativo de las características de la economía del Rº de Granada. Así:
1. La dedicación primordial de la producción agrícola a la exportación y no al autoabastecimiento, dependiendo del exterior en el aprovisionamiento de cereales: exportación de azúcar y frutos secos e importación de trigo de N, de Africa.
2. La necesidad de importar lagunas materias primas necesarias para la elevación de sus producciones más características, así, el citado alumbre o los tintes (grana), también procedentes del Magreb.
3. La conversión del Rº de Granada en intermedio (a través de los genoveses que establecen en Málaga su colonia más numerosa figura de su estado) entre los reinos europeos y los islámicos norteafricanos. Así, Málaga da salida al aceite, ya "cristiana, del Aljarafe, y reexpide hacia el resto de Europa las espacias y drogas orientales, así como la cera y el oro magrebíes, Almería se especializa en el comercio con el Levante peninsular, a través de mudéjares levantinos, así como en puerto de escala entre aquel y el N. de África. Este comercio se basaba en la introducción de productos valencianos (aceite, metales, manufacturas de madera, paños con baja calidad y bajo precio) tanto en el Rº de Granada como en el N. de África.
Si tenemos en cuenta que simultáneamente, como veremos más adelante, el paso a manos cristianas del valle del Guadalquivir también apoya el establecimiento de colonias de extranjeros -casi siempre identificadas con las actividades comerciales- tenemos las bases de otra característica fundamental de la vida económica andaluza que se repite prácticamente hasta la actualidad, y ligada, obviamente, a su introducción en los circuitos económicos internacionales: el papel fundamental de los extranjeros en el control del comercio andaluz primero y de otras actividades, después.
¿El comercio dejaba demasiados beneficios como para potenciar las actividades de transformación?. No hay una respuesta a este tema, pero, como veremos, el comercio derivado del monopolio de Indias tampoco se complementará con la elaboración de artículos.
En síntesis, cuando el Rº de Granada pase a engrosar las coronas de Castilla y Aragón ofrecerá una economía dependiente del comercio exterior que, según parece, seguirá manteniendo esta condición después de la conquista, de modo que el trasvase de civilización no afectará sustancialmente a la economía. Como comprobaremos a continuación, este no fue el caso de la Andalucía Oc..
3.a.2. La reorganización cristiana del poblamiento. ¿Fracaso de un modelo voluntarista de organización del espacio?.
Como tantas veces en la historia de España, la ocupación por el Reino de Castilla del territorio andaluz acabará suponiendo la incoherencia entre planteamientos iniciales y resultados finales. El modelo de organización voluntarista del territorio que, pergeñado en la conquista de las dos mesetas, aplican, ligeramente modificado, al suelo andaluz, se basaba inicialmente en:
- Una "convivencia" entre vencedores y vencidos de tipo colonial y basada en la discriminación especial de ambos grupos.
- Un reparto de la tierra entre los conquistadores que se mueve entre la necesidad de satisfacer mediante la concesión de donadíos y señoríos las deudas contraídas con los estamentos nobiliar y eclesiástico y el interés por asentar y crear un grupo numerosos y coherente de propietarios que garantizaran eficazmente la repoblación y defensa del territorio.
- La base para el cumplimiento de ambas premisas es el concejo.
Podemos estructurar en estas premisas de partida la respuesta a dos preguntas fundamentales: el grado de cumplimiento de las mismas, y, estrechamente relacionado con ello, el grado de continuidad o discontinuidad en el sistema de ocupación del medio.
Dado que esta reorganización se desarrolla en dos períodos distintos (a partir del s. XIII en Andalucía Occidental y desde finales del s. XV en Andalucía Oriental) a efectos comparativos, hemos considerado oportuno aglutinar en este epígrafe ambos procesos, por lo que tomamos el hito de f. del s. XVI como indicativo de un cambio de coyuntura: para Andalucía Occidental el período que va desde princ. del s. XIII a f. del s. XVI abarca la fase de instauración, consolidación, expansión -auspiciado por el descubrimiento de América- y crisis de la reorganización. Para Andalucía Oriental, el período que media entre f. del s. XV t f. del s. XVI contiene únicamente la fase de instauración (con sus dos hitos de f. del s. XV y último cuarto de s. XVI), marcando precisamente el final de esta última centuria la apertura de la etapa de consolidación. En ambos casos, se trata del período en el que se sientan las bases de muchas de las estructuras de poblamiento y producción que hoy son detectables en nuestra región, y con ellas, la definitiva dicotomía entre las dos Andalucía
De esta forma, aunque, como veremos, los modelos de partida empleados por los monarcas cristianos van a ser muy semejantes, las características del medio físico incidirán, a través de los sistemas de explotación que requieren o aconsejan, junto con otros factores (Descubrimiento, evolución de las estructuras sociales fijadas por la Repoblación..) determinando una evolución divergente de ambos sectores a partir del s. XVII.
3.a.2.a. El fracasa del sistema de "convivencia".
Como adelantábamos, este concepto de convivencia debe ser precisado, puesto que más que de convivencia, se trataba de una yuxtaposición, determinada por relaciones de tipo colonial (una casta militar controlando una amplia población productora indígena) de dos comunidades discriminadas numérica y espacialmente.
Aunque el estudio de la discriminación numérica choca con el obstáculo de la falta de información cuantitativa (sobre todo para Andalucía Occidental), parece claro que tanto para la Bética como para la Penibética, la repoblación parte de la minoría de la población recién llegada con respecto a la indígena. Así, en el caso de Andalucía Occidental, el numero de repobladores se situaría en torno a los 13.030 vecinos, estos es, 0,22/km²., desconociéndose el peso de la población vencida.
A Andalucía Oriental acudieron, también aprox., 9.000 vecinos, que arrojan una proporción de 0.3 vecinos/km2, que representaría, tomando, también como meramente indicativa, la densidad de 10 hab./km² que da Ladero para el Reino Nazarita, el 12,3% del total de la población del mismo una vez conquistado. Así pues, es extensible al conjunto andaluz la afirmación de GONZALEZ de que "los contingentes de repobladores establecidos en Andalucía fueron modestos".
Sin embargo, esta exigüidad en términos globales se difuminaba a niveles particulares, ya que, como decíamos, la discriminación numérica tenía una clara traducción espacial. En Andalucía Occidental, este reducido número de pobladores se concentró desde el principio en los núcleos urbanos (Sevilla, Jerez, Jaén, Córdoba, Écija, Carmona, San Lúcar la Mayor, Cádiz, Baeza, Úbeda, Arjona), fuertemente defendidos, cabeceras de los concejos a los que organizan en su funcionamiento (orientado fundamentalmente en los primeros momentos al repartimiento de las tierras circundantes), evitando así dispersar por la totalidad del territorio los escasos efectivos humanos de que se disponía.
El espacio se organizaba así según una dicotomía básica; en las zonas sobre las que se produjo el asentamiento de los nuevos pobladores no se pretendía mantener su pleno rendimiento económico. Por el contrario, la permanencia de un elevado número de musulmanes, dispersos en el medio rural, garantizarían el mantenimiento de la producción.
En el caso de Andalucía Oriental parece vislumbrarse un interés más claro por el mantenimiento del sistema productivo en todos los ámbitos, sobre todo en los segundos repartimientos (Apeos) que siguen a la expulsión de los moriscos, sin embargo también originalmente, la discriminación especial es clara, determinando la concentración de los mudéjares en las áreas montañosas (excepto en la vega de Granada donde se permite su estancia), las menos atractivas para los vencedores, al oponer más dificultades a la implantación de su sistema productivo de base cerealista; alejándolos de los núcleos urbanos y del sector litoral, que pasa a ser el nuevo espacio fronterizo.
Este sistema de "convivencia" había funcionado de una forma relativamente aceptable en los territorios conquistados de Valencia y Murcia, pero las sublevaciones mudéjares (en 1262 la Andalucía Occid. y, fundamentalmente, la de 1572 -ya de moriscos, en Andalucía Oriental) no permiten que cuajara en nuestra región.
Y es en esta circunstancia en la que podemos fundamental la comprensión de la más intensa ruptura del sistema de ocupación que se detecta en la Andalucía Occidental respecto a la Oriental. Partiendo de la hipótesis de que la convivencia de invasores e invadidos facilitaría (como ocurrió en casos anteriores) el mantenimiento de los sistemas de producción de los segundos junto con su progresiva modificación por parte de los primeros, se puede deducir que cuanto más duradera fuese tal conviviencia menor sería la brusquedad de la ruptura o discontinuidad entre ambos sistemas de producción. En el caso que nos ocupa, aunque en la conquista y reorganización de Andalucía Occidental se dan los mismos pasos fundamentales (menor números de repobladores que de indígenas; conquista -reparto-convivencia-sublevación de los invadidos-expulsión de éstos-crisis de la repoblación- nuevo repartimiento) difiere la duración de alguna de las etapas. Así, en Andalucía Occid. la convivencia se prolongó aprox. entre 38 y 1 años, según lugares, mientras que en la Oriental lo hizo entre 90 y 80 años.
A ello hay que unir otro elemento, también ligado a la duración de estas fases. Se trata del diferente plazo interpuesto en cada uno de los casos entre los primeros repartimientos (los que cuentan con la presencia de mudéjares) y los segundos o definitivos. En la Andalucía Bética la persistencia de la proximidad de la frontera granadina, unido a las ataques esporádicos de los musulmanes, se tradujeron en una situación de inestabilidad que repercutió en el escaso atractivo de sus tierras para los repobladores potenciales. Por el contrario, en la Andalucía Penibética, los Apeos se desarrollan casi inmediatamente después de la expulsión de los moriscos, y, con mayor o menor intensidad, los flujos inmigratorios serán una constante hasta el s. XVIII, de modo que no llega a producirse una situación de vacío demográfico tan prolongada como la que se desarrolla en la Bética.
En este sentido, hay que introducir una nueva matización: la crisis que sigue a la expulsión de los mudéjares del Guadalquivir coincide con el agotamiento demográfico del área emisora -Castilla- inmersa en la crisis europea del s. XIV, mientras que la repoblación que sigue a los Apeos aún se beneficia de los últimos destellos del esplendor demográfico que conoce Andalucía Occid. en el s. XVI.
Por ende, el sistema de poblamiento nazarita en el que se basa, a grandes líneas, el impuesto por los cristianos, se había caracterizado, como hemos expuesto, por su densificación, (precisamente a raíz de la expulsión de los mudéjares de Andalucía Occidental) con lo que, aunque los nuevos pobladores no colmaron todos los asentamientos heredados, lo cierto es que su saturación era difícil, dado su alto número.
Todos estos factores dan lugar a una serie de redistribuciones espaciales de la población, acompañadas, especialmente en el caso de Andalucía Occidental., de un cambio fundamental en el hábitat.
Comenzando por este último, en Andalucía Occidental la marcha de los mudéjares tras la rebelión se tradujo en la aparición de amplios intersticiales entre los núcleos de poblamiento cristiana, correspondientes a sus lugares de asentamiento ahora abandonados. Este fenómeno se da particularmente en las campiñas sevillanas y cordobesa y, obviamente, a lo largo de la frontera granadina, mientras que en Jaén parece que se conserva el hábitat disperso en cierta medida. En consecuencia, hasta la etapa de recuperación demográfica del s. XIV, Andalucía Occidental será una tierra despoblada (es decir, con población claramente inferior tanto a la precedente como en relación a sus recursos), circunstancia que formen, lógicamente, y como veremos, la concentración de la propiedad de la tierra, a más de implicar, ante todo, un cambio drástico del hábitat que pasa del esquema disperso-rural/concentrado-urbano al de concentrado rural-urbano.
Dos son las consecuencias fundamentales de este cambio: una, la ruralización de la función de las ciudades, al pasar a concentrar población agrícola; la segunda, el establecimiento de flujos laborales campo-ciudad, rasgos, los dos, que subyacen hoy en las características de las agrociudades béticas y que se convertirían con el tiempo en piedra de toque de las críticas al sistema agrario andaluz (separación física entre lugar de residencia y de trabajo).
En el caso de Andalucía Oriental, como ya decíamos, la huella de la densificación que conoció el Reino de Granada, se tradujo en un sistema de poblamiento interolar que las dificultades de comunicación impuestas por el medio montañoso contribuyeron a mantener, aunque, lógicamente, aligerado en el número de enclaves de población. Dos van a ser las zonas más afectadas por la despoblación. Una, el litoral debido a la inseguridad, al haberse convertido en la nueva frontera, siendo menor el número de pobladores cristianos allí establecidos y presentando los mismos en dinamismo demográfico. Otra, el sector almeriense en conjunto, debido al escaso número de pobladores cristianos recibido tras la conquista, a lo que se unirá el efecto de los terremotos y la proximidad a las costas argelinas que incidirá en su mayor exposición a los ataques piráticos de allí procedentes.
Sin embargo, la no simultaneidad de estos procesos para las dos Andalucía se traduce en evoluciones demográficas diferentes. La etapa de vació demográfico de Andalucía Bética coincide con el máximo de presión de Andalucía Oriental. Así, en 1492 es posible que Granada alcanzara los 100.000 hab., siendo una de las ciudades más pobladas de Europa y, por supuesto, la primera de España.
Para ese año, Andalucía Occidental ya se había ido recuperando demográficamente. En la primera mitad del s. XIV se va intensificando -lentamente- el poblamiento en las zonas rurales, auspiciado por las medidas oficiales destinadas a atraer repobladores (todas de tipo fiscal) pero, sobre todo, por la actitud de las otras instituciones implicadas en el poder territorial, a través de la creación de señoríos: nobleza, Iglesia y órdenes militares. Este proceso de colonización interior se ajustaba a los siguientes rasgos generales: (5)
1. Responder a móviles claramente señoriales, al sentar las bases humanas para la aparición de un señorío o incrementar la renta señoriales o por la explotación de monopolios -horno, molino..-).
2. Estos móviles se desarrollaba a través de las siguiente fases:
- El abandono y recuperación para el "saltus" de tierras que, como dijimos, sigue a la conquista, favorece su paso a la propiedad de señores, órdenes e Iglesia.
- A medida que se produce el aumento de la población repobladora, por crecimiento vegetativo. éste se traduce en las roturaciones del mencionado "saltus". Una vez realizado éste se trataba de hacer valer el señorío sobre las tierras ya roturadas y puestas en cultivo sin expresa autorización, pero sin que ello significase negar a los campesinos la posibilidad de aprovecharse de las tierras recuperadas del yermo.
- Por ello, los señores reparten entre los campesinos la totalidad o buena parte de su tierra, distribuyéndola en lotes de pequeña extensión. Esta entrega se completaba con la de dehesas para el ganado, fijación de derechos para utilizar comunalmente los montes y partos del término, así como con la construcción de los citados servicios monopolísticos señoriales: molino, lagar, horno, etc.
El éxito de esta repoblación fue un hecho, respondiendo a la misma los núcleos de Puerto de Sta. María, Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona, Trebujen, Chiclana, Conil, la comarca del Ajarafe, Benacazón, los Molares, Espejo, Fernán-Núñez, El Carpio, Montemayor, El viso del Alcor y la Campana. Las consecuencias más importantes de la misma fueron dos: la rehumanización creciente del paisaje y la aparición de una masa de pequeños campesinos que, si bien jurídicamente eran libres, la exigüidad de las tierras recibidas les obligaba a trabajar tierras ajenas.
3. La ocupación de estas tierras responde a migraciones corto o medio radio que movilizan contingentes humanos de escasa importancia y que se orientan a la puesta en cultivo de las áreas más próximas a los núcleos de población de los que proceden.
La Andalucía Bética entra así con cierta recuperación en el s. XV, centuria que será ya de clara expansión demográfica. Sin embargo, se pueden observar dos fases: una de crecimiento más intenso, a lo largo de los tres primeros cuartos del siglo, y otra, en los 25 años restantes, en los que el crecimiento se ralentiza debido, fundamentalmente, a nuevos trasvases interiores de población (emigración al recién conquistado Reino de Granada) y a la emigración americana. Ambas empresas contribuyen así a frenar la total recuperación de la intensidad del poblamiento previo a la conquista, persistiendo aún numerosos "vacíos demográficos".
En conjunto, la población aumentó a lo largo del s. XV en torno a un 25%, observándose un mayor crecimiento en la zona de Huelva-Cádiz-Pto. de Sta. Mª (revitalizados estos últimos con el fin de la Guerra del Estrecho). El Reino de Sevilla (que aglutina las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva) concentraba el 53% de la población con un crecimiento del 26%, frente a los reinos de Córdoba y Jaén, cada uno de ellos con el 23% de la pob. y con un crecimiento del 24,6%. En total 150.000 vecinos (densidad de 2,6 vec./Km².), reuniéndose 40.000 hab. en la capital sevillana a f. del s. XV, menos de la mitad de aquellos que ocupaban la ciudad de Granada en esos momentos.
Las características de esta población registran ya claramente la nueva organización del territorio, con un predominio de la población urbana (entre el 61% del Rº de Córdoba y el 41% del de Sevilla), pero observándose ya el mayor crecimiento de los pequeños núcleos rurales, resultantes de los citados procesos de colonización interior. Este último tiene su más clara expresión en la creación de nuevos núcleos en las áreas fronterizas que sigue a la conquista del Rº de Granada, especialmente en sus sectores cordobés y jiennense.
Andalucía Occid. es en el s. XV el marco de un intenso trasiego de hombres que vienen (de Castilla, huyendo de las guerras gentilicias; de las zonas de sierra, donde antes se da el desequilibrio entre población y recursos puesto de manifiesto en épocas de escasez, y que llenan las ciudades; de Europa, comerciantes atraídos por el potencial valor portuario del eje Cádiz-Sevilla) y que van (a repoblar el Rº de Granada; a repoblar los vacíos interiores, especialmente los correspondientes al área exfronteriza; a América) en unos movimientos que suman el corto, medio y largo radio.
Llegamos así a la fecha que habíamos tomado como hito, 1492. En 1528, la densidad de Andalucía Oriente sería de 2,3 vec/Km² y la de la Occid. de 2,5. En 1591 la de la segunda había ascendido hasta 3,7 (conteniendo la ciudad ahora más populosa de Europa, Sevilla) y la de la primera se había reducido hasta 1,7.
Es pues, el s.XVI, época de fuerte crecimiento demográfico para Andalucía Occid., oscilando entre el 54,6% de Rº de Sevilla, el 41,5% del de Córdoba y el 34,6% del jiennense, a pesar de que se calcula que unos 40.000 indianos hicieron "las Américas" a lo largo de este siglo, con lo que ambos datos sólo son explicables completándolos con los del mantenimiento de la inmigración procedente del resto del país y constatada en la centuria anterior. Se explica así que Andalucía Occid. concentre en estos momentos el 21% de la población de Castilla y el 16% de la del país. Sin embargo, se van ya perfilando los contrastes de densidad: aunque ésta es de 10,4 hab. como media, baja a los 6,7 de Huelva y sube a los 17 de Cádiz.
En este sentido, hay que reseñar el desligamiento del Rº de Jaén de la trayectoria del resto de Andalucía Occid.. Este aparece con una entidad propia, con sus propios contrastes demográficos u económicos (el sector de la Loma experimenta un crecimiento situado entre 74 y el 96% según lugares, frente a la debilidad del poblamiento de Sª Morena y el Prebético); persistiendo un hábitat disperso en el área campiñesa; y participando mínimamente en el circuito americano y con un crecimiento económico "autocentrado", como comprobaremos, en torno a la transformación de sus propias materias primas (textil y cueros) aprovechando su posición ventajosa en las rutas comerciales con el resto de la Península.
De esta forma, y según adelantábamos, la etapa que media entre el s. XIII y f. del s. XVI es de sucesivas redistribuciones de población (relacionada, como veremos, con los sucesivos repartimientos de tierras) dentro de los límites actuales de Andalucía:
- Hasta f. del s. XV, Andalucía Oriental es la zona más densamente poblada, seguida de la Campiña y apareciendo como sector de menor densidad la frontera, coincidente, en términos generales, con el Subbético Interno (en el límite occidental), y con el Medio a partir de la depresión de Antequera, en lazando con el Prebético al N. de las planicies de Huésecar. Este sector fronterizo tenía en su límite sudoccidental (correspondiente a la región del Estrecho, sometida a actividades bélicas a lo largo del s. XIV) su punto más despoblado.
- La conquista del Rº de Granada favorece la colonización de este sector, una vez desaparecida la frontera, mientras que la expulsión de los moriscos y el paralelo auge del área sevillana a raíz del Descubrimiento, inclina el centro de gravedad demográfico hacia el W.. Ahora son el sector costero oriental y los puntos del Rº de Granada más alejados del foco colonizador bético (grandes sierras almerienses) los más devitalizados demográficamente. En este sentido, la localización en Argel del centro pirático hace de Almería la región más amenazada, convirtiéndose el Cabo de Gata en fondeadero de piratas, donde se aprovisionaban mediante devastadoras incursiones en el interior.
Se observa de esta forma como la recuperación del poblamiento depende de la consolidación de los sistemas de organización impuestos por los vencedores cristianos. Se entiende por ello que el péndulo estuviera destinado a proseguir sus oscilaciones, ya que las distintas características de las estructuras productivas de ambas subregiones determinarán (una vez consolidado el nuevo poblamiento de Andalucía Oriental) una distinta evolución de las mismas que tendrá en los aspectos demográficos uno de sus principales reflejos.
3.a.2.b. La organización de las estructuras productivas.
Como decíamos, esta organización, se fundamenta en la creación de los concejos. En una primera aproximación, hay que distinguir entre concejos de realengo y de señorío. Esta diferenciación, obedecía, originariamente, a razones estratégicas, al localizarse los segundos en las zonas fronterizas, en el caso de Andalucía Occidental, y en las zonas de predominio mudéjar en el de Andalucía Oriental. Puesto que el proceso de señorialización nos interesa fundamentalmente desde la perspectiva de su relación con el latifundismo, postponemos para más adelante su tratamiento, para sentarnos ahora en las características del sistema de producción instaurado. El estudio de éste nos permite abordar dos de los aspectos antes propuestos: la continuidad y/o discontinuidad del sistema productivo y el grado de cumplimiento de las premisas de la conquista referidas a las condiciones de asentamiento de la nueva población.
Como hacíamos constar, el concejo era la base de la repoblación, ya que, desde el primer momento, ésta se organiza a partir de los núcleos urbanos, aglutinadores del poblamiento cristiano, a la vez que centros rectores del establecimiento de un sistema de utilización de los recursos. Su configuración introduce pues una triple transformación: del hábitat, del sistema de propiedad y del sistema de cultivo.
En lo que se refiere a Andalucía Occidental, estos tres aspectos van a estar estrechamente relacionados: la citada desaparición del hábitat disperso está ligado a la desintegración de la gran propiedad islámica en explotaciones familiares, cuyos titulares residen en los centros urbanos. Cuando esta gran propiedad no se fragmenta sino que pasa íntegra a manos cristianas (caso de los grandes lotes previstos en el repartimiento) la estructura clásica de la explotación es sustituida por el concepto de cortijo, cuyos trabajadores eventuales también residen en la ciudad. Con ello estamos aludiendo a las característica primordial de los repartimientos: la desigualdad de los lotes de tierra entregados, reproduciendo la estructura social de los participantes en la contienda: peones, escuderos, caballeros, nobles, que incidirá así de forma muy diversa en la transformación de la estructura de la explotación minifundista por el trabajo eventual).
Los repartimientos determinaban la distribución de la tierra según dos modalidades:(5)
1. Don díos, de los que eran beneficiarios la nobleza, los eclesiásticos y los servidores reales, estaban constituidos por una gran propiedad o por un conjunto de propiedades diversas.
2. Heredamientos, concedidos a los repobladores, y cuyo disfrute conllevaba una serie de obligaciones, fijadas en los fueros. Consistían en lotes integrados por casas o solares, tierras de pan llevar, olivar, viñedo o huerta y, como advertíamos, su extensión variaba en función de la categoría social del beneficiario.
Aunque el repartimiento afectó a una gran cantidad de tierras, no absorbió todas las disponibles, ya que el rey se reservó alquerías completas y la escasez de pobladores unida a la deserción de la población indígena implicaron la ya citada aparición de zonas despobladas. Este conjunto de tierras serán objeto de repartos posteriores o de apropiación municipal o señorial, en un proceso que se prolonga hasta f. del s. XIX.
Este esquema inicial va a entrar en una dinámica de la que saldrá desvirtuado, debido, fundamentalmente, a una acentuación de las diferencias del tamaño de propiedad: la crisis de la repoblación favorece la concentración de la propiedad, mientras que los intereses señoriales por la colonización interior engendra la pequeña. Podemos detenernos en la relación entre crisis de la repoblación y concentración de la propiedad, abordando las causas de esta crisis, que serían:
- La exigüidad de los predios más reducidos (los más numerosos), claramente insuficientes para satisfacer las
necesidades de los recién llegados.
- Las características de la población inmigrante, e.d., de los repobladores. Todo parece indicar que la población que se movía bajo el señuelo de estas entregas de tierras, muchas veces sobrevaloradas por la imagen que de ellas daban los promotores de las campañas veces sobrevaloradas por la imagen que de ellas daban los promotores de las campañas béticas, correspondía en su estrato más bajo y numeroso, a los desheredados. Esto es, a los carentes de los mínimos pertrechos imprescindibles para consolidar el asentamiento, y algunas veces también carentes del "espíritu de sacrificio" que una empresa colonizadora parece exigir. Si a ello le añadimos que estamos en pleno ciclo demográfico antiguo, resulta obvio que su incidencia entre estos pobladores de escasos recursos abocaría, no pocas veces, en la liquidación -por venta- de su patrimonio, una vez rota la unidad familiar o atosigados por las deudas. Ventas que engrosaban el patrimonio de los más poderosos.
- El hecho de que estos repartimientos de tierras fueran acompañando la progresiva conquista del territorio andaluz entre 1212 y 1572, favoreció el que algunos repobladores fueran de repartimiento en repartimiento, tomando y luego especulando (normas que intentaban evitar esta eventualidad fueron tan repetidas como incumplidas) con las tierras recibidas. De esta forma se observa un efecto de repercusión que sacude nuestra región de W. a E.: Los repobladores de Andalucía Occidental proceden en su mayor parte de Castilla, pero los de Andalucía Oriental tienen mayoritariamente su origen en Andalucía Occidental y Murcia (estos últimos centrados, una vez más, en el extremo oriental). Siguiendo en la Penibética, estas migraciones respondieron a dos modelos: uno de familias nucleares aisladas y otro de grupos numerosos procedentes de un sólo pueblo que intentan constituir un conjunto homogéneo en el lugar de llegada.
Sin embargo, no podemos olvidar que muchas de las grandes y medianas propiedades permanecieron improductivas durante muchos años debido a la inexistencia de mano de obra servil, al absentismo derivado del hecho de que los beneficiarios -miembros de la nobleza castellana-leonesa- tenían sus intereses económicos fuera de Andalucía y, por último, a la escasa demanda interior de productos agrícolas, en consonancia con la debilidad del poblamiento de la región.
En este caso, ¿Por qué los estamentos superiores no dejan de emplear sus ganancias en esta, por otra parte, barata adquisición?. Siguiendo una vez más a GONZÁLEZ JIMÉNEZ, la respuesta está en la mentalidad económica de los mismos, que veían en las propiedades territoriales una inversión económica de los mismos, que veía en las propiedades territoriales una inversión económicamente segura y socialmente prestigiosa a través de la aplicación del mayorazgo, y, en otro sentido, una forma de congraciarse con el estamento eclesiástico mediante de creación y/o dotación de monasterios destinados a "cobijar los excedentes femeninos del linaje". Lógicamente, el proceso inflacionario del s. XVI acentuará esta valoración.
Las relaciones entre latifundio y minifundio variarán a lo largo de esta primera etapa, ya que al socaire de la progresiva recuperación demográfica, frente al problemático mantenimiento de la pequeña propiedad generada directamente por los repartimentos va surgiendo un nuevo minifundismo basado en múltiples procesos:(6)
- La fragmentación por herencias.
- La enfiteusis.
- Los contratos de complantíos, sistema asociados a la promoción de la plantación de viñedos y olivares, por el cual el campesino alcanzaba la propiedad de la mitad de las tierras, que cedidas por un noble o por un monasterio, pusiera en explotación con su labor.
- Las parcelas dedicadas a viñedo, olivar o regadío que constituían complementos ya para los no agricultores (artesanos, rentistas), ya para los jornaleros o aparceros que conseguían lo fundamental de su sustento en otras explotaciones mayores. Su destino era casi siempre el autoabastecimiento.
En este sentido, González, refiriéndose especialmente al caso de las citadas colonizaciones auspiciadas por nobleza, Iglesia y órdenes militares, habla de "la aparición "ex novo" de una propiedad minifundista de carácter funcional, favorecida por los propios señores para asentar en las proximidades de su fincas una mano de obra abundante" (4), engrosada por la insuficiencia cada vez más manifiesta de las pequeñas propiedades repartidas.
Igualmente, el peso del latifundio variará en relación con las características del medio físico, observándose desde el principio su dependencia de las zonas mejor dotadas físicamente (esto es, las campiñas) que facilitaban su funcionamiento productivo. Sólo en punto como el Aljarafe, donde el cultivo del olivar introduce un factor de distorsión, convivían grandes, medianas y pequeñas propiedades sobre un medio agronómicamente valioso.
Todas estas circunstancias explicarían el incumplimiento de las intenciones de los monarcas de "crear en la región un numeroso y coherente grupo que garantizasen eficazmente la repoblación original las grandes propiedades no representan más que el 12,4% de la superficie repartida, mientras que para f. del s. XVI, nobleza e Iglesia controlaban aprox. el 49% de la tierra cultivada.
El avance de la señorialización que se observa entre los siglos XIII y XVI está ligada a este avance de la gran propiedad, ya que la relación entre esta última y los señoríos es biyectiva: en ocasiones, la posesión de la tierra es la excusa para redondear el poder que ésta conlleva solicitando su jurisdicción señorial, mientras que, en otras, el ejercicio ilícito de ese poder señorial canalizado a través de las oligarquías concejiles, permite a su titular acceder al usufructo, y, más tarde, consolidado por una práctica consuetudinaria, posesión de tierras concejiles o del común. La evolución de este proceso de señorialización también se estructura en varias fases. Comenzando con Andalucía Occidental., éstas serían:
1. Creación de señoríos de frontera concedidos a las órdenes militares (sobre todo en Jaén y Córdoba), la Iglesia (Adelantamiento de Cazorla) y, en zonas seguras (Campiña) a los parientes del rey.
2. Desarrollo de señoríos laicos ligados a algunos linajes (como el de los Pérez de Guzmán). El alcance de este desarrollo fue tan que, entre los reinados de Sancho IV y Alfonso XI los territorios bajo señorío pasaron de ocupar el 27% de la superficie andaluza al 36%. Este desarrollo se relaciona con una alternativa al fracaso de la repoblación oficial, intentando con ello potenciar la colonización interior, empresa en la que, como se ha visto, triunfaron.
3. (1350-1474). Crecimiento acelerado del proceso de señorialización bajo los efectos de la política de los Transtamara que aboca en la formación de extensos bloques territoriales señorializados, de los que resulta prototípico el de los Medina-Sidonia que alcanzaba desde Huelva hasta Gibraltar. Así, con Enrique IV, el 49% de la superficie de Andalucía Bética se corresponde con tierras señoriales.
4. A lo largo del s. XVI los apuros hacendísticos de los Austrias llevarán a la Corona a poner en venta parte de las tierras comunales de los concejos, así como -previa autorización papal- parte de los patrimonios entregados a la Iglesia. Al tener lugar en pleno proceso inflacionario, estas tierras engrosarán una vez más las posesiones nobiliarias.
En el caso de Andalucía Oriental las premisas son las mismas: desigualdad originaria de los repartimientos acentuada por la crisis post-repoblación y organización a través de los concejos. Pero había dos obstáculos que se oponía drásticamente a la implantación del nuevo sistema productivo: las características del medio físico y la más prolongada permanencia del elemento mudéjar. Ambos incidirán en dos aspectos: la escasez de tierra repartible de cara la establecimiento del sistema de Openfield
-que repercutirá en el menor tamaño de los lotes repartidos y, en relación con ello, la limitación de la presencia de la gran propiedad. En lo que se refiere al primer aspecto, de la comparación de los datos aportados por GONZÁLEZ JIMÉNEZ Y LÓPEZ DE COCA (3,4) se deduce como si mientras en Sevilla el grupo social inferior recibe de 32 a 96 Ha., en Coín el grupo social superior recibe 43 y el menor 6,8. Este hecho se acentúan en lo que respecto a los donadíos y mercedes, contrastando las 9.000 fanegas a éstas reservadas en Guadix con las 50.000 que absorbieron en las tierras más aptas para el cultivo cerealista: las depresiones litorales, en sus sectores más elevados y secos; los flysch del Campo de Gibraltar y de Colmenar u el Surco Intrabético. En la montaña persistirá el policultivo arbóreo de secano y se mantendrán con mayor o menor éxito (al menos el Catastro de Ensenada da una imagen muy semejante a la que debió presentar el paisaje nazarita) al quedar ambos elementos consagrados por el tipo de repartimientos determinado por los Apeos. En efecto, éste se basaba en el desmenuzamiento parcelario y en la existencia de cultivos complementarios ligados al sistema de propiedad y de producción de los moriscos.
Por otra parte, la expansión de las tierras cerealistas estará amenazada por la escasez de terrenos dedicables a pastos, indispensables para asegurar la labranza de las primeras. En consecuencia, el déficit de cereales será endémico para Andalucía Oriental.
Así pues, el fenómeno de concentración de la propiedad afectará a las zonas llanas, mientras que la montaña extenderá su minifundismo a través de las rorutaciones alentadas por el estímulo que los Reyes Católicos proporcionan al mantenimiento de las producciones destinadas a la exportación.
Como se ha podido comprobar, la relación entre tipo de propiedad, tipo de medio físico y tipo de cultivo está clara y es comprensible si se compara el mayor número de labores que requiere la vid con respecto al cereal. Cabe así plantear, a continuación el tipo de transformación de los paisajes agrarios que tuvo lugar en cada uno de los sectores andaluces. En efecto, al nueva organización del hábitat y de la apropiación de los medios de producción están más acorde con los sistemas de cultivo a ellos inherentes. Esta concordancia está determinada por el tipo de organización productiva de los concejos, que reproduce lo que G. Bertrand considera como esquemas normales de tierras de antigua ocupación humana:(4)
- Espacios sometidos a cultivos intensos y prácticas ininterrumpidas, situados en los alrededores de los núcleos de población (ruedos con huertos, cultivos forrejeros, vides y olivares en "coltura promiscua", y tras éstos, los openfield de cereal).
- Espacios seminaturales: bosques y zonas de monte bajo, en avance desde mediados del s. XIII y roturados en el s.XIV.
- Espacios intermedios sometidos a fase alternantes, de duración más o menos prolongada, de explotación y abandono, constituidos por tierras pobres, trabajadas ocasionalmente y utilizadas casi siempre como zonas de pastos.
Las transformaciones del paisaje agrario musulmán que llevaba a parejada la implantación de este sistema fueron más drásticas en Andalucía Occid. que en Andalucía Oriental. Si en la Bética el primer cambio importante fue la expansión del "saltus" por descenso de la presión demográfica, en el "ager" las características agronómicas facilitaron la implantación de una agricultura de base cerealista, reduciéndose los cultivos hortícolas a los ruedos y los de tipo industrial a enclaves como Écija (lino, cáñamo, algodón) o Jaén (seda) y desapareciendo algunos tan arraigados como el cártamo, caña de azúcar o arroz.
Expandido por toda la Campiña (desde la zona de Huelva hasta la Loma de Jaén), Andalucía se convierte en la gran productora peninsular de trigo, exportando su riqueza al siempre deficitario Rº de Granada así como a otras regiones escasas en cereal. La extensión de éste lleva aparejada la de la ganadería en dos sentidos; la ovina, para recuperación de la fertilidad mediante el barbecho y la de labor (bovina y esquina) imprescindible para las tareas agrícolas.
Si en la primera fase, de escasez demográfica, la ampliación de los espacios seminaturales asegura el mantenimiento de ambas ganaderías, l