3a. LAS BASES DEL POBLAMIENTO.- LA ANTIGÜEDAD DEL POBLAMIENTO EN ANDALUCÍA.

Geografía de Andalucía

 Prof. María Luisa Gómez Moreno

                INTRODUCCIÓN.

 

                Al abordar el tema de la antigüedad del poblamiento en nuestra región pretendemos dar cuenta de varios objetivos:

                 - Unos, de tipo explicativo, se refieren a la búsqueda en la evolución del poblamiento, de las razones últimas que justifican aspectos de la organización espacial, tanto de la población como de la producción, difícilmente comprensibles desde el prisma de la lógica socioeconómica actual. Lógicamente, en este sentido, es fundamental delimitar el impacto sobre esta organización espacial de la progresiva conformación de las estructuras capitalistas, por cuanto, para algunos autores, sería Andalucía  una de las regiones del planeta que antes las experimentaron (a través de la canalización del tráfico comercial con América). Subsiguientemente, la ya aludida situación de subdesarrollo que, en términos globales y, más agudamente, locales, pesa sobre nuestra región exige, una búsqueda en el pasado de las razones de su existencia, pesa sobre si compensamos estas circunstancias actuales con las pretéritas en que Andalucía se mantuvo durante siglos como la región más próspera de la nación.

                     - Otros, relacionados con la epistemología, vendrían dadas por el interés en poner de manifiesto como la desigual distribución espacial de los recursos que servía de síntesis a la 2ª parte de este temario, no se ha traducido sistemáticamente en un desequilibrio demográfico o económico correlativo, impidiendo así cualquier ejercicio determinista.

                 - Los terceros responderían al interés por rastrear la progresiva (si es que es así) configuración de la identidad de Andalucía como región y de los andaluces como pueblo y en otras instancias, el origen de la actual organización administrativa.

                 Lógicamente, el cumplimiento de estos objetivos aparece entrelazado en la exposición que sigue, exposición a la que hemos centrado en torno a una serie de constantes evolución del poblamiento andaluz. Estas constantes son:

 

                1. En lo que se refiere a la distribución interior del poblamiento:

                 1.a. La movilidad de la población, tanto en relación con movimientos exógenos (tierra de inmigración y luego de emigración) como con movimientos endógenos (continuas redistribuciones de población entre los diferentes ámbitos comarcales), movilidad acompañada del consiguiente reajuste de la intensidad de la explotación del medio.

                 1.b. Otro elemento característico de la distribución de la población es la temprana aparición de una red urbana cuya función económica variará al socaire de las estructuras productivas: desde auténticos centros de producción y comercio hasta meros núcleos de servicio y de concentración de población rural. Así pues, la relación con la organización productiva del espacio ha sido variable.

                 2. En lo que respecta a la organización de la producción:

                 2.a. La precoz inserción de Andalucía en los circuitos económicos extraregionales, o, lo que es lo mismo, la temprana caracterización de la economía de buena parte de la región como economía abierta.

                 2.b. Sin embargo, esta introducción en una economía abierta no ha sido homogénea, observándose la compartimentación, muchas veces identificada con la desarticulación, de los diferentes espacios económicos andaluces y, en última instancia, en relación con las características del medio físico, pudiéndose reconocer varias áreas "macropolarizadas": el conjunto Córdoba-Sevilla-Cádiz-Huelva; el Reino de Jaén y el Reino de Granada, entendiendo este último como una serie de subconjuntos, desarticulados a su vez.

                 3. En lo que respecta a la organización administrativa del espacio, es introducida fundamentalmente por el proceso de la conquista, traduciéndose en:

                 * Articulación administrativa y económica de espacios complementarios desde el punto de vista de la producción a través de los concejos.

                 * La progresiva configuración de los grandes unidades administrativas antes de la aparición de la identidad regional, que constituye un proceso mucho más reciente.

                 Guiándonos por la disponibilidad y características de las fuentes, así como por la ruptura en la continuidad del poblamiento o en las tendencias de la organización de la producción podemos vertebrar este seguimiento de la evolución de la ocupación del territorio andaluz en las siguientes fases:

                 - Una, marcada por la escasez de información, que obliga a la generalización y justifica así la observación en conjunto del período protohistórico, la integración en el Imperio Romano y la configuración y desarrollo de la ocupación musulmana.

                 - A partir de la conquista cristiana, la mayor abundancia de las fuentes permite un análisis más detallado y, por tanto, una mayor precisión en la definición de los cambios experimentados. Según estos cambios cabría distinguir entre:

                 Una etapa de reorganización de la ocupación (s.XIII-XV en la Andalucía Bética y s.XV-XVII en la Penibética).

                 Otra de consolidación de las nuevas bases del poblamiento, en un contexto de economía expansiva (s.XVI-ler. tercio s.XIX y s.XVIII-2º tercio s. XIX respectivamente), con la subsecuente confirmación de la dicotomía Andalucía Occidental/Andalucía Oriental también de terminada por el diferente impacto del Descubrimiento y por la diferente respuesta a la introducción de los sistemas económicos capitalistas.

                 Una tercera etapa de progresiva ralentización de la actividad económica que abocará en el retraso  económico de nuestra región respecto a las áreas económicamente más dinámicas de la nación.

 

                3.a.1. De Tartessos al Reino de Granada o los orígenes del mito de Andalucía como "Tierra del Paraíso".

 

                3.a.1.a. Las bases del sistema de poblamiento; De Tartessos a Span, provincia bizantina.

                 Como hemos adelantado, la dotación de recursos del medio físico andaluz lo convertía en área muy favorable para el desarrollo de las 1ª culturas de la Humanidad, condicionando con ello una temprana explotación de sus recursos.

                 Remontándonos a los comienzos del poblamiento, el área del Estrecho sería fundamental para la conexión entre África y Europa, siendo prueba de ello el hallazgo de restos del "Homo Neandersalensis" (Paleolítico Medio) en Gibraltar. Sin embargo, las culturas del Paleolítico Superior ("Homo Sapiens") tienen en nuestra región una representación exigua en relación con otras áreas peninsulares más próximas a sus foco de origen: la Europa transpirenaica. Las pinturas magdalenienses de las Cuevas de la Pileta y de Da. Trinidad (en la Serranía de Ronda) corresponden a esta fase.

                 Las características del valle del Guadalquivir eran idóneas para el desarrollo de la cultura neolítica, quedando como cuestión no dilucidaba la autoctonía o aloctonía de las implantadas en nuestra región. En cualquier caso, aparece ya una de las constantes del poblamiento andaluz: la diversidad de cultivos constatada que, ya en el período correspondiente a las sociedades metalúrgicas se combina con otro rasgo constante para una larga etapa de la Hª and.: la fusión de caracteres autóctonos con otros correspondientes a sociedades alóctona que se establecen, con mayor o menor representación numérica sobre nuestro suelo.

                 Así, "si las tierras llanas habían sido propicias para el desarrollo de la agricultura (trigo vulgar, escanda, cebada) y la ganadería (ovicápridos, bóvidos, cerdos y caza) neolíticas, cuando surja la necesidad de metal, sus serranías le colocarán en situación privilegiada por su extraordinaria riqueza en cobre, plata, oro y otros metales"(1), y, en efecto, esta extraordinaria riqueza atraerá la colonización grecomicérica que, probablemente, seguiría los pasos de navegantes más antiguos. 

                En este sentido, cabe distinguir dos fases. En las etapa calcolítica, va a ser el núcleo almeriense (Los Millares) el más importante, sugiriendo la caracterización de los numerosos yacimientos el cumplimiento de las fases de desarrollo típicas: una creciente actividad económica, propiciada por la riqueza minera y la disponibilidad de tierras, plasmada en una incipiente organización urbana y en un aumento considerable de la población. El megalitismo de Antequera permite pensar en una transmisión de este auge a otras zonas de la región.

                 En la etapa del Bronce, la necesidad de estaño desplazará el núcleo más potente al W., donde, a la riqueza en cobre y plata se añade la proximidad a los puntos del W. peninsular (Extremadura, Galicia) y extrapeninsular (Inglaterra) productores del estaño imprescindible para la aleación. 

                Es ahora cuando se configura la civilización tartésica, quizás el primer punto de referencia del mito de la Andalucía paradisíaca: "La región del bajo valle del Guadalquivir, Huelva y los territorios limítrofes aparecían ahora como una zona privilegiada por su riqueza minera -sin olvidar la agrícola y ganadera- y por su extraordinaria emplazamiento: en la boca del Mediterráneo y abierta por tierra y mar a las rutas del Atlántico" (1).

                 No vamos a repetir las riquezas de esta Tartessos que exportaba sus productos metalúrgicos a todo el Mediterráneo y que la hicieron engrosar la Geografía Mitología, Pretendemos que su importancia económica concita la llegada a este rincón del S/W/ peninsular de varias corrientes humanas o, simplemente, comerciales y económicas: los pueblos indoeuropeos, procedentes de la Meseta, las navegaciones atlánticas y las mediterráneas, estas últimas protagonizadas por la competencia entre fenicios y griegos.

                 Haciendo balance de la continua transfusión étnica que experimenta Andalucía a partir del I Milenio a.C., aprox., encontramos, entre los pueblos alóctonos: 

                1. Los establecimientos fenicios, con centro en Cádiz, relativamente distantes del núcleo metalúrgico tartésico con el que competía. Su ubicación era litoral (Málaga, Huelva, Almuñécar, Adra), en pequeñas elevaciones junto a la desembocadura de los ríos, lo que explica el emplazamiento de ciudades como Málaga.

                 2. Los griegos, cuya presencia tienen un menor grado de comprobación arqueológica. Probablemente asentados en el litoral malagueño (Mainake?), con cierta penetración hacia el interior a través de los ríos. Perderán su lucha por eliminar al intermedio fenicio (arrastrando en su fracaso el ocaso de la filohelénica Tartessos), siendo más tarde sustituidos ambos por:

                 3. Los cartagineses, que mantienen los establecimientos de sus predecesores robusteciendo la organización urbana, hasta el definitivo enfrentamiento con Roma. Este fortalecimiento de las ciudades será el eslabón fundamental para la continuidad de la ocupación entre el dominio cartaginés y el romano. 

                Todos estos pueblos mantenían relaciones económicas (y, en menor medida, políticas) con los pueblos autóctonos. Estos, una vez disgregada el imperio tartésico, eran:

                 * Los turdetanos (herederos directos de los tartesios) en el valle medio y bajo del Guadalquivir. 

                * Los celtas, que, procedentes de Badajoz, parten de Huelva y Sevilla para pasar a la meseta y serranía rondeña.

                 * Los bastetanos en las altiplanicies orientales del Surco Intrabético.

                 En el Alto Guadalquivir coinciden los oretanos (que dominaban la cuenca minera de Jaén) y elementos celtibéricos procedentes de la meseta a través de los llanos albaceteños. 

                Asistimos en esta etapa a una nueva oscilación del centro de gravedad económico, ya que, como en el calcolítico, el foco de mayor actividad se sitúa en el sector oriental, pero, en esta ocasión, desplazado hacia el N. (tierras de Jaén y Granada). La causa de este desplazamiento parece radicar, además de en la existencia de una buena dotación agrícola y minera, en la influencia de la civilización griega en este sector, emitida por caminos terrestres desde sus enclaves levantinos. Así, enriquecido por la aportación tartésica, que remonta el Guadalquivir, se crea, entre Albacete y Alicante el núcleo fundamental de la civilización ibérica clásica (Dama de Baza).

                 Los yacimientos arqueológicos permiten inferir que la relación entre los pueblos alóctonos avanzados del litoral y los autóctonos del interior respondieron más que a un modelo de amplio dominio territorial a otro de intensa actividad económica encauzada por los centros de la costa y acompañada de un control político más o menos fuerte sobre los pueblos del interior. Si en los comienzos esta actividad económica se centraba en la minería, progresivamente la pesca y las industrias derivadas de ella (salazones) ganarán en importancia. 

                De esta forma, la colonización romana calará sobre un sustrato de población prototípicamente mediterráneo: sustrato autóctono con mezcla semita (libio-fenicia). Podemos considerar ya a esta colonización romana como el precedente más claro de la organización del poblamiento y la producción imperante en buena parte de Andalucía (fundamentalmente la correspondiente a los espacios llanos: dep. del Guadalquivir, Surco Intrabético y litoral) hasta el s. XIII. 

                En efecto, además de consolidar lo ya existente (la red de ciudades comerciales litorales y las actividades mineras), extendió la sistematización del poblamiento interior mediante el asentamiento de colonos, acompañados de grupos más o menos nutridos de negociantes y funcionarios. Este asentamiento de colonos se realizó bajo dos modalidades, una de convivencia con la población indígena en núcleos preexistentes a su llegada, y otra de fundaciones. En uno u otro caso supusieron la redistribución de la tierra en beneficio de los dominadores, pero sin que ello se tradujera en cambios sustanciales del estado de cosas existente. Otro rasgo más de la evolución del poblamiento andaluz: la llegada y asentamiento de nuevas civilizaciones se traducirá sólo a largo plazo en transformaciones profundas de las estructuras demoeconómicas, suponiendo en sus comienzos un a modo de usufructo de la preexistente, y ello, probablemente, debido a la eficacia y "avance" de los sistemas productivos previos.

                 Así, cuando los romanos "llegaron a la Península no eran portadores de una cultura plenamente madura y consolidada y (..) en una primera fase, más que aportar sus conocimientos se aplicaron en estudiar y asimilar en provecho propio las técnicas y los métodos de los cartagineses (tipo de almazara, técnicas metalúrgicas, etc.)". (1) 

                Refiriéndonos a la organización de la producción, la colonización romana supone la extensión a la agricultura del carácter exportador de la economía y con ello, la conversión de la agricultura bética en la más floreciente de la Península. El aceite era en este sentido el producto fundamental, exportándose a través del Guadalquivir y de los puertos de la costa. Por el contrario el vino vio su expansión frenada por las medidas proteccionistas de la Península Itálica. En el campo de los regadíos se mantienen los sistemas fenicio-púnicos inspirados a su vez en los egipcios. La ganadería era igualmente importante (toros, caballo, bóvidos, óvidos, cerdos), base a su vez de industrias derivadas (lava), mientras que se mantiene la envergadura de las también heredadas industrias de salazones. 

                Pero era la minería la actividad que seguían reportando los mayores beneficios; se intensifica la producción mediante la aplicación de un alto nivel técnico (ruedas hidráulicas, tornillos de Arquímedes, bombas de doble acción) y, en función de su destino en la exportación, se mejoran las instalaciones portuarias y la red de calzadas necesarias para su salida.

                 Esta red de carreteras ponía en comunicación un complejo de ciudades que tenía su mayor densidad en el valle del Guadalquivir (desplazándose así de nuevo el centro de gravedad hacia el W.)

                 La lenta degradación económica del Bajo Imperio sólo se deja sentir en Andalucía bajo la forma del progresivo debilitamiento de las ciudades y de una ralentización (nunca desaparición) del comercio exterior. También continúa la explotación de las mismas. De esta forma, el paso de las invasiones del s. V fue poco perceptible para la Andalucía hispanorromana. Si en toda la Península la aportación de población germana sólo representó el 5% de la hispanorromana, en el S. el porcentaje resulta casi inapreciable. En este sentido, es de destacar, quizás como factor de continuidad, la existencia de colonias de judíos en Córdoba, Jaén, Granada y Sevilla vinculadas a actividades mercantiles, con graves problemas de asimilación, sobre todos a finales del s. VIII, y que constituirán una eficaz ayuda para los musulmanes en su proceso de conquista. 

                Alejadas del centro de poder visigodo, "las tierras del sur atravesaron un período de independencia" "de factor", durante el cual la aristocracia hispanorromana debió reforzar su influencia aprovechando el vacío de poder" (1). En estas situación, se produce la llegada de los bizantinos, llamados por el poder bético en auxilio de su rebelión contra los godos y bien recibidos por los grupos de comerciantes de las ciudades, que veían en ellos una garantía para el mantenimiento de su actividad. Una actividad centralizada en el cataplus (institución que cumplía las funciones de aduanas, almacén y lonja de contratación) y catalizada en torno a los productos tradicionales de exportación (trigo y aceite) y la importación de joyas, sedas, textiles finos, etc., en un circuito que iba a Siria y Alejandría a través de Cartago e Italia. 

                De esta forma, encontramos en la actividad comercial el nexo que mantiene, aunque amortiguadas, las bases de la ocupación y aprovechamiento del medio entre el Bajo Imperio Romano y la constitución del califato de Córdoba.

  

                3.a.1.b. La 2ª Andalucía Mítica: "al-Andalus".

                 La historiografía reciente ha superado definitivamente la consideración de las consecuencias de la llegada de Tarik a Gibraltar como una auténtica ruptura con el orden de cosas anterior, de tal modo que el concepto de invasión hay que sustituirlo por el de progresivo proceso de asentamiento de un conjunto heterogéneo (tanto ética como socialmente) de pobladores entre un sustrato de población hispanorromana. Por ello, si en Andalucía llegaron a configurarse unos sistemas de organización de la producción distintos de los desarrollados coetáneamente en otros sectores del país, ello obedeció a la mayor duración de la permanencia de esta remesa de pobladores en nuestra región. Y de ahí también, que el decalage cronológico entre la conquista cristiana de Andalucía Occidental y la de Andalucía Oriental se tradujera en la definitiva diferenciación entre los sistemas de aprovechamiento de ambos sectores. En otras palabras, 200 años de diferencia en la ocupación por los reinos hispánicos bastaron para prácticamente hacer desaparecer la mayor parte de las características del sistema productivo andalusí de la Andalucía del Guadalquivir, aunque también hay que recordar que las características del medio físico coadyuvaron a ello. 

                En consecuencia, lo que a continuación se va a abordar es el seguimiento de la formación del sistema de poblamiento resultante de los 6 siglos (en el caso de Andalucía Occidental y 8 en el de Andalucía Oriental, durante los que el suelo andaluz  fue ocupado por la civilización islámica.  

                1. En lo que se refiere a las características de la población, una vez más su principal característica va a ser la de responder a una mezcla tanto de tipo étnico como cultural. Desde el punto de vista étnico, además de las perseverantes comunidades judaicas, hay que distinguir entre el sustrato hispanorromano y los alóctonos pueblos norteafricanos. Pero dentro de estos últimos hay que diferenciar entre la minoría árabe y la masa berebere, posteriormente engrosaba por los aportes almorávide y almohade. 

                Por su parte, dentro del sustrato hispanorromano hay que reconocer los "colaboracionistas" que se asimilan con bastante facilidad a la civilización islámica y las minorías mozárabes que, desplazadas las más de las veces a las áreas montañosas en busca de refugio (ya empieza aquí la función que la montaña como refugio, irá tomando cada vez que las circunstancias así lo exijan o lo aconsejen), mantendrán allí sus poblados en la medida que lo permita la tolerancia de los alóctonos. Más adelante abordaremos las contradicciones con que la historiografía interpreta la incidencia de las minorías mozárabes en el aparato productivo. 

                Este carácter de "oleadas" con que se presenta la asimilación de nuevos pobladores va a ser otra constante del poblamiento andaluz hasta finales del s. XVI. De modo semejante al que observábamos en la conquista romana, la llegada de cada una de estas oleadas supuso su esclarecimiento, casi siempre en el medio rural, con la consiguiente concesión de tierras. La parquedad de las fuentes no permite determinar si estos sucesivas concesiones de tierras fueron en detrimento de los pobladores previamente asentados, o si la amplitud del territorio permitió su acomodación sin más. En este sentido, la última remesa importante la recibió el Reino de Granada tras la conquista de Andalucía Oc. por los cristianos, absorbiendo un buen número de correligionarios expulsados o huidos por el drástico cambio de situación. 

                En cualquier, caso hay que hacer constar que se trató, en la mayor parte de las ocasiones, de la sedentarización de una población hasta entonces trashumante y que, al menos en los primeros tiempos, se mantuvo la yuxtaposición de dos sistemas familiares claramente distintos: el de la familia unicelular hispanorromano y el clánico de la islámica.

                 En lo que se refiere a los aspectos cuantitativos, se desconoce el peso de la población hispanorromana, mientras que, en la primera etapa (hasta los primeros Reinos de Taifas) llegaron unas 60.000 familias árabes y entre 80 y 120.000 beréberes. Sí se conoce, en términos aproximados, su distribución espacial que fue bastante generalizada a todo el territorio andaluz, sin evitar las áreas montañosas -con la excepción de las almerienses-, mientras que, también para esta primera fase, las mozarabías, bastantes respetadas, eran especialmente importantes en Córdoba y en la Axarquía en particular y en Andalucía Or. en general.

                 Así pues, al menos hasta el s.IX, la heterogeneidad del poblamiento fue la tónica dominante, con una escasa aculturación de los muladíes, a veces sublevados en revueltas. Esta heterogeneidad explicaría la dialéctica fuerza centrífuga-fuerza centrípeta, puesta de manifiesto por la brevedad de control único del territorio (sólo asegurado por Abderramán II y Abderramán III), con la fuerza centrífuga impulsada por la diversidad étnica así como por la sucesiva llegada de nuevos contingentes de población magrebí o por sublevaciones muladíes como la de Omar Ibn Hafsun. Respecto a este último cabe destacar como su estado se ubicó en una de las grandes unidades naturales de la región: el conjunto Subbético-Surco Intrabético que le proporcionaba a la vez buenas tierras, una vía rápida de comunicación y refugios montañosos defensivos.

                 Pero, en líneas generales, la articulación y desarticulación del espacio político andalusí tuvo subyacente una cierta continuidad de la organización una cierta continuidad de la organización productiva, continuidad que parte de la base romana y que, sobre todo en el caso de Andalucía Or. será claro precedente de los paisajes y actividades de la Edad Moderna. 

                Nos puede servir como eslabón entre el poblamiento y la producción el sistema de poblamiento. Dentro de éste hay que distinguir entre la organización administrativa y la del poblamiento "sensu estricto". La primera se basaba en la articulación entre cora, "iqlim"y "yuz". La cora, heredera del sistema hispanorromano, tenían como base la ciudad y su región de influencia. Este área de influencia se subdividía en unidades más pequeñas:

                 - el "iqlim", o unidad administrativa y fiscal de base agrícola, con agricultura intensiva y densamente poblada. 

                - el "yuz", o zona de poblamiento de base tribal, orientada hacia la ganadería (y por tanto con abundantes pastizales, y que gozaría de un régimen peculiar, consistente en una explotación de carácter comunitario exenta de ciertos tributos,(2).

                 Encontramos aquí otro rasgo que se alzará como constante: la gradación en la intensificación del aprovechamiento. Esta estructura en coras será la base de la articulación de los Reinos de Taifas.

                 Más adelante, ya en los tiempos más difíciles del Reino de Granada, el poblamiento rural se organiza bajo dos formas fundamentales: el "hisn" o "bury", casa fuerte con viviendas alrededor, pero sin muralla, y el "maysar" o "machar", correspondiente al habitad disperso. Parece que esta dicotomía entre habitad rural y urbano se correspondía con una diferenciación en las funciones, como veremos a continuación.

 

                2. En lo que respecta a las características de la organización productiva, cabe introducir la sectorialización de las actividades.

                 2.a. La agricultura aparece determinada en sus dedicaciones por dos objetivos básicos: abastecer la industria y el comercio y satisfacer la demanda alimenticia. Se entendería así la insuficiencia en cereales (a pesar de que se cultivaban en todos los espacios favorables: campiñas del Guadalquivir y Guadalete. Surco Intrabético, depresiones litorales y valle de los Pedroches), aunque no está claro si esta insuficiente obedecería a la progresivas disminución de los mozárabes y aculturación de los muladíes (lo que no parece muy lógico por cuanto los propios musulmanes introdujeron el trigo duro y sustituyeron el mijo por el sorgo) o, más probablemente, al hecho de que compartían la superficie con otros cultivos de mayor valor como los citados de orientación industrial o comercial, o de mayor demanda por la creciente población urbana, como los hortofrutícolas. Lógicamente, la conquista cristiana de Andalucía Oc. reducirá marcadamente el abastecimiento cerealista de la comunidad islámica.

                   Tanto los cultivos comerciales como los destinados al consumo de los ciudadanos necesitaban de un regadío en expansión que permitía más de una cosecha al año y que tenía en los alrededores de las ciudades su principal emplazamiento, en un fenómeno que podríamos considerar exponente de la teoría de Von Thünen. Los sistemas de regadío estaban adecuados a pequeños cursos de agua o a los recursos hídricos subálveos aprovechados mediante el empleo de máquinas elevadoras como norias, cigüeñales, etc.). De ahí que, p. ej. en el valle del Guadalhorce, contrasta la red de acequias de Coín, Benamaquia  y Alhaurín y el desaprovechamiento del río principal, cuyo bajo curso aparecía lleno de lagunas por las avenidas periódicas del río. (3)

                 Partiendo de estas premisas vamos a exponer la distribución espacial de los cultivos destinados a la exportación y a la industria. 

                Comenzando por los destinados a la exportación se mantiene, respecto a la colonización romana, la del aceite, conseguido fundamentalmente en el Valle del Guadalquivir y aledaños subbéticos, con un núcleo fundamental en el Aljarafe y con pequeños enclaves, fuera de ese ámbito en Guadix y en los Pedroches. De ahí que, tras la conquista del valle bético, esta exportación se pierda para los nazaritas, dada la escasa difusión del olivo en la Andalucía Or. donde, salvo en algunos puntos alentados por la política proteccionista del Reino de Granada, formaba parte del policultivo de secano.

                 Por el contrario, la vid va a experimentar una expansión creciente. Si hasta el s.XIV sólo destacaba por la calidad de sus viñedos el área de Málaga, destinados mayoritariamente a pacificación y correspondiendo probablemente la implantación de la vid al mantenimiento de comunidades mozárabes (puntos aisladas del valle del Guadalq. -ya en el s.XII destacan los núcleos de Priego y Jerez y de Andalucía Or. Fiñana, Pechina, Almuñécar.) la expansión de la "trata de la fruta" en el citado período se traducirá en la difusión del viñedo en las laderas montañosas de las cadenas litorales, acompañado de los otros elementos de la exportación: almendros e higueras y, en menor proporción por estar ceñidos a los regadíos, nogales.  Está ya sentado el precedente de la vocación vitícola que este sector mantendrá hasta, prácticamente, la actualidad.

                 Pasando ya a los cultivos industriales, también en algunos casos es posible encontrar en esta época los precedentes de su actual ubicación. En el caso de la caña de azúcar que, desde época califal se cita en Almuñécar, Salobreña y, punto que desaparecerá, Sevilla. Para la etapa nazarita ya se ha ubicado en lo que será su emplazamiento típico: la franja de clima subtropical entre Manilva y Adra, donde ocupaba los depresiones litorales, encharcadas por las crecidas y en pleno proceso de colmatación.

                 El impacto de esta actividad sobre el hinterland será notable, ya que, en el caso de Vélez-Málaga, las tres cocciones sucesivas que siempre garantizaron la calidad del azúcar implicaron un alto consumo de leña, extraída de los bosques de las sierras vecinas (pinares de Frigiliana, Nerja y Cómpeta).

                 Sin embargo, otros cultivos industriales perdurarán, con mayor o menor fortuna, hasta el s.XIX, debido a su orientación textil. Así, lino, cáñamo y algodón y morera ocupan importantes superficies en regadío, tanto en el valle del Guadalquivir (Sevilla, Jaén) como en las dep. orientales de Granada, Almería y Málaga. También los tientes, necesarios para su posterior elaboración se producían en estas superficies de regadío: alheña, cártamo, rubia, azafrán (producción en la que destacaba Baza, Úbeda y Baeza y del que al-Andaluz fue el mayor exportador del Mediterráneo), mientras que el quermés animal (rojo) se recogía de las encinas del sector occidental de la región. Estos tejidos se dedicaban tanto a la exportación (seda, lino) como al autoabastecimiento y eran la base de un precoz "output system" o, lo que es lo mismo, difusión de la artesanía en el medio rural, en una práctica que aún permite rastrear el Catastro de Ensenada.

                Pese a la tradición ganadera de los pobladores magrebíes, se sabe poco del peso específico de la ganadería en la economía andalusí. Pese a la generalización de la asignación a la montaña de una función ganadera, en el caso de Andalucía, el hecho de que las zonas pantanosas litorales sean las únicas que aseguran la provisión de pastos a lo largo de todo el año, explica que fueran las marismas del Guadalete y del Guadalquivir las que alimentaran los contingentes más importantes de ganado vacuno y mular. Los bóvidos también eran importantes en Los Pedroches, mientras que la ganadería menor (ovejas y cabras) era la fundamental en las sierras occidentales (las más húmedas) desde Grazalema hasta Cabra. Sólo la reducción a los límites del Reino de Granada aumentará la cabaña de las zonas montañosas orientales, cuya principal vocación era agrícola (lógicamente, fuera de las áreas somitales): Sª Nevada, Axarquía. En esta etapa nazarita, la comunalidad de pastos de todo el Reino permitía la transhumancia entre las planicies frías interiores y la montaña (pastos de verano) y las depresiones costeras (pastos de invierno). En este sentido debe destacarse la localización del ganado vacuno (del que era deficitario) en el sector occidental, más húmedo, de la Serranía de Ronda, que también destacaba por su producción de lana, así como la existencia de importantes zonas de pastos como las de los campos de Dalías y Zafarraya. Sin embargo, el citado aumento de la presión demográfica restringirá la superficie dedicable a pastos y de ahí esta parquedad de la cabaña ganadera. 

                ¿Cómo era el sistema social de apropiación de estos aprovechamientos de "Al-Andaluz feliz", intensamente cultivada, laboriosa y de primorosos paisajes tallados por la horticultura?. Poco se sabe a este respecto, sobre todo en lo que se refiere a la propiedad (probable predominio de la gran propiedad controlada por la oligarquía urbana o guerrera, las instituciones religiosas y, más adelante, ya en el Reino de Granada, por los clanes reinantes; pero también para esta época se sabe que esta gran propiedad está claramente yuxtapuesta al microfundismo tan común aún hoy en Andalucía Or. -p.ej., diferencia de propietario entre el suelo y el vuelo), mientras que la explotación parece dominada por la aparcería. Este orden de cosas no excluía la existencia del trabajo asalariado, posiblemente indispensable tanto para el trabajo de algunas grandes propiedades como para complementar las rentas de los microfundistas. Por otra parte, y a tenor de lo comprobado en otras comunidades análogas, la estructuración tribal tendría su inmediato reflejo en la posesión clánica de la tierra, plasmada en la existencia de redes de alquerías dispersas. Se opondría así claramente el habitad urbano concentrado y de función económica secundaria o terciaria, frente al habitad disperso de implantación y de actividad agraria, una organización que iba a ser prácticamente liquidada por la colonización cristiana de la Baja Andalucía, mientras que la evolución económica del Reino de Granada se irá traduciendo en un progresivo debilitamiento y consiguiente sustitución de los lazos tribales por los de la familia unicelular. Por ello, la estructura de la propiedad vigente en este sector de la región a la llegada de los cristianos estará muy lejos (expansión de la gran propiedad, disolución de la clánica) de la primitivamente implantada por los musulmanes.

                 Para completar este panorama del sector primario hay que recoger otras actividades como las derivadas del aprovechamiento de los bosques y la pesca. La debilidad de los bosques mediterráneos será pronto conocida por los musulmanes, plasmada en la escasez de madera puesta de manifiesto por la fuerte demanda derivada de las construcciones urbanas y de maquinaria agrícola, así como de las atarazanas, con fuerte actividad por la necesidad de embarcaciones que exigía el control del Mediterráneo durante la etapa califal.

                 Los bosques más conocidos que se supone explotados en esta época son los de Sº Moren (Pedroches y Constantina), la Sagra y Cazorla, aunque probablemente la mayor parte de la Andalucía montañosa contara para esta fecha con su cubierta arbórea. La especie más común era la encina, siendo también empleados los castaños, avellanos y cerezos.

                 La acentuación de esta escasez en la etapa nazarita llevará a la Corona a controlar directamente el uso de algunos bosques como los de Sº Almijara. 

                Este aprovechamiento del "saltus" se completa con el de las hierbas medicinales (coriza en Sº Nevada y Benalmádena; áloe salvaje en la costa oriental malagueña, espliego de Sº Nevada, y en general, en el Campo de Dalías y Sº de Cabra) y la apicultura, especialmente importante en el sector oriental (Málaga, Vélez, Cantoría, Valle del Almanzora) y la recolección de otros productos industriales (zumaque para los curtidos) y comestibles (palmito).

                 Por último, la actividad pesquera parece concentrarse desde la etapa califal en el sector oriental. Así, en este período, sólo Niebla y Sidonia (donde destacaba la obtención de ámbar) destacan en el occidente, núcleos que se perderán, al menos por las fuentes, posteriormente. Sin embargo, Almuñécar, Salobreña, Bezmiliana, Almería, Málaga, Fuengirola y Marbella mantienen sus pesquería a lo largo de toda la fase musulmana, practicando el intercambio con su traspaís respectivo.

                 Esta gama de productos, como adelantábamos, estaba determinada por las necesidades de la ciudad, y con ellas, de actividades secundarias y terciarias.

                 3. La ciudad aparece como centro de producción, de comercio y de gobierno. Previamente hay que recordar que la transformación de los productos también se desarrollaba en el medio rural, ya parcialmente (hilado de la seda y el lino) ya totalmente (trapiches caseros, alfarería, esparto, acíbar (a partir del áloe para ahuyentar los insectos), mientras que la minería estaría inevitablemente ligada a la ubicación de los yacimientos. En este último aspecto es de destacar el nuevo desplazamiento hacia el S.E. del foco minero más importante, centrado en las U. internas, en Almería (plata, plomo y hierro); en Granada (hierro en el Cenete; cobre y oro en el Darro y atutía (óxido de cinc) en Salobreña), La metalurgia, sin embargo, era de escasa envergadura (la indispensable para las necesidades de las atarazanas, situadas en Pechina-Almería), al ser considerada como una actividad molesta y poco remuneradora.

                 La ciudad concentraría pues el tejido (de la seda y el lino) y las artesanías más delicadas, establecidas en los arrabales, a veces especializados sectorialmente. Sus producciones se dirigirían tanto a los mercados de su hinterland, con el que solía mantener un activo intercambio, del que son exponentes las alhóndigas: lugares de almacenamiento de los productos del campo antes de su distribución al por menor, así como la costumbre de denominar algunos accesos con el nombre del producto específico con que allí se traficaba.

                 Se explica así tanto la consolidación de la red urbana romana como la aparición de nuevos centros que rápidamente se hacen fundamentales: Granada, Ubeda (que surge como centro militar y estratégico), Pechina (y luego Almería), base de una flota cuyo centro de operaciones estaba en el Mediterráneo, en detrimento de los puertos occidentales, más alejados y, además amenazados por las incursiones norteeuropeas. De esta forma, intermediarios y productores-distribuidores (estos es, artesanos) serían los habitantes más significativos de las ciudades. Aunque esta clase contará con el apoyo del estado (al que aprovisiona y del que necesita protección y caminos) no llegará a acceder al control político del estado. 

                Como exponente de este impulso del proceso de urbanización se calcula que en el momento de la conquista del Rº de Granada, éste tenía una población global de 300.000 hab., de los que el 42% aprox. se concentraba en los núcleos de más de 3.000 hab. (Antequera, Alhama, Vélez-M., Marbella, Coín, Almería, Guadix, Baza Loja, Ronda) con Málaga (20.000) y Granada (50.000) a la cabeza.

                 El comercio se practicaba a tres niveles: interior regional, interior peninsular y exterior. El interior regional se vertebraba fundamentalmente en torno al eje del "arrecife" o camino que recorría todo el valle siguiendo aún el viejo trazado de la "Via Augusta" roamana, doblada por el camino que a lo largo del río enlazaba Sevilla con Córdoba"(4). Este primer eje conectaba a través del Subbético con la Andalucía Or.: Zahara, Teba, Antequera, Alcalá de Real, Ubeda, Andújar, Huelma y Quesada, que, una vez producida la conquista cristiana de Andalucía Oc., pasaría a ser los "puertos secos" que canalizaban el comercio fronterizo. Este comercio fronterizo suponía un importante tráfico de mercancías desde Tarifa a Lorca, siendo notable el volumen del mantenido entre Vera y Murcia, configurándose así en esta época la polarización almeriense hacia el núcleo levantino en mayor medida que hacia el resto de Andalucía

                 También con este "arrecife" se articulaban los caminos que ponían en contacto nuestra región con el resto de la Península. Jaén conducía el tráfico con Murcia utilizando la discontinuidad entre Prebético y Sª Morena (Santisteban del Puerto, Montizón) así como parte del meseteño, siguiendo la cabecera del Guadalquivir, Villanueva del Arzobispo y del encajado valle del r. Pinto (despeñaperros).

                 "Los caminos de Córdoba se orientaban desde la época califal hacia Toledo"(4) aprovechando esencialmente la facilidad de los Pedroches y el valle del Guadiato. Finalmente, los caminos de penetración en la meseta desde Sevilla seguían, en líneas generales, la vía romana de la Plata -hasta Mérida- remontando el valle de Rivera de Cala. El nudo de Azuaga conectaba este ramal con las vías a Toledo.

                 Pero para comprender la envergadura del comercio en el que estaba involucrada nuestra región hay que recordad previamente que "el mercado mundial islámico (que unía Europa con África Negra y Asia monzónica) alcanzó tales niveles que únicamente sería superado por la burguesía occidental bien entrado el s. XVI. al-Andaluz como un lugar importante en aquel mundo mercantil islámico, al poner en relación el N. de África, el occidente feudal y la fachada mediterránea hacia Oriente"(2).

                 Cabe distinguir una serie de variaciones temporales en los puntos principales de concentración de este comercio internacional como en los productos objeto del mismo. Para la etapa califal no se especifica el emplazamiento de estos centros, con la excepción de la proverbial Córdoba y de Pechina-Almería. En estos momentos de importan perfumes y piedras preciosas del Oriente islámico y se exportan brocados, lanas, alfombras, tejidos teñidos, linos, mantas, oro, miel, aceite y cueros, sin olvidar el importante comercio de esclavos u eunucos procedentes de las razzias sobre los cristianas.

                 La importancia de Pechina-Almería perdura hasta la ocupación almorávide, cuando se configura como centro que reunía telares de sedas, manufacturas de cobre y hierro, reexportaba hacia el Magreb los productos traídos desde Alejandría y Siria. Sin embargo su coyuntural conquista y ocupación (10 años) por los cristianos sumió este imperio en el marasmo, propiciando el desplazamiento hacia Sevilla de la "capitalidad económica" de Al-Andaluz. Una capitalidad que consolida la posterior presencia almohade y que algunos relacionan con la proximidad a una fuente de riqueza como era el aceite del Aljarafe.

                 En estos momentos, los intercambios se ven completados por la importación de ganado de los cristianos meseteños y cereales, antimonio y alumbre (este último esencial en la industria textil como fijador de los colores, en el curtido de las pieles, en la farmacopea y en la fabricación de vidrio), del N. de África.

                 Para la etapa nazarita contamos con un conocimiento más detallado de las producciones de las diversas ciudades. Almería destaca en el tejido de la seda; en Málaga con importantes las manufacturas artísticas del cuero, los metales y la cerámica vidriada. Hay atarazanas en estas dos ciudades junto con Almuñécar, y esta última y Vélez aparecen como nuevos puertos con notable actividad comercial.

 

                Dentro de este contexto, hay que destacar como Málaga se alza con la primacía económica, mientras que Granada absorbe la política. Entre las causas de esta primacía malagueña hay que reseñar, según LÓPEZ DE COCA (3):

                 a) El desarrollo por los genoveses de la ruta de Poniendo hacia el N.W. de Europa por le Estrecho de Gibraltar, que convertía a Málaga y Cádiz en puntos neurálgicos. 

                b) El hecho de que, aunque el traspáis malagueño era más reducido que el almeriense.

                                 * Gozaba de mejores comunicaciones con la capital granadina

                  * Producía bienes agrícolas de gran aceptación en el exterior: frutos secos ("trata de la gruta"), seda...

 

                La diversificación de los intercambios comerciales puede servir en cierto modo como indicativo de las características de la economía del Rº de Granada. Así:

 

                1. La dedicación primordial de la producción agrícola a la exportación y no al autoabastecimiento, dependiendo del exterior en el aprovisionamiento de cereales: exportación de azúcar y frutos secos e importación de trigo de N, de Africa.

                 2. La necesidad de importar lagunas materias primas necesarias para la elevación de sus producciones más características, así, el citado alumbre o los tintes (grana), también procedentes del Magreb.

                 3. La conversión del Rº de Granada en intermedio (a través de los genoveses que establecen en Málaga su colonia más numerosa figura de su estado) entre los reinos europeos y los islámicos norteafricanos. Así, Málaga da salida al aceite, ya "cristiana, del Aljarafe, y reexpide hacia el resto de Europa las espacias y drogas orientales, así como la cera y el oro magrebíes, Almería se especializa en el comercio con el Levante peninsular, a través de mudéjares levantinos, así como en puerto de escala entre aquel y el N. de África. Este comercio se basaba en la introducción de productos valencianos (aceite, metales, manufacturas de madera, paños con baja calidad y bajo precio) tanto en el Rº de Granada como en el N. de África.

                 Si tenemos en cuenta que simultáneamente, como veremos más adelante, el paso a manos cristianas del valle del Guadalquivir también apoya el establecimiento de colonias de extranjeros -casi siempre identificadas con las actividades comerciales- tenemos las bases de otra característica fundamental de la vida económica andaluza que se repite prácticamente hasta la actualidad, y ligada, obviamente, a su introducción en los circuitos económicos internacionales: el papel fundamental de los extranjeros en el control del comercio andaluz primero y de otras actividades, después.

                 ¿El comercio dejaba demasiados beneficios como para potenciar las actividades de transformación?. No hay una respuesta a este tema, pero, como veremos, el comercio derivado del monopolio de Indias tampoco se complementará con la elaboración de artículos.

                 En síntesis, cuando el Rº de Granada pase a engrosar las coronas de Castilla y Aragón ofrecerá una economía dependiente del comercio exterior que, según parece, seguirá manteniendo esta condición después de la conquista, de modo que el trasvase de civilización no afectará sustancialmente a la economía. Como comprobaremos a continuación, este no fue el caso de la Andalucía Oc..

                 3.a.2. La reorganización cristiana del poblamiento. ¿Fracaso de un modelo voluntarista de organización del espacio?.

                 Como tantas veces en la historia de España, la ocupación por el Reino de Castilla del territorio andaluz acabará suponiendo la incoherencia entre planteamientos iniciales y resultados finales. El modelo de organización voluntarista del territorio que, pergeñado en la conquista de las dos mesetas, aplican, ligeramente modificado, al suelo andaluz, se basaba inicialmente en:

                 - Una "convivencia" entre vencedores y vencidos de tipo colonial y basada en la discriminación especial de ambos grupos.

                 - Un reparto de la tierra entre los conquistadores que se mueve entre la necesidad de satisfacer mediante la concesión de donadíos y señoríos las  deudas contraídas con los estamentos nobiliar y eclesiástico y el interés por asentar y crear un grupo numerosos y coherente de propietarios que garantizaran eficazmente la repoblación y defensa del territorio.

                 - La base para el cumplimiento de ambas premisas es el concejo. 

                Podemos estructurar en estas premisas de partida la respuesta a dos preguntas fundamentales: el grado de cumplimiento de las mismas, y, estrechamente relacionado con ello, el grado de continuidad o discontinuidad en el sistema de ocupación del medio.

                 Dado que esta reorganización se desarrolla en dos períodos distintos (a partir del s. XIII en Andalucía Occidental y desde finales del s. XV en Andalucía Oriental) a efectos comparativos, hemos considerado oportuno aglutinar en este epígrafe ambos procesos, por lo que tomamos el hito de f. del s. XVI como indicativo de un cambio de coyuntura: para Andalucía Occidental el período que va desde princ. del s. XIII a f. del s. XVI abarca la fase de instauración, consolidación, expansión -auspiciado por el descubrimiento de América- y crisis de la reorganización. Para Andalucía Oriental, el período que media entre f. del s. XV t f. del s. XVI contiene únicamente la fase de instauración (con sus dos hitos de f. del s. XV y último cuarto de s. XVI), marcando precisamente el final de esta última centuria la apertura de la etapa de consolidación. En ambos casos, se trata del período en el que se sientan las bases de muchas de las estructuras de poblamiento y producción que hoy son detectables en nuestra región, y con ellas, la definitiva dicotomía entre las dos Andalucía

                 De esta forma, aunque, como veremos, los modelos de partida empleados por los monarcas cristianos van a ser muy semejantes, las características del medio físico incidirán, a través de los sistemas de explotación que requieren o aconsejan, junto con otros factores (Descubrimiento, evolución de las estructuras sociales fijadas por la Repoblación..) determinando una evolución divergente de ambos sectores a partir del s. XVII.

                 3.a.2.a. El fracasa del sistema de "convivencia"

                Como adelantábamos, este concepto de convivencia debe ser precisado, puesto que más que de convivencia, se trataba de una yuxtaposición, determinada por relaciones de tipo colonial (una casta militar controlando una amplia población productora indígena) de dos comunidades discriminadas numérica y espacialmente. 

                Aunque el estudio de la discriminación numérica choca con el obstáculo de la falta de información cuantitativa (sobre todo para Andalucía Occidental), parece claro que tanto para la Bética como para la Penibética, la repoblación parte de la minoría de la población recién llegada con respecto a la indígena. Así, en el caso de Andalucía Occidental, el numero de repobladores se situaría en torno a los 13.030 vecinos, estos es, 0,22/km²., desconociéndose el peso de la población vencida.

                 A Andalucía Oriental acudieron, también aprox., 9.000 vecinos, que arrojan una proporción de 0.3 vecinos/km2, que representaría, tomando, también como meramente indicativa, la densidad de 10 hab./km² que da Ladero para el Reino Nazarita, el 12,3% del total de la población del mismo una vez conquistado. Así pues, es extensible al conjunto andaluz la afirmación de GONZALEZ de que "los contingentes de repobladores establecidos en Andalucía fueron modestos". 

                Sin embargo, esta exigüidad en términos globales se difuminaba a niveles particulares, ya que, como decíamos, la discriminación numérica tenía una clara traducción espacial. En Andalucía Occidental, este reducido número de pobladores se concentró desde el principio en los núcleos urbanos (Sevilla, Jerez, Jaén, Córdoba, Écija, Carmona, San Lúcar la Mayor, Cádiz, Baeza, Úbeda, Arjona), fuertemente defendidos, cabeceras de los concejos a los que organizan en su funcionamiento (orientado fundamentalmente en los primeros momentos al repartimiento de las tierras circundantes), evitando así dispersar por la totalidad del territorio los escasos efectivos humanos de que se disponía.

                 El espacio se organizaba así según una dicotomía básica; en las zonas sobre las que se produjo el asentamiento de los nuevos pobladores no se pretendía mantener su pleno rendimiento económico. Por el contrario, la permanencia de un elevado número de musulmanes, dispersos en el medio rural, garantizarían el mantenimiento de la producción.

                 En el caso de Andalucía Oriental parece vislumbrarse un interés más claro por el mantenimiento del sistema productivo en todos los ámbitos, sobre todo en los segundos repartimientos (Apeos) que siguen a la expulsión de los moriscos, sin embargo también originalmente, la discriminación especial es clara, determinando la concentración de los mudéjares en las áreas montañosas (excepto en la vega de Granada donde se permite su estancia), las menos atractivas para los vencedores, al oponer más dificultades a la implantación de su sistema productivo de base cerealista; alejándolos de los núcleos urbanos y del sector litoral, que pasa a ser el nuevo espacio fronterizo.

                Este sistema de "convivencia" había funcionado de una forma relativamente aceptable en los territorios conquistados de Valencia y Murcia, pero las sublevaciones mudéjares (en 1262 la Andalucía Occid. y, fundamentalmente, la de 1572 -ya de moriscos, en Andalucía Oriental) no permiten que cuajara en nuestra región. 

                Y es en esta circunstancia en la que podemos fundamental la comprensión de la más intensa ruptura del sistema de ocupación que se detecta en la Andalucía Occidental respecto a la Oriental. Partiendo de la hipótesis de que la convivencia de invasores e invadidos facilitaría (como ocurrió en casos anteriores) el mantenimiento de los sistemas de producción de los segundos junto con su progresiva modificación por parte de los primeros, se puede deducir que cuanto más duradera fuese tal conviviencia menor sería la brusquedad de la ruptura o discontinuidad entre ambos sistemas de producción. En el caso que nos ocupa, aunque en la conquista y reorganización de Andalucía Occidental se dan los mismos pasos fundamentales (menor números de repobladores que de indígenas; conquista -reparto-convivencia-sublevación de los invadidos-expulsión de éstos-crisis de la repoblación- nuevo repartimiento) difiere la duración de alguna de las etapas. Así, en Andalucía Occid. la convivencia se prolongó aprox. entre 38 y 1 años, según lugares, mientras que en la Oriental lo hizo entre 90 y 80 años.

                 A ello hay que unir otro elemento, también ligado a la duración de estas fases. Se trata del diferente plazo interpuesto en cada uno de los casos entre los primeros repartimientos (los que cuentan con la presencia de mudéjares) y los segundos o definitivos. En la Andalucía Bética la persistencia de la proximidad de la frontera granadina, unido a las ataques esporádicos de los musulmanes, se tradujeron en una situación de inestabilidad que repercutió en el escaso atractivo de sus tierras para los repobladores potenciales. Por el contrario, en la Andalucía Penibética, los Apeos se desarrollan casi inmediatamente después de la expulsión de los moriscos, y, con mayor o menor intensidad, los flujos inmigratorios serán una constante hasta el s. XVIII, de modo que no llega a producirse una situación de vacío demográfico tan prolongada como la que se desarrolla en la Bética.

                 En este sentido, hay que introducir una nueva matización: la crisis que sigue a la expulsión de los mudéjares del Guadalquivir coincide con el agotamiento demográfico del área emisora -Castilla- inmersa en la crisis europea del s. XIV, mientras que la repoblación que sigue a los Apeos aún se beneficia de los últimos destellos del esplendor demográfico que conoce Andalucía Occid. en el s. XVI.

                 Por ende, el sistema de poblamiento nazarita en el que se basa, a grandes líneas, el impuesto por los cristianos, se había caracterizado, como hemos expuesto, por su densificación, (precisamente a raíz de la expulsión de los mudéjares de Andalucía Occidental) con lo que, aunque los nuevos pobladores no colmaron todos los asentamientos heredados, lo cierto es que su saturación era difícil, dado su alto número.

                 Todos estos factores dan lugar a una serie de redistribuciones espaciales de la población, acompañadas, especialmente en el caso de Andalucía Occidental., de un cambio fundamental en el hábitat.

                 Comenzando por este último, en Andalucía Occidental la marcha de los mudéjares tras la rebelión se tradujo en la aparición de amplios intersticiales entre los núcleos de poblamiento cristiana, correspondientes a sus lugares de asentamiento ahora abandonados. Este fenómeno se da particularmente en las campiñas sevillanas y cordobesa y, obviamente, a lo largo de la frontera granadina, mientras que en Jaén parece que se conserva el hábitat disperso en cierta medida. En consecuencia, hasta la etapa de recuperación demográfica del s. XIV, Andalucía Occidental será una tierra despoblada (es decir, con población claramente inferior tanto a la precedente como en relación a sus recursos), circunstancia que formen, lógicamente, y como veremos, la concentración de la propiedad de la tierra, a más de implicar, ante todo, un cambio drástico del hábitat que pasa del esquema disperso-rural/concentrado-urbano al de concentrado rural-urbano.

                 Dos son las consecuencias fundamentales de este cambio: una, la ruralización de la función de las ciudades, al pasar a concentrar población agrícola; la segunda, el establecimiento de flujos laborales campo-ciudad, rasgos, los dos, que subyacen hoy en las características de las agrociudades béticas y que se convertirían con el tiempo en piedra de toque de las críticas al sistema agrario andaluz (separación física entre lugar de residencia y de trabajo). 

                En el caso de Andalucía Oriental, como ya decíamos, la huella de la densificación que conoció el Reino de Granada, se tradujo en un sistema de poblamiento interolar que las dificultades de comunicación impuestas por el medio montañoso contribuyeron a mantener, aunque, lógicamente, aligerado en el número de enclaves de población. Dos van a ser las zonas más afectadas por la despoblación. Una, el litoral debido a la inseguridad, al haberse convertido en la nueva frontera, siendo menor el número de pobladores cristianos allí establecidos y presentando los mismos en dinamismo demográfico. Otra, el sector almeriense en conjunto, debido al escaso número de pobladores cristianos recibido tras la conquista, a lo que se unirá el efecto de los terremotos y la proximidad a las costas argelinas que incidirá en su mayor exposición a los ataques piráticos de allí procedentes.

                 Sin embargo, la no simultaneidad de estos procesos para las dos Andalucía se traduce en evoluciones demográficas diferentes. La etapa de vació demográfico de Andalucía Bética coincide con el máximo de presión de Andalucía Oriental. Así, en 1492 es posible que Granada alcanzara los 100.000 hab., siendo una de las ciudades más pobladas de Europa y, por supuesto, la primera de España.

                 Para ese año, Andalucía Occidental ya se había ido recuperando demográficamente. En la primera mitad del s. XIV se va intensificando -lentamente- el poblamiento en las zonas rurales, auspiciado por las medidas oficiales destinadas a atraer repobladores (todas de tipo fiscal) pero, sobre todo, por la actitud de las otras instituciones implicadas en el poder territorial, a través de la creación de señoríos: nobleza, Iglesia y órdenes militares. Este proceso de colonización interior se ajustaba a los siguientes rasgos generales: (5)

                 1. Responder a móviles claramente señoriales, al sentar las bases humanas para la aparición de un señorío o incrementar la renta señoriales o por la explotación de monopolios -horno, molino..-). 

                2. Estos móviles se desarrollaba a través de las siguiente fases:

                 - El abandono y recuperación para el "saltus" de tierras que, como dijimos, sigue a la conquista, favorece su paso a la propiedad de señores, órdenes e Iglesia.

                 - A medida que se produce el aumento de la población repobladora, por crecimiento vegetativo. éste se traduce en las roturaciones del mencionado "saltus". Una vez realizado éste se trataba de hacer valer el señorío sobre las tierras ya roturadas y puestas en cultivo sin expresa autorización, pero sin que ello significase negar a los campesinos la posibilidad de aprovecharse de las tierras recuperadas del yermo. 

                - Por ello, los señores reparten entre los campesinos la totalidad o buena parte de su tierra, distribuyéndola en lotes de pequeña extensión. Esta entrega se completaba con la de dehesas para el ganado, fijación de derechos para utilizar comunalmente los montes y partos del término, así como con la construcción de los citados servicios monopolísticos señoriales: molino, lagar, horno, etc.

                 El éxito de esta repoblación fue un hecho, respondiendo a la misma los núcleos de Puerto de Sta. María, Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona, Trebujen, Chiclana, Conil, la comarca del Ajarafe, Benacazón, los Molares, Espejo, Fernán-Núñez, El Carpio, Montemayor, El viso del Alcor y la Campana. Las consecuencias más importantes de la misma fueron dos: la rehumanización creciente del paisaje y la aparición de una masa de pequeños campesinos que, si bien jurídicamente eran libres, la exigüidad de las tierras recibidas les obligaba a trabajar tierras ajenas.

                 3. La ocupación de estas tierras responde a migraciones corto o medio radio que movilizan contingentes humanos de escasa importancia y que se orientan a la puesta en cultivo de las áreas más próximas a los núcleos de población de los que proceden.

                 La Andalucía Bética entra así con cierta recuperación en el s. XV, centuria que será ya de clara expansión demográfica. Sin embargo, se pueden observar dos fases: una de crecimiento más intenso, a lo largo de los tres primeros cuartos del siglo, y otra, en los 25 años restantes, en los que el crecimiento se ralentiza debido, fundamentalmente, a nuevos trasvases interiores de población (emigración al recién conquistado Reino de Granada) y a la emigración americana. Ambas empresas contribuyen así a frenar la total recuperación de la intensidad del poblamiento previo a la conquista, persistiendo aún numerosos "vacíos demográficos".

                 En conjunto, la población aumentó a lo largo del s. XV en torno a un 25%, observándose un mayor crecimiento en la zona de Huelva-Cádiz-Pto. de Sta. Mª (revitalizados estos últimos con el fin de la Guerra del Estrecho). El Reino de Sevilla (que aglutina las actuales provincias de Sevilla, Cádiz y Huelva) concentraba el 53% de la población con un crecimiento del 26%, frente a los reinos de Córdoba y Jaén, cada uno de ellos con el 23% de la pob. y con un crecimiento del 24,6%. En total 150.000 vecinos (densidad de 2,6 vec./Km².), reuniéndose 40.000 hab. en la capital sevillana a f. del s. XV, menos de la mitad de aquellos que ocupaban la ciudad de Granada en esos momentos.

                 Las características de esta población registran ya claramente la nueva organización del territorio, con un predominio de la población urbana (entre el 61% del Rº de Córdoba y el 41% del de Sevilla), pero observándose ya el mayor crecimiento de los pequeños núcleos rurales, resultantes de los citados procesos de colonización interior. Este último tiene su más clara expresión en la creación de nuevos núcleos en las áreas fronterizas que sigue a la conquista del Rº de Granada, especialmente en sus sectores cordobés y jiennense.

                 Andalucía Occid. es en el s. XV el marco de un intenso trasiego de hombres que vienen (de Castilla, huyendo de las guerras gentilicias; de las zonas de sierra, donde antes se da el desequilibrio entre población y recursos puesto de manifiesto en épocas de escasez, y que llenan las ciudades; de Europa, comerciantes atraídos por el potencial valor portuario del eje Cádiz-Sevilla) y que van (a repoblar el Rº de Granada; a repoblar los vacíos interiores, especialmente los correspondientes al área exfronteriza; a América) en unos movimientos que suman el corto, medio y largo radio.

                Llegamos así a la fecha que habíamos tomado como hito, 1492. En 1528, la densidad de Andalucía Oriente sería de 2,3 vec/Km² y la de la Occid. de 2,5. En 1591 la de la segunda había ascendido hasta 3,7 (conteniendo la ciudad ahora más populosa de Europa, Sevilla) y la de la primera se había reducido hasta 1,7.

                 Es pues, el s.XVI, época de fuerte crecimiento demográfico para Andalucía Occid., oscilando entre el 54,6% de Rº de Sevilla, el 41,5% del de Córdoba y el 34,6% del jiennense, a pesar de que se calcula que unos 40.000 indianos hicieron "las Américas" a lo largo de este siglo, con lo que ambos datos sólo son explicables completándolos con los del mantenimiento de la inmigración procedente del resto del país y constatada en la centuria anterior. Se explica así que Andalucía Occid. concentre en estos momentos el 21% de la población de Castilla y el 16% de la del país. Sin embargo, se van ya perfilando los contrastes de densidad: aunque ésta es de 10,4 hab. como media, baja a los 6,7 de Huelva y sube a los 17 de Cádiz.

                 En este sentido, hay que reseñar el desligamiento del Rº de Jaén de la trayectoria del resto de Andalucía Occid.. Este aparece con una entidad propia, con sus propios contrastes demográficos u económicos (el sector de la Loma experimenta un crecimiento situado entre 74 y el 96% según lugares, frente a la debilidad del poblamiento de Sª Morena y el Prebético); persistiendo un hábitat disperso en el área campiñesa; y participando mínimamente en el circuito americano y con un crecimiento económico "autocentrado", como comprobaremos, en torno a la transformación de sus propias materias primas (textil y cueros) aprovechando su posición ventajosa en las rutas comerciales con el resto de la Península.

                De esta forma, y según adelantábamos, la etapa que media entre el s. XIII y f. del s. XVI es de sucesivas redistribuciones de población (relacionada, como veremos, con los sucesivos repartimientos de tierras) dentro de los límites actuales de Andalucía:

                - Hasta f. del s. XV, Andalucía Oriental es la zona más densamente poblada, seguida de la Campiña y apareciendo como sector de menor densidad la frontera, coincidente, en términos generales, con el Subbético Interno (en el límite occidental), y con el Medio a partir de la depresión de Antequera, en lazando con el Prebético al N. de las planicies de Huésecar. Este sector fronterizo tenía en su límite sudoccidental (correspondiente a la región del Estrecho, sometida a actividades bélicas a lo largo del s. XIV) su punto más despoblado.

                 - La conquista del Rº de Granada favorece la colonización de este sector, una vez desaparecida la frontera, mientras que la expulsión de los moriscos y el paralelo auge del área sevillana a raíz del Descubrimiento, inclina el centro de gravedad demográfico hacia el W.. Ahora son el sector costero oriental y los puntos del Rº de Granada más alejados del foco colonizador bético (grandes sierras almerienses) los más devitalizados demográficamente. En este sentido, la localización en Argel del centro pirático hace de Almería la región más amenazada, convirtiéndose el Cabo de Gata en fondeadero de piratas, donde se aprovisionaban mediante devastadoras incursiones en el interior. 

                Se observa de esta forma como la recuperación del poblamiento depende de la consolidación de los sistemas de organización impuestos por los vencedores cristianos. Se entiende por ello que el péndulo estuviera destinado a proseguir sus oscilaciones, ya que las distintas características de las estructuras productivas de ambas subregiones determinarán (una vez consolidado el nuevo poblamiento de Andalucía Oriental) una distinta evolución de las mismas que tendrá en los aspectos demográficos uno de sus principales reflejos.

 

                3.a.2.b. La organización de las estructuras productivas.

                 Como decíamos, esta organización, se fundamenta en la creación de los concejos. En una primera aproximación, hay que distinguir entre concejos de realengo y de señorío. Esta diferenciación,  obedecía, originariamente, a razones estratégicas, al localizarse los segundos en las zonas fronterizas, en el caso de Andalucía Occidental, y en las zonas de predominio mudéjar en el de Andalucía Oriental. Puesto que el proceso de señorialización nos interesa fundamentalmente desde la perspectiva de su relación con el latifundismo, postponemos para más adelante su tratamiento, para sentarnos ahora en las características del sistema de producción instaurado. El estudio de éste nos permite abordar dos de los aspectos antes propuestos: la continuidad y/o discontinuidad del sistema productivo y el grado de cumplimiento de las premisas de la conquista referidas a las condiciones de asentamiento de la nueva población.

                 Como hacíamos constar, el concejo era la base de la repoblación, ya que, desde el primer momento, ésta se organiza a partir de los núcleos urbanos, aglutinadores del poblamiento cristiano, a la vez que centros rectores del establecimiento de un sistema de utilización de los recursos. Su configuración introduce pues una triple transformación: del hábitat, del sistema de propiedad y del sistema de cultivo.

                 En lo que se refiere a Andalucía Occidental, estos tres aspectos van a estar estrechamente relacionados: la citada desaparición del hábitat disperso está ligado a la desintegración de la gran propiedad islámica en explotaciones familiares, cuyos titulares residen en los centros urbanos. Cuando esta gran propiedad no se fragmenta sino que pasa íntegra a manos cristianas (caso de los grandes lotes previstos en el repartimiento) la estructura clásica de la explotación es sustituida por el concepto de cortijo, cuyos trabajadores eventuales también residen en la ciudad. Con ello estamos aludiendo a las característica primordial de los repartimientos: la desigualdad de los lotes de tierra entregados, reproduciendo la estructura social de los participantes en la contienda: peones, escuderos, caballeros, nobles, que incidirá así de forma muy diversa en la transformación de la estructura de la explotación minifundista por el trabajo eventual).

                 Los repartimientos determinaban la distribución de la tierra según dos modalidades:(5)

                 1. Don díos, de los que eran beneficiarios la nobleza, los eclesiásticos y los servidores reales, estaban constituidos por una gran propiedad o por un conjunto de propiedades diversas.

                 2. Heredamientos, concedidos a los repobladores, y cuyo disfrute conllevaba una serie de obligaciones, fijadas en los fueros. Consistían en lotes integrados por casas o solares, tierras de pan llevar, olivar, viñedo o huerta y, como advertíamos, su extensión variaba en función de la categoría social del beneficiario.

                 Aunque el repartimiento afectó a una gran cantidad de tierras, no absorbió todas las disponibles, ya que el rey se reservó alquerías completas y la escasez de pobladores unida a la deserción de la población indígena implicaron la ya citada aparición de zonas despobladas. Este conjunto de tierras serán objeto de repartos posteriores o de apropiación municipal o señorial, en un proceso que se prolonga hasta f. del s. XIX.

                 Este esquema inicial va a entrar en una dinámica de la que saldrá desvirtuado, debido, fundamentalmente, a una acentuación de las diferencias del tamaño de propiedad: la crisis de la repoblación favorece la concentración de la propiedad, mientras que los intereses señoriales por la colonización interior engendra la pequeña. Podemos detenernos en la relación entre crisis de la repoblación y concentración de la propiedad, abordando las causas de esta crisis, que serían: 

                - La exigüidad de los predios más reducidos (los más numerosos), claramente insuficientes para satisfacer las

necesidades de los recién llegados.

                 - Las características de la población inmigrante, e.d., de los repobladores. Todo parece indicar que la población que se movía bajo el señuelo de estas entregas de tierras, muchas veces sobrevaloradas por la imagen que de ellas daban los promotores de las campañas veces sobrevaloradas por la imagen que de ellas daban los promotores de las campañas béticas, correspondía en su estrato más bajo y numeroso, a los desheredados. Esto es, a los carentes de los mínimos pertrechos imprescindibles para consolidar el asentamiento, y algunas veces también carentes del "espíritu de sacrificio" que una empresa colonizadora parece exigir. Si a ello le añadimos que estamos en pleno ciclo demográfico antiguo, resulta obvio que su incidencia entre estos pobladores de escasos recursos abocaría, no pocas veces, en la liquidación -por venta- de su patrimonio, una vez rota la unidad familiar o atosigados por las deudas. Ventas que engrosaban el patrimonio de los más poderosos.

                 - El hecho de que estos repartimientos de tierras fueran acompañando la progresiva conquista del territorio andaluz entre 1212 y 1572, favoreció el que algunos repobladores fueran de repartimiento en repartimiento, tomando y luego especulando (normas que intentaban evitar esta eventualidad fueron tan repetidas como incumplidas) con las tierras recibidas. De esta forma se observa un efecto de repercusión que sacude nuestra región de W. a E.: Los repobladores de Andalucía Occidental proceden en su mayor parte de Castilla, pero los de Andalucía Oriental tienen mayoritariamente su origen en Andalucía Occidental y Murcia (estos últimos centrados, una vez más, en el extremo oriental). Siguiendo en la Penibética, estas migraciones respondieron a dos modelos: uno de familias nucleares aisladas y otro de grupos numerosos procedentes de un sólo pueblo que intentan constituir un conjunto homogéneo en el lugar de llegada.

                 Sin embargo, no podemos olvidar que muchas de las grandes y medianas propiedades permanecieron improductivas durante muchos años debido a la inexistencia de mano de obra servil, al absentismo derivado del hecho de que los beneficiarios -miembros de la nobleza castellana-leonesa- tenían sus intereses económicos fuera de Andalucía y, por último, a la escasa demanda interior de productos agrícolas, en consonancia con la debilidad del poblamiento de la región.

                 En este caso, ¿Por qué los estamentos superiores no dejan de emplear sus ganancias en esta, por otra parte, barata adquisición?. Siguiendo una vez más a GONZÁLEZ JIMÉNEZ, la respuesta está en la mentalidad económica de los mismos, que veían en las propiedades territoriales una inversión económica de los mismos, que veía en las propiedades territoriales una inversión económicamente segura y socialmente prestigiosa a través de la aplicación del mayorazgo, y, en otro sentido, una forma de congraciarse con el estamento eclesiástico mediante de creación y/o dotación de monasterios destinados a "cobijar los excedentes femeninos del linaje". Lógicamente, el proceso inflacionario del s. XVI acentuará esta valoración. 

                Las relaciones entre latifundio y minifundio variarán a lo largo de esta primera etapa, ya que al socaire de la progresiva recuperación demográfica, frente al problemático mantenimiento de la pequeña propiedad generada directamente por los repartimentos va surgiendo un nuevo minifundismo basado en múltiples procesos:(6)

                 - La fragmentación por herencias.

                 - La enfiteusis.

                 - Los contratos de complantíos, sistema asociados a la promoción de la plantación de viñedos y olivares, por el cual el campesino alcanzaba la propiedad de la mitad de las tierras, que cedidas por un noble o por un monasterio, pusiera en explotación con su labor.

                 - Las parcelas dedicadas a viñedo, olivar o regadío que constituían complementos ya para los no agricultores (artesanos, rentistas), ya para los jornaleros o aparceros que conseguían lo fundamental de su sustento en otras explotaciones mayores. Su destino era casi siempre el autoabastecimiento.

                 En este sentido, González, refiriéndose especialmente al caso de las citadas colonizaciones auspiciadas por nobleza, Iglesia y órdenes militares, habla de "la aparición "ex novo" de una propiedad minifundista de carácter funcional, favorecida por los propios señores para asentar en las proximidades de su fincas una mano de obra abundante" (4), engrosada por la insuficiencia cada vez más manifiesta de las pequeñas propiedades repartidas.

                 Igualmente, el peso del latifundio variará en relación con las características del medio físico, observándose desde el principio su dependencia de las zonas mejor dotadas físicamente (esto es, las campiñas) que facilitaban su funcionamiento productivo. Sólo en punto como el Aljarafe, donde el cultivo del olivar introduce un factor de distorsión, convivían grandes, medianas y pequeñas propiedades sobre un medio agronómicamente valioso.

                 Todas estas circunstancias explicarían el incumplimiento de las intenciones de los monarcas de "crear en la región un numeroso y coherente grupo que garantizasen eficazmente la repoblación original las grandes propiedades no representan más que el 12,4% de la superficie repartida, mientras que para f. del s. XVI, nobleza e Iglesia controlaban aprox. el 49% de la tierra cultivada.

                El avance de la señorialización que se observa entre los siglos XIII y XVI está ligada a este avance de la gran propiedad, ya que la relación entre esta última y los señoríos es biyectiva: en ocasiones, la posesión de la tierra es la excusa para redondear el poder que ésta conlleva solicitando su jurisdicción señorial, mientras que, en otras, el ejercicio ilícito de ese poder señorial canalizado a través de las oligarquías concejiles, permite a su titular acceder al usufructo, y, más tarde, consolidado por una práctica consuetudinaria, posesión de tierras concejiles o del común. La evolución de este proceso de señorialización también se estructura en varias fases. Comenzando con Andalucía Occidental., éstas serían:

                 1. Creación de señoríos de frontera concedidos a las órdenes militares (sobre todo en Jaén y Córdoba), la Iglesia  (Adelantamiento de Cazorla) y, en zonas seguras (Campiña) a los parientes del rey.

                 2. Desarrollo de señoríos laicos ligados a algunos linajes  (como el de los Pérez de Guzmán). El alcance de este desarrollo fue tan que, entre los reinados de Sancho IV y Alfonso XI los territorios bajo señorío pasaron de ocupar el 27% de la superficie andaluza al 36%. Este desarrollo se relaciona con una alternativa al fracaso de la repoblación oficial, intentando con ello potenciar la colonización interior, empresa en la que, como se ha visto, triunfaron. 

                3. (1350-1474). Crecimiento acelerado del proceso de señorialización bajo los efectos de la política de los Transtamara que aboca en la formación de extensos bloques territoriales señorializados, de los que resulta prototípico el de los Medina-Sidonia que alcanzaba desde Huelva hasta Gibraltar. Así, con Enrique IV, el 49% de la superficie de Andalucía Bética se corresponde con tierras señoriales.

                 4. A lo largo del s. XVI los apuros hacendísticos de los Austrias llevarán a la Corona a poner en venta parte de las tierras comunales de los concejos, así como -previa autorización papal- parte de los patrimonios entregados a la Iglesia. Al tener lugar en pleno proceso inflacionario, estas tierras engrosarán una vez más las posesiones nobiliarias. 

                En el caso de Andalucía Oriental las premisas son las mismas: desigualdad originaria de los repartimientos acentuada por la crisis post-repoblación y organización a través de los concejos. Pero había dos obstáculos que se oponía drásticamente a la implantación del nuevo sistema productivo: las características del medio físico y la más prolongada permanencia del elemento mudéjar. Ambos incidirán en dos aspectos: la escasez de tierra repartible de cara la establecimiento del sistema de Openfield

-que repercutirá en el menor tamaño de los lotes repartidos y, en relación con ello, la limitación de la presencia de la gran propiedad. En lo que se refiere al primer aspecto, de la comparación de los datos aportados por GONZÁLEZ JIMÉNEZ Y LÓPEZ DE COCA (3,4) se deduce como si mientras en Sevilla el grupo social inferior recibe de 32 a 96 Ha., en Coín el grupo social superior recibe 43 y el menor 6,8. Este hecho se acentúan en lo que respecto a los donadíos y mercedes, contrastando las 9.000 fanegas a éstas reservadas en Guadix con las 50.000 que absorbieron en las tierras más aptas para el cultivo cerealista: las depresiones litorales, en sus sectores más elevados y secos; los flysch del Campo de Gibraltar y de Colmenar u el Surco Intrabético. En la montaña persistirá el policultivo arbóreo de secano y se mantendrán con mayor o menor éxito (al menos el Catastro de Ensenada da una imagen muy semejante a la que debió presentar el paisaje nazarita) al quedar ambos elementos consagrados por el tipo de repartimientos determinado por los Apeos. En efecto, éste se basaba en el desmenuzamiento parcelario y en la existencia de cultivos complementarios ligados al sistema de propiedad y de producción de los moriscos.

                 Por otra parte, la expansión de las tierras cerealistas estará amenazada por la escasez de terrenos dedicables a pastos, indispensables para asegurar la labranza de las primeras. En consecuencia, el déficit de cereales será endémico para Andalucía Oriental.

                 Así pues, el fenómeno de concentración de la propiedad afectará a las zonas llanas, mientras que la montaña extenderá su minifundismo a través de las rorutaciones alentadas por el estímulo que los Reyes Católicos proporcionan al mantenimiento de las producciones destinadas a la exportación. 

                Como se ha podido comprobar, la relación entre tipo de propiedad, tipo de medio físico y tipo de cultivo está clara y es comprensible si se compara el mayor número de labores que requiere la vid con respecto al cereal. Cabe así plantear, a continuación el tipo de transformación de los paisajes agrarios que tuvo lugar en cada uno de los sectores andaluces. En efecto, al nueva organización del hábitat y de la apropiación de los medios de producción están más acorde con los sistemas de cultivo a ellos inherentes. Esta concordancia está determinada por el tipo de organización productiva de los concejos, que reproduce lo que G. Bertrand considera como esquemas normales de tierras de antigua ocupación humana:(4)

                 - Espacios sometidos a cultivos intensos y prácticas ininterrumpidas, situados en los alrededores de los núcleos de población (ruedos con huertos, cultivos forrejeros, vides y olivares en "coltura promiscua", y tras éstos, los openfield de cereal).

                 - Espacios seminaturales: bosques y zonas de monte bajo, en avance desde mediados del s. XIII y roturados en el s.XIV.

 

                - Espacios intermedios sometidos a fase alternantes, de duración más o menos prolongada, de explotación y abandono, constituidos por tierras pobres, trabajadas ocasionalmente y utilizadas casi siempre como zonas de pastos.

                 Las transformaciones del paisaje agrario musulmán que llevaba a parejada la implantación de este sistema fueron más drásticas en Andalucía Occid. que en Andalucía Oriental. Si en la Bética el primer cambio importante fue la expansión del "saltus" por descenso de la presión demográfica, en el "ager" las características agronómicas facilitaron la implantación de una agricultura de base cerealista, reduciéndose los cultivos hortícolas a los ruedos y los de tipo industrial a enclaves como Écija (lino, cáñamo, algodón) o Jaén (seda) y desapareciendo algunos tan arraigados como el cártamo, caña de azúcar o arroz. 

                Expandido por toda la Campiña (desde la zona de Huelva hasta la Loma de Jaén), Andalucía se convierte en la gran productora peninsular de trigo, exportando su riqueza al siempre deficitario Rº de Granada así como a otras regiones escasas en cereal. La extensión de éste lleva aparejada la de la ganadería en dos sentidos; la ovina, para recuperación de la fertilidad mediante el barbecho y la de labor (bovina y esquina) imprescindible para las tareas agrícolas.

                 Si en la primera fase, de escasez demográfica, la ampliación de los espacios seminaturales asegura el mantenimiento de ambas ganaderías, la posterior recuperación demográfica y roturaciones consiguientes no plantea conflictos, porque, previamente se había organizado el aprovechamiento de los pastos que no interfiriese con los intereses agrícolas. Esta organización se basaba en:

                 - La conexión entre agricultura y ganadería mediante el aprovechamiento de las rastrojeras.

                - Los convenios entre concejos colindantes para regular el uso de los pastos a escala comarcal, basándose, las más de las veces, en la complementariedad valle/montaña, ya corresponda ésta última a Sª Morena o al Subbético.

                 En cualquier caso, estamos lejos de la dicotomía entre "yuz" e "iqlim", hecho significativo de una de los principales elementos de ruptura respecto al sistema anterior de aprovechamiento: la diferenciación de poblamiento acorde con la de aprovechamiento, sustituida por la asociación sobre un mismo espacio y en una misma explotación de agricultura y ganadería, en relación con la diversidad de las técnicas agrícolas para la recuperación de la fertilidad del suelo.

                 De esta forma, y a pesar del déficit de información cuantitativa, se sabe que desde la conquista, la ganadería fue uno de los pilares de la economía de la Andalucía Bética. A pesar de que en un primer momento se valora la posibilidad de prolongación hasta Andalucía de las cañadas mesteñas de Cuenca y Segovia, lo cierto es que la pronta formación de las citadas metas comarcales frenará la actuación de la gran organización ganadera castellana. La oveja merina era la principal protagonista de esta ganadería, teniendo, según R.S. López origen andaluz, al ser resultado del crece de ovejas norteafricanas y peninsulares, como consecuencia de la colaboración entre ganaderos andaluces. y comerciantes genoveses que convencieron a los primeros del interés económico del experimento. Así, desde comienzos del s.XIV la laza and. sustituirá, por su calidad y menor precio, a la inglesa en los telares ligures. Desde el punto de vista espacial, Sª Morena aparece como una de las principales áreas ganaderas, (5).

                 Una tercera innovación en el paisaje del Guadalquivir es la difusión del viñedo destinado al autoaprovisionamiento originalmente. Aunque al principio se importan caldos de Castilla, rápidamente los municipios and. adoptan una política proteccionista.

                 Por último, el olivar sigue disperso por toda la Campiña, pero manteniendo su especial concentración en el Aljarafe. Si, como decíamos, la vid está claramente asociado a la pequeña propiedad, el olivo aparece bajo dos tipos de explotación: la gran propiedad que incluye su transformación en aceite o jabón, y la pequeña propiedad, que depende de almazaras particulares. 

                Como restos del paisaje musulmán perduran los frutos secos para exportación (en Huelva, Aznalcázar, Lepe, Jaén y Constantina); la introducción (no muy frecuente) de leguminosas en las rotaciones (garbanzos, lentejas, altramuces y arvejas) y los policultivos hortícolas de los ruedos destinados al abastecimiento de las ciudades.

                 Por último, se mantienen la explotación de las reservas madereras de la Sª de Segura, como siempre demandas por el Guadalquivir, ahora encomendadas a la Orden de Santiago. El férreo control ejercido por ésta se traduce en la falta de tierras cerealistas en al comarca y consiguiente empobrecimiento de la población allí residente, jornaleras que han de dedicarse a la elaboración de rústicos utensilios de madera. 

                A lo largo del s.XV y paralelamente a la referida recuperación demográfica, se constata la expansión de la tierra cultivada, siendo ésta y el progresivo perfilado de la especialización comarcal de los cultivos, los cambios fundamentales aportados por la centuria. Si el cereal es el principal cultivo protagonista de la expansión, (a f. del siglo Andalucía es la principal proveedora de trigo a las expediciones americanas, aún a costa del desabastecimiento regional en épocas de carestía -lo que se explica por la concentración de sus control en manos de la oligarquía), también se comprueba como esta expansión no afecta a zonas ya consagradas a otros cultivos, casi siempre también relacionados con la exportación. Así, el amplio estado de los Medina -Sidonia se consagra a la madera y a la vid, aunque ésta última supera sus límites para trepar por el Bajo Guadalquivir: Sanlúcar, Pto. de Sta. Mª, Jerez y el Aljarafe. El olivar sigue teniendo en el Aljarafe su principal núcleo de concentración, con manchas discontínuas en puntos de las campiñas cordobesa y jienense. El regadío mantiene sus características marginales, mientras que la ganadería, en auge, registra un aumento del ganado bovino (destinado a alimentación) y el mantenimiento del ovino orientado hacia la exportación. Las principales zonas ganaderas siguen siendo las serranas: Sª Morena (especialmente en sus sectores sevillano y de los Pedroches); el Subbético sevillano; el contacto Sª Morena-Penibética y las amplias rastrojeras de la Loma de Úbeda.

                 En el s.XVI estas características se ven confirmadas. En el caso del cereal, a pesar de que el proceso roturador continúa, parece conocer el límite de su expansión, según Bernal, (7) debido a los intereses de la oligarquía por mantener su producción muy ajustada a las necesidades de la demanda, ello con fines claramente especulativos. Destaca en este sentido la funcionalidad del amplio glacis onubense, que constituía un área de reserva cuya dedicación o no a la producción triguera venía dada por la coyuntura, lo que se explica si recordamos que sus propietarios no estabán radicados en estas tierras. 

                Pero junto a esta circunstancia, no hay que olvidar que las roturaciones ya están empezando a afectar a tierras de aptitud agronómica marginal, con lo consiguientes rendimientos decrecientes, lo que, unido a la ausencia de innovaciones técnicas, está sentando las bases de la crisis que se desatará en el s.XVII.

                 Pasando al viñedo, su expansión es, para Bernal, uno de los signos más representativos de las transformaciones capitalistas que afectan a la agricultura and. en el s.XVI, al responder a las necesidades del comercio americano. A éste se canalizan las producciones de los que consolidados núcleos especializados: Jerez, Aljarafe, Montilla, Lucena y el Condado de Huelva. El vino generaba una alta tasa de beneficio para los cosecheros y comerciantes, ya que el precio era doble entre el lugar de producción y el de venta, sin que este encarecimiento respondiera a fletes o riegos.

                 Distinto es el caso del olivar, con proporción destinada a comercialización muy inferior, y ésta, fundamentalmente, a través del jabón, monopolio de los Medinaceli, y cuya almunia sevillana constituía una de los centros fabriles más importantes de la capital hispalense. Se entiende así que el olivar fuera un cultivo marginal desde el punto de vista de su laboreo: su expansión se produjo a partir de los acebuches, no gozaba de labores específicas y el ganado entraba en él, con el consiguiente perjuicio.

                 Finalmente, la ganadería lanar mantiene su importancia y aparecen dos de los focos ganaderos más característicos de Andalucía: la cría caballar (en el triángulo Jerez-Arcos-Morón) y los primeros precedentes de las ganaderías bravas.

                 Encontramos así las bases del paisaje and. que se mantendrán, sin a penas modificaciones, hasta los años Sesenta de la presente centuria, una vez barridas las huellas del paisaje musulmán.

                 Sin embargo, Andalucía Oriental recibió el s.XVII casi con el mismo paisaje con que lo habían dejado los moriscos un cuarto de siglo antes. La implantación del opendield sólo afectó a los terrenos llanos, y no a todos , ya que, p. ej., en los sectores más deprimidos de las vegas litorales se mantuvo la caña de azúcar. Comenzando por esta última, es de destacar como ya entonces aparece el sistema que liga la producción a los ingenios a través de las compras de las cosechas por adelantado (un sistema de trata que se extenderá a la vid) y, más adelante, al controlar aquellos la propiedad de la tierra, a la que parcelan para arrendarla a los campesinos.

                 Por lo demás, se asiste a una difusión espacial de los elementos del paisaje nazarita: extensión de la vid, de la sericicultura, mientras que la ganadería-sólo importante en Roma y en las planicies de Huéscar-mantiene su transhumancia de corto radio entre las zonas consagradas por la práctica musulmana.

                 En síntesis, los planteamientos de la repoblación a penas si se habían cumplido en Andalucía Occid., pero, como veremos a continuación, la inyección de dinamismo proporcionado por el Descubrimiento de América contribuyó a convertir a la Andalucía Bética en la región económicamente más dinámica de España, primacía que mantendrá hasta mediados del s.XIX, mientras que Andalucía Oriental, con un menor nivel de incumplimiento, se debate en los momentos de esplendor del Siglo de Oro sevillano, por salir del marasmo que sigue a la marcha de los moriscos. Sin embargo, la mayor duración de la convivencia de estos últimos con los nuevos ocupantes, contribuyó a amortiguar el impacto que tan negativo fue para Andalucía Occid.. Mas, como resultado del cambio aparecen las discontinuidades de la poblamiento (abandono de los sierras orientales almerienses, excesiva concentración de la población en los núcleos urbanos de la Campiña, umbrales de los antiguos espacios fronterizos) y, sobre todo en la Andalucía Bética, la extensificación de los sistemas de cultivo y la concentración de control de los medios de producción. Si, como decíamos, el suge económico del s.XVI esconde los nefastos efectos de estas dos últimas circunstancias, la crisis del XVII las expondrá en toda su crudeza. A continuación observaremos el alcance de este auge a través de las actividades secundarias y terciarias.

 

                3.a.2.c. Comercio y transformación: una relación insuficiente, una riqueza efímera.

                 "Si en el s. XVI hubo una ciudad, no ya sólo and. o española, sino incluso europea, que gozó de todos los pronunciamientos a su favor para convertirse en un centro industrial de primer orden, indudablemente esa fue Sevilla... y (sin embargo) aquí no cuajó esa gran industria que cabía esperar" (8). En su desarrollo exponemos como las características del comercio y del artesanado, basados en la red urbana y en el monopolio americano, no se tradujeron en un aumento del peso económico de las actividades industriales en Andalucía Occid., con la, cronológicamente breve, excepción del Rº de Jaén, además de intentar esbozar las causas de la conexión entre el comercio  americano y su localización en Sevilla. 

                En lo que respecta a Andalucía Oriental, destaca el continuismo de su talante exportador (totalmente exterior al circuito sevillano) así como la ausencia de una transmisión de esta actividad comercial al campo de la industria/artesanado.

                 Paralelamente a la atonía demográfica y agraria, hasta f. del s.XIV no se observa una recuperación clara de la actividad comercial: la frontera con el Rº de Granada se ha estabilizado y el fin de la guerra del Estrecho permite a los puertos subocidentales reemprender su labor. Eso sí, las ciudades han perdido, en términos relativos, buena parte de su función transformadora debido a su nueva función de concentradora de la población agraria.

                 Tanto el artesanado como el comercio permiten establecer una jerarquización de las ciudades en función del ámbito de venta de sus productos y del marco de referencia de su comercio. Aparecen así centros de venta y producción destinados únicamente a su ámbito comarcal (Niebla, Carmona) a veces convertidos en cabeza de estados señoriales (Marchena). Centros cuya principal función son los intercambios comerciales (Cádiz, Jerez) y manufacturera a escala extraregional, a la que algunos núcleos suman la función gubernativa (Sanlúcar de Barrameda, Pto. de Sta. Mª, Ayamonte). Centros subrregionales con funciones de centralidad política y administrativa laica y eclesiástica, dotados de extensas áreas de influencia (Córdoba y Jaén) y, sobre todos ellos, un centro político nacional (Sevilla, particularmente con Pedro I) y económico internacional.

                 Las manufacturas se estructuran así en tres niveles: el de abastecimiento a la población rural, difundido entre todas las cabeceras de concejos; el de abastecimiento extracomarcal, observándose una concentración espacial (Sevilla, Córdoba, Jaén, Úbeda y Baeza) y sectorial (todos ellos destacan en las actividades textiles); y, por último, el de los grandes establecimientos fabriles sevillanos, casi siempre correspondiente a monopolios estatales: almunia, casa de la moneda y atarazanas.

                 Para el s.XV se comprueba la consolidación del sector textil, (Córdoba, Úbeda y Baeza) en expansión debido tanto a las mejoras técnicas (se observa a través de los censos una creciente diversificación y  especialización de las tareas) y comerciales, como al aumento cuantitativo y cualitativo de la demanda, paralelo a la recuperación demográfica y comenzaba. Merece la pena detenerse en el caso jienense, por tratarse de un ejemplo de industria surgido en estrecha relación con su medio (9). 

                Se basaba en la abundancia de materias primas, (lana y cuero de los abundantes rebaños de sus sierras y rastrojeras), complementada por la extensión de cultivos industriales a costa del omnipresente cereal (pastel para teñir; zumaque para curtir; seda, lino, cáñamo, completando la gama de tejidos; y, por último, esparto) y contando con su tradicional condición de encrucijada de caminos.

                 Igualmente, difunde sus tareas por varios ámbitos complementarios: las primeras operaciones de preparación de la lana y la hiladura y el tejido de algunos tipos de paños se efectuaba en casos particulares, casi siempre ubicados en la periferia rural de la ciudad; en el campo, por su necesidad de energía hidráulica, se establecían los batanes y, por último, en la ciudad se llevaban a cabo las tareas de terminación y de algunos tipos de teñidos. Sus productos llegan a las ferias Medina del Campo, desde donde se reexpedían a Portugal y Galicia.

                 Sin embargo, fuera del ámbito jiennense, plenamente consolidado a lo largo del s.XVI, las industrias textiles and. no se dedican a la exportación. Sirva como ejemplo el caso de Córdoba y Sevilla, con producciones definidas por su carácter santuario (tafetanes, terciopelos, pasamanerías de oro) destinados en consecuencia a un mercado muy reducido que no sobrepasaba el ámbito de las oligarquías locales.

                 Paralelamente, se mantienen en Sevilla los mismos grandes monopolios (la Casa de la Moneda alcanza en el s.XVI los 300 operarios) establecidos en el s.XIV.

                 Se entiende así que el artesanado presente un escaso peso en las estructuras económicas de la región, y, en la raíz de ello puede estar, entre otros factores, el anquilosamiento que ejerce la estructura gremial, sobre todo en casos como el jiennense, donde su dinamismo se ve frenado por la actitud de los gremios, particularmente a través de la prohibición de que los maestros formen compañías con socios capitalistas, a lo que hay que unir el hecho de que el enriquecimiento a través de las actividades artesanales no permita la promoción social, cosa que si favorecía la propiedad de la tierra.

                 Manteniendo la tónica observada durante el reino nazarita, el artesanado en Andalucía Oriental también va a presentar esta atonía, siendo el hilado de la seda (difundido por el ámbito rural con centro de elaboración final en Granada) y el de la lana  (más concentrado espacialmente, al radicar en Huéscar, colector de la ganadería lanar de las montañas prebéticas y de las subbéticas de los Vélez) las únicas ramas que contaban con hinterlands de límites superiores al estrictamente comarcal.

                 Frente a este estancamiento del artesanado, el comercio conoce a lo largo de estas tres centurias una expansión de tan grandes proporciones que acaban convirtiendo a Sevilla en la primera ciudad de Europa y e uno de los centros comerciales más importantes del planeta. El análisis de este proceso se puede centrar entre aspectos: el de las características globales del comercio de la Andalucía Occidental; otro el de los factores que contribuyen a hacer de Sevilla la sede del monopolio con América, y el tercero la participación de Andalucía Oriental en este proceso. 

                En lo que se refiere a las características del comercio bético, el paso a manos cristiana en el s.XIII supone ante todo para esta subregión la reorientación de sus exportaciones (fundamentalmente productos agrarios y ametrias primas vegetales) hacia un nuevo ámbito geográfico: el cristiano peninsular y el europeo, esto es, la sustitución del eje mediterráneo (con el que, sin embargo, sigue conectada a través de los puertos subbéticos que le llevan al Rº de Granada) y por las rutas atlánticas.  

                Análogamente a lo observado para Andalucía Oriental, las actividades comerciales de la Occidental se estructura en tres niveles: los intercambios comarcales, centralizados en las ciudades; los intrarregionales, que se apoyan en la red de caminos consolidada por los musulmanes y que se basan en la distribución hacia el interior de los productos importados centralizados en los puertos (de donde la importancia del Guadalquivir como fácil vía de penetración ) así como en el intercambio de telas y cerámicas; los interregionales, tanto con el Rº de Granada, ya mencionados, como con el bandolerismo (golfines), tomando la primacía la jiennense y, particularmente, la de Ubeda; y, finalmente los internacionales.

                 Es en este ámbito de los internacionales donde aparece otro punto de concomitancia con Andalucía Oriental: como decíamos, son materias primas las que se exportan y productos elaborados los que se importan. Si en esta época del s.XIII ello si recordamos las características del hinterland (un territorio despoblado y de economía abrumadoramente agraria), quizás, como apunta GARCÍA BAQUERO, fuera éste uno de los factores que pesaran a la hora de limitar la unción de Andalucía Occid. en las relaciones económicas con América, ya que este carácter, como se deduce de los anteriormente apuntado sobre el artesanado, se mantendrá hasta la disolución del imperio colonial español.

                 En los s.XIII-XIV los puertos más importantes son Sevilla y los situados en la margen oriental de la embocadura del Guadalquivir: Pto. de Sta. Mª, Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, y, como dijimos, la Corona favorece el establecimiento de colonias específicas de comerciantes no castellanos (italianos, franceses, catalanes, mallorquines) en los que cifra la realización del tráfico comercial. El intercambio se basaba en la exportación de aceite, vino, cera, miel, cueros, frutos secos, cereales, leguminosas, lana, algunos minerales (hierro de Constantina y plomo) y materias colorantes (grana y pastel), y en la importanción de pescado de Levante y del Algarbe y de oro, cueros, paños y esclavos del N. de Africa.

                El s.XV abre el período de clara expansión comercial que culmina en el control monopolístico del comercio americano. A ello contribuyeron varios factores:

                 - La introducción de mejoras técnicas que consolida las nuevas rutas atlánticas hacia las islas sudatlánticas, en detrimento de las mediterráneas, (aspecto en el que la conquista de Canarias marca un hito fundamental) se traduce en la conversión de Sevilla en punto crucial en las rutas marítimas que unen los grandes polos comerciales de la época: el N.W. de Europa y el S.W. de Africa, y a éste último con el Mediterráneo.

                 Es así como Málaga y Sevilla confluyen en su función comercial: centros de redistribución de productor de gran demanda hacia los mercados peninsulares y europeos. Pero en el caso de Sevilla, la existencia de la vías del Guadalquivir favorece la salida por su puerto de los productos del Rº de Castilla.

                 La oligarquía se introduce en muchas facetas de esta lucrativa actividad: son los productores de los artículos de exportación; los fletadores de sus barcos; agentes de importantes compañías mercantiles extranjeras o socios capitalistas de las mismas. Las bases de este comercio eran múltiples, aunque manteniéndose en la tónica de la centuria anterior. Así, exportaba el trigo y la lana extremeños, pero también recibía este cereal del N. de Europa a través de los mercaderes bretones. También daba salida al mercurio de Almadén y a los colorantes traídos de Canarias. Del propio ámbito regional salía el vino; el aceite, intercambiado con los ingleses por sus paños; la lana y los cueros, estos últimos procedentes del N. de Africa y comprados por los italianos; el pescado, provisto por el amplio estados señorial de los Medina-Sidonia y que incluía las almadrabas, pero también adquirido a los pescadores cántabras que además acudían al puerto sevillano con hierro y madera. 

                La localización de esta actividad ofrece una nueva jeraquización de la red urbana: Sevilla es el punto centralizados del comercio exterior, incluyendo sus vertientes financiera y aseguradora, mientras que Sanlúcar de Barrameda y Cádiz son centros puramente portuarios y de reexpedición. Pto. de Sta. Mª, Palos, Huelva, Lepe y Rota se especializan en el cabotaje con el N. de África y los principales centros de enlace con el interior son Jerez (especializada en el suministro vitícola) y Córdoba (comercio lanero).

                 En consecuencia, las ciudades and. se alinean en dos tipos fundamentales: uno el de los centros del interior, de corte rural, menos diversificados ocupacionalmente y otro el de los centros comerciales costeros, con mayores posibilidades de movilidad social y con una más acusada variación ocupacional.

                 Lógicamente, la concesión del monopolio del comercio americano en 1493 supone la confirmación de esta primacía, pero también, como afirma GARCÍA BAQUERO, encuentra su justificación en la misma. A la vez, siguiendo a este autor, el mantenimiento de los tipos de intercambio explica el ya citado hecho de que el desarrollo comercial no llevara aparejado la expansión de la transformación industrial: Andalucía seguirá exportando materias primas o productos a su vez importados de otros puntos (fundamentalmente norteeuropeos e italianos) e importando otros, entre los que los metales y piedras preciosas tienen un destacadísimo lugar, que, si inciden en algo, es en concentrar en nuestra tierra los máximos efectos inflacionarios, señalados paradigmásticamente por Hamilton. De ahí que la concesión del monopolio se traduzca en una intensificación paralela del comercio con Europa (tanto para la reexpedición como para satisfacer la alta demanda de la opulenta aristocracia andaluza) y en el declive del norteafricano, al ser sustituido el Magreb por la costa occidental africana y sus remesas de oro y esclavos. 

                Merece la pena detenerse en los mecanismos que pusieron en marcha este proceso inflacionario (8). Por una parte, las peculiaridades del mercado condujeron a un exceso de protagonismo del crédito y a una desenfrenada demanda de mercancías que abocaron en una desaforada carrera de precios sobre la que no podía ejercerse el más mímino control. Por otra parte, el oro y la plata no tuvieron nunca para sus efectos inflacionistas el freno de una reinversión productiva, ya que se utilizaron exclusivamente como pago de mercancías o servicios que radicaban en zonas extrarregionales.

                 Enlaza pues en este punto el análisis del comercio con la ya observado de los estructuras productivas. Si en algo incidió en la economía and. La radicación del monopolio americano en Sevilla fue en el sector agrario, y ello en dos dimensiones: una, orientado la producción hacia la exportación; otra, enlazada con la anterior y con el citoproceso infracionario, grabando en la mentalidad de la oligarquía una concepción de las inversiones inmobiliarias como las más seguras. 

                Además de esta poco deseable herencia hay otra extensible al conjunto de la sociedad: su estructuración con caracteres precozmente tercermundistas: hipertrofia del sector terciario y macrocefalia urbana. En lo que se refiere al primer aspecto, los análisis de los censos evidencia como en Carmona, p. ej., el 22,8% de la población activa se encuadra en el sector servicios, frente al 11% dedicado al artesanado. En lo que respecta al segundo, Sevilla se convierte en una "ciudad-monstruo", y, con ello, en centro de reunión de marginales, en lugar de contraste de esplendor y miseria, en un conjunto de características que aún hoy estigmatizan a las grandes ciudades and. (Sevilla, Málaga).

 

                De esta forma, la "fiebre del oro" del Renacimiento sevillano dará paso, en la centuria siguiente a la dramática caricatura de la España de los Austrias. Sin embargo, al otro lado del Estrecho, Andalucía Oriental a penas si contemplaba, desde su violenta transición a la consolidación de la ocupación cristiana, el esplendor sevillano.

 

                Los circuitos comerciales de la Penibética se mantienen basados en los mismos productos y con la intervención de los genoveses, aunque constatándose una creciente participación de flamencos, ingleses e italianos no ligures. También el puerto de Málaga persiste como catalizador de estos intercambios, conservando su condición de recolector de los productos del sector más oriental de la Bética (Ecija, Córdoba, Baeza) y, por ello, más alejados del complejo portuario Sevilla-Córdoba, a través del eje Córdoba-Antequera (ciudad esta última que conoce así en esta época un fuerte crecimiento demográfico) Málaga. Los

puertos más orientales (Almería, Vera) conocen, por el contrario, una fase de atonía, afectados por la competencia del puerto de Cartagena, que, a título de ejemplo, daba salida a la lana de Huéscar.

 

                Podemos dar ya una respuesta, al menos provisional, a la pregunta que iniciaba este epígrafe. Si se habla de fracaso de los planteamientos que guiaron la repoblación de Andalucía, para f. del s.XVI este fracaso ha de concretarse a la dimensión social de los mismos, y de ello puede ser indicativa la ya aludida polarización de la sociedad andaluza entre un mínimo de propietarios con grandes extensiones y un máximo de desposeídos o de titulares de explotaciones claramente insuficiente, estructura que en Andalucía Oriental se atenúa por la menor extensión que alcanzan los dominios del primer grupo.

 

                El claro fracaso del proyecto de convivencia afecta a instancias demográficas, llamadas a solventarse por la vía de inmigraciones a medio y largo radio. Pero la inyección del descubrimiento, la riqueza de los recursos agranómicos de Andalucía Occid. contribuyen sin duda a enmascarar este fracaso social con el esplendor económico que el intenso comercio impregna a toda la sociedad bajoandaluza. Así pues habrá que esperar a que sus efectos languidezcan para, al cabo de los siglos comprobar, como Bernal sintetiza, como Andalucía pasa de la tierra más próspera del estado a la "región-problema" de la España de la Restauración, "sambenito" que, lamentablemente, perdura hasta nuestros días, en los que el término problema se sustituye por el de subdesarrollo.

 

                Pero antes de que esto ocurra y tras la crisis del s.XVII, Andalucía mantendrá, animada por la inercia de sus favorables pronunciamientos comerciales y de recursos, su hegemonía en el contexto socioeconómico español, aunque ya compartido con Andalucía Oriental, que, manteniendo en el núcleo del puerto de Málaga la continuidad de sus actividad comercial, verá como éste se convierte en el animador de un hinterland en expansión, que comienza ceñido a su estricto traspaís para acabar controlando en el s.XIX toda la fachada litoral de las Unidades Internas. La diferente caracterización de las estructuras productivas le permitirá capeas el temporal de la crisis del XVII con más éxito que a la vecina Andalucía Occid. y ello constituye uno de los aspectos fundamentales del epígrafe siguiente. 

                3.a.3. Crisis, consolidación, expansión y crisis. Una Andalucía próspera con los pies de barro.

                 Si en el epígrafe anterior el decalage de al conquista impone el tratamiento separado de Andalucía Occid. y Andalucía Oriental, en este período van a ser distintos los comportamientos de ambas a casi todos los niveles, lo que aconseja el mantenimiento de esta separación. Uno de los más claros exponentes de este hecho es el distinto alcance que la crisis del XVII va a tener en los  distintos ámbitos, siendo éste el primer aspecto que intentaremos precisar. Relacionado con este hecho, pero también con las características productivas de ambos subconjuntos andaluces, están las bases sobre las que cada uno de éstos fija la recuperación económica de los s.XVIII y XIX, tema que completa el presente epígrafe.

                 3.a.3.a. La crisis del XVII: causas e impactos diferenciales.

                 En opinión de BERNAL (10) hay que matizar la consideración generalizada de que la crisis del XVII tuvo unas características homogéneas para toda la región. Ante todo hay que recordar los términos de esta crisis.

 

                Estos se inscriben en la global que afecta a Europa, con manifestaciones de tipo demográfico (epidemias de peste) y en la quiebra económica del estado de los Austrias (depresión económica) y que tendrían lógicamente en Sevilla (por su condición de capital económica y de concentradora de una abundante población marginal especialmente sensible a las crisis epidémicas) uno de sus lugares de mayor incidencia.

 

                Y es aquí donde cabe introducir la principal matización: no se puede hacer extensivo el comportamiento de la capital al conjunto de los reinos andaluces ni al conjunto de la centuria, y ello tanto en lo que se refiere a causas como a consecuencias de crisis.

 

                En una primera aproximación podemos trazar la zonificación de la crisis, e.d., distinguir entre zonas afectadas y no afectadas. Entre las primeras se situarían Sevilla, Jaén y Córdoba, por este orden y entre las segundas el área gaditana, las ciudades rurales de la Campiña sevillana, el sector onubense y la mayor parte del Rº de Granada.

 

                1. La crisis sevillana. Su apófisis cordobesa.

 

                El estudio de la misma ha sido abordado desde dos hipótesis. Una tradicional de Chaunu que la cifra en la cifra en la incidencia del descenso de la demanda americana, en la decadencia poblacional y en la escasez de subsistencias derivada de una climatología adeversa. Otra, más reciente, que se basa en al precisión de la importancia real de las anteriores.

 

                Comenzando por aquellas más fáciles de precisar, no parece que la climatología fuera especialemente más adversa que en otros períodos, mientras que el comportamiento demográfico sí evidencia el impacto de dos fenómenos: uno, las mortandades debidas a las epidemias de peste, particularmente devastadoras, por las razones expuestas, en Sevilla; otro, la emigración que posiblemente seguiría al traslado de la capital del monopolio a Cádiz. Este impacto demográfico se concreta en una reducción de su población a 80-85.000 hab., no recuperando los 125-130.000 con que alcanza su cénit de f. del s.XVI hasta dos siglos y medio más tarde.

 

                Este aspecto apunta ya hacia una de las matizaciones expuestas: si hubo emigración a Cádiz, ello supone que lo que para Sevilla es crisis, para Cádiz es expansión.

 

                Pasando ya a la crisis del comercio con Indias, ésta tiene dos vertientes: una, la del citado traslado del centro institucional a Cádiz. Otra, el descenso real del volumen de intercambios. Si la primera responde a la competencia que se va estableciendo entre las colonias de comerciantes de ambas ciudades, de la que, por razones poco claras, sale vencedora Cádiz en 1640, el análisis de la segunda merce mayores aclaraciones.

 

                La primera de éstas se refiere a los indicativos de esta crisis, generalmente cifrados en el hecho de que, según la documentación analizada, para 1701-10 se ha perdido el 90% del tonelaje existente entre 1611-20, y que, según nuevas fuentes aún por confirmar, esta drástica reducción no indicaría más que la del tonelaje, frente al mantenimiento del valor añadido de las transacciones. En cualquier caso, no cabe duda que el tráfico colonial acusa todos los inconvenientes de la estructuración asignada al comercio colonial, tanto por parte de las instituciones (legislación restrictiva, lentitud burocrática, pérdida del poder militar naval español) como de los propios comerciantes (carácter rudimentario de la organización mercantil, traducida en una constante falta de capitales; falta de perspectivas de los comerciantes, al basar los beneficios en el control de la oferta) así como la evolución de las sociedades coloniales hacia una cierta autonomía económica, plasmada en la tendencia al autoabastecimiento, el aumento de la inversión de los capitales indianos en las propias economías regionales, etc..

 

                El problema está en dilucidar si existe una relación causal entre crisis demográfica y crisis del comercio con Indias, tanto más cuando hay una serie de indicativos que apuntan al desligamiento entre producciones andaluzas (eslabón fundamental entre ambos factores) y comercio con América.

 

                En efecto, el planteamiento lógico sería que la crisis del comercio americano se tradujo en un declive de la demanda y, por ende, en una merma de las rentas de la población, pero dado que,

 

                1. como dijimos, Andalucía Occid, no abastecía de productos manufacturados al comercio americano,

 

                2. el análisis de los precios del trigo apunta a que el aumento de los rendimientos de controlaba para con ello evitar la baja de los precios, de estas dos premisas se infiere que una contracción de la demanda no tendría que afectar muy intensamente a la producción bajoandaluza.

 

                Ahora bien, si la causalidad de la crisis de la ciudad de Sevilla no es extensible al conjunto de la Andalucía del Guadalquivir, hay un hecho en este sentido que apunta a la desarticulación de las áreas económicas polarizadas por Sevilla en el s.XVI, ya que Córdoba capital presente una evolución demográfica similar en sus cronología a la sevillana, mientras que Cádiz y Huelva aparecen, especialmente la primera, como áreas poco sensibles a la crisis. Si el auge de estas últimas es la contrapartida del declive sevillano, lamentablemente no podemos especificar los términos de esta concomitancia Córdoba-Sevilla.

 

                2.La crisis jiennense. El fin de la actividad textil. (11)

 

                El caso del Rº de Jaén es quizá un precedente de lo que más adelante afectará a otros ámbitos andaluces: el declive inexorable e irreversible de una actividad floreciente que lleva al empobrecimiento y a la despoblación.

 

                Si en el caso del sector agrario su evolución es paralela a la del resto de Andalucía Bética (despoblación por epidemias y concentración de la propiedad), con la diferencia de que el mayor equilibrio de la distribución de la propiedad en la Campiña del Santo Reino hará más drásticos los efectos de su evolución, lo que realmente marca la diferencia respecto al resto de la Andalucía Del Guadalquivir es el hundimiento de la artesanía textil, debido fundamentalmente tanto a la crisis de la demanda en relación con la caída demográfica, como, y ahí está la razón última de su carácter irreversible, el práctico exterminio de sus titulares debido a su condición de judeo-conversos.

 

                Es por ello por lo que la crisis afecta especialmente a la zona que concentraba esta actividad: las prósperas ciudades de La Loma (Andújar, Jaén, Ubeda, Baeza y que ven como algunos de sus barrios se despueblan por completo), junto con su hinterland campiñas por ser el más propenso a experimentar la concentración de la propiedad. Los pueblos del Subbético, por el contrario, mantienen una mayor vitalidad demográfica amparada en su pequeña propiedad y en la existencia de regadío, mientras que las no cultivables serranías prebéticas persisten en su escaso poblamiento. Se explica por todas estas razones que el Rº de Jaén sea el único ámbito and. que llegue a 1752 con menos población que en 1591.

 

                3. Las zonas sin crisis.

 

                Estas responden a tres modelos: el de las ciudades portuarias que incrementan su actividad comercial, caso de Cádiz, Pto. de Sta. Mª y, en mucha menor proporción, Huelva, y Málaga en el sector oriental. El de las ciudades agrarias que se convierten en centros comarcales animados por la residencia en ellas de los estamentos privilegiados, como ocurre en Ecija, Jerez, Osuna, Antequera, Lucena, Puente Genil y Medina-Sidoria, en una época que aún no conoce el absentismo. El tercero, el de las zonas que, por su baja densidad, admiten la colonización animada por la inmigración, como son numerosas comarcas de Andalucía Oriental y la de la región del Estrecho (Conil, Chiclana, Jimena de la Ftra.).

 

                Pero, una vez determinada las distintas secuelas con que el período depresionario del XVII se manifiesta en el territorio and., habría que concretar su incidencia sobre las estructuras económicas, particularmente las agrarias.

 

                En el caso de Andalucía Occid., la incidencia de la crisis va a propiciar el que "dentro de la corona castellana fue Andalucía occid. el territorio donde las incidencias de los procesos transformadores se asemejan más a los modelos económicos avanzadas europeos, durante el s. XVII" (10). Estas transformaciones las podemos cifrar en tres aspectos: estructurales, de obtención de la renta de la tierra y de comercialización del producto.

 

                Son los primeros los que más directamente dependen de las manifestaciones de la crisis, al estar estrechamente ligados a dos de las citadas: la despoblación y los apuros hacendísticos de los Austrias, en un proceso similar al experimentado por causas análogas en los s.XIV y XVI respectivamente: concentración de la propiedad, en este caso completada por la aparición de los cercamientos (en un proceso coetáneo al inglés y que según BERNAL responde al mismo deseo de renovación y consolidación del latifundismo desde la perspectiva capitalista. En efecto, "los cerramientos de las unidades de explotación suponían importantes cambios en la funcionalidad de las mismas: los sistemas de rotación de cultivos y la viabilidad de una agricultura y ganadería conjuntas fueron algunas de las innovaciones más notables". Pero, también en opinión de BERNAL, la innovación más significativa fue la del aumento de la superficie de las explotaciones mediante la compra de tierras, y, con más frecuencia, a través de "la usurpación de tierras baldías y comunales colindantes".En relación con éstas se constata la repetición del proceso que observábamos en el s.XV referido a la colonización auspiciada por los estamentos privilegiados (e.d., roturación por jornaleros y posterior control de esta por aquellos) con una diferencia sustancial: el contexto de despoblación en que se desarrolla el anterior permite que las roturaciones se realicen sobre tierras con valor agronómico aceptable. A medida que el aumento de la presión demográfica se traduce en la expansión de la tierra cultivada, el avance del "ager" tendrá lugar sobre tierras de valor agronómico marginal, que determinará la imposibilidad de asignarlas al cultivo del cereal pasando a formar parte de las tierras de utilización ganadera. Y es en este sentido en el que los cercamientos aparecen como fundamentales, ya que las usurpaciones o apropiaciones de estas tierras comunales roturadas necesitan de esta operación para completar su dominio.

 

                Cabe relacionar este nuevo avance de la concentración de la propiedad con otra de las manifestaciones de la crisis: el declive y la desorganización del comercio americano, ya que éste explicaría la atracción que la inversión en la tierra ejerce sobre otros grupos sociales económicamente poderosos. Así, Bernal plantea la hipótesis de que, desde f. del s.XVI la burguesía comercial sevillana invierte en al tierra porque es el destino que más rentabilidad proporciona a corto plazo, lo que supone su descapitalización, hecho que explicaría su relevo por la burguesía gaditana en el control del comercio americano. Esta burguesía agraria participaría plenamente en el citado proceso de modernización de la explotación latifundista (cuyo resultado más tangible es la aparición del cortijo con sus elementos esenciales, con los que se perpetúa hasta, prácticamente, la actualidad, pero, al ir acompañada la compra de tierras casi siempre por la de su jurisdicción y vasallos, todo ello redunda en la revitalización del sistema feudal. Dentro de esta revitalización hay que incluir la recuperación de su patrimonio por parte de la Iglesia, tanto a título colectivo como individual, mediante compras y/o por el mantenimiento de la costumbre de las donaciones.

 

                Sin embargo, la modernización alcanza a la modificación de algunas prácticas feudales, como es al sustitución de las rentas de tipo señorial por las de tipo agrario, fundamentalmente por medio del establecimiento de los arrendamientos a corto plazo, lo que coexiste con la perviviencia del control casi monopolístico de los alimentos de subsistencia al ser estas rentas en especie y no en metálico. Este último hecho se relaciona con otra de las modalidades de extracción de plusvalía por parte de los grandes propietarios: el control de los cauces de comercialización, tanto de los productos destinados al abastecimiento como de los orientados a la exportación. La importancia que registra ésta da fe la escasa incidencia de la crisis en las exportaciones de productos alimenticios a América.

 

                En este sentido se observa la aparición de otra de las características de la agricultura capitalista: la especialización espacial de la producción, con el consiguiente cambio de los paisajes agrarios. Así, el viñedo retrocede en la periferia sevillana frente a la expansión del mismo en torno a la había gaditana desde Chiclana a Jerez así como en el Condado onubense. También crece su superficie en la Sierra Norte sevillana, pero, por el factor distancia, destinados a su transformación en aguardientes. Así mismo se expande el olivar sobre los terrenos más sueltos de los olistostromas y de los flancos subbéticos, desde Alcalá de Guadaira hasta Priego.

 

                En síntesis, la crisis viene a redundar en la consolidación de "una agricultura capitalista tal como se hacía en las áreas más avanzadas del capitalismo europeo; sin embargo, el latifundismo y la proletarización resultante quedaron inmersos en las limitaciones de una refeudalización impuesta por la reactivación del régimen señorial que harían abortar y desvirtuar los logros de una temprana modernización inacabada" (10).

 

                Podemos precisar, por último, algunas de estas apreciaciones. Del avance de la proletarización da prueba el hecho de que la proporción de jornaleros pasa del 54% de la población activa del Rº de Sevilla en 1620 al 70% a f. del s.XVII. De la refeudalización puede ser factor indicativo el ya mencionado cambio del papel de la burguesía dentro de l comercio americano: del tráfico de los artículos, a la producción de los mismos, únicamente en el sector que favorecía su ennoblecimiento: la propiedad de la tierra.

 

                Muy distinto es el caso de Andalucía Oriental, donde la mayor diferenciación del medio físico sigue reduciendo el ámbito de actuación de la gran propiedad. Esta se beneficia, como en Andalucía Occid., de las ventas de tierras comunales por los austrias, así como de la de jurisdicciones señoriales, pero su avance espacial es reducido, manteniéndose los grandes estados señóriales de la etapa precedente: Altiplanicie de Huéscar, Los Vélez, el Cenete. Por el contrario, el avance de las roturaciones protagonizadas por los pequeños propietarios y localizadas fundamentalmente sobre las zonas montañosas incluidas en las tierras comunales, no pasarán a engrosar, en líneas generales, los patrimonios señóriales, sino que abocará en una consolidación de las estructuras de propiedad minifundista, e.d., en la difusión de la pequeña propiedad entre la mayor parte de la población.

 

                Este fenómeno se entiende si recordamos una vez más las características del medio físico, ya que éstas imponen que el avance del cereal a partir de las tierras roturadas se reduzca al de la cebada, único que admite la baja calidad agronómica de las mismas. De ahí su falta de atractivo para una aristocracia que, salvo en el caso de las tradiciones zonas ganaderas (Ronda, Huéscar), tiene escasos intereses en al ganadería y su consiguiente paso a la pequeña propiedad a través de un cultivo posible gracias a la abundancia de mano de obra y a su demanda comercial: la vid y los frutos secos.

 

                El sistema de trata vigente para la comercialización de estos productos será en este caso el vehículo fundamental para la canalización de la plusvalía hacia la clase dominante: la burguesía comercial, ya que el comercio centralizado en el puerto de Málaga va en aumento, manteniéndose los puertos norteeuropeos. Se observa pues una mayor diversificación de la clase dominante en el caso de Andalucía Oriental: una aristocracia terrateniente, una burguesía comercial (sin menoscabo de la impricasión puntual de ambos estamentos).

 

                Por otra parte, los contrastes del medio físico penibético introducen otro factor de diferenciación entre las estructuras productivas de las dos Andalucía, ya que frente a la simplicidad del paisaje bético (openfield, adehesamiento y manchas de viñedo y olivar pero siempre en secano), el mediterráneo ofrece la diversidad de cultivos inherente a la discontinuidad del medio físico, yuxtaponiendo:

 

                - Caña de azúcar en las depresiones litorales, desde Casares hasta Adra y con mayor intensidad en Motril y Almuñécar.

 

                - Huertas en las márgenes de los ríos.

 

                - Morales (seda) y arboricultura de secano en las vertientes.

 

                - Lino y cáñamo e algunas vegas interiores (especialmente en la de Granada).

 

                - Cereales en los sectores más secos de las depresiones litorales, en las manchas neógenas (U. Intermedias) y en la mayor parte del Surco Intrabético.

 

                En relación con las diferentes estructuras de propiedad de cada uno de ellos aparece un fenómeno del que sólo se encuentra parangón en el caso del Subbético Jiennense: el progresivo mayor peso demográfico que toman las áreas montañosas respecto a las llanas, sobre todo en los sectores malagueños y almeriense, encontrando este último su parosismo en el contraste entre el rico valle del Alto Amanzora y la desertización del llano costero Vera-Almería que no se recupera de los golpes recibidos en los decenios precedentes (terremotos, ataques piráticos..).

 

                De esta forma, Andalucía Oriental y Andalucía Occid. van a experimentar con unas estructuras productivas muy diferentes el proceso de expansión económica del s. XVIII, y no es de extrañar que, como veremos a continuación, sea esta coyuntura la que sirva de punto de partida a un fenómeno que también perdura hasta la actualidad: la fragmentación del espacio económico and. en una serie de áreas con distintas dinámicas económicas, con lo que a partir de este momento a la dicotomía entre Andalucía Occid. y Andalucía Oriental habrá que incorporar la de Andalucía de economía avanzada y Andalucía de economía estancada.

 

               

                3.a.3.b. La incidencia diferencial de la expansión del s.XVIII.

 

                Si al referirnos a la crisis advertíamos como su impacto diferencial se relaciona con una causalidad también diferencial, al abordar la expansión del XVIII, ésta va a basarse en las mismas circunstancias globales (saneamiento económico y recuperación demográfica) para todo el conjunto and., variando ahora al socaire de la diversificación de las estructuras productivas, la intensidad de las manifestaciones de esta expansión. Estas se pueden cifrar en demográficas y, dentro de las económicas, agrícolas, de fiversificación y aumento de la producción manufacturera y de intensificación de los intercambios comerciales.

 

                Comenzando con las demográficas, las circunstancias globales positivas vinieron a aumentar la diferenciación del dinamismo demográfico entre las dos Andalucía: entre 1591 y 1787 la población de Andalucía Occid. aumenta en una 20% y la de Andalucía Oriental en una 300% y, en relación con ello, no cabe duda que se sitúa el menor impacto que, como acabamos de constatar, la crisis del XVII tuvo en la segunda.

 

                Se apunta tres modelos de crecimiento (12):

 

                - Uno de estancamiento, que afecta a la Vega de Granada y su anexa comarca de Los Montes, Antequera, Córdoba y Sevilla.

 

                - Otro de crecimiento claro, observado en Cádiz; Málaga con su hinterland; el conjunto litoral mediterráneo (incorporándose Almería a la tónica de crecimiento); los valles (con regadío) de las sierras litorales orientales (Lecrín, Almanzora) y el Campo de Gibraltar que, tras la colonización británica del Peñón, se convierte en asentamiento de efectivos militares, función que mantendrá hasta la actualida.

 

                - Otro intermedio que oscila entre ambos y que afectaría al resto de las comarcas and..

 

                La especial incidencia de la expansión demográfica en las ciudades portuarias de Málaga y Cádiz encaja perfectamente con la caracterización económica del territorio and..

 

                En efecto, el s. XVIII ve perfilarse la imagen de una Andalucía empobrecida por la ociosidad, absentismo y afán acaparador de su clase dirigente, a pesar de que la región siga siendo la primera del estado por el montante de impuestos recaudados. El error está en extender esta imagen al conjunto de nuestra región puesto que, si la misma responde a la realidad de la Andalucía occidental capiñesa y serrana, la de los grandes desiertos demográficos entre las grandes ciudades agrarias, no se adapta a la verdad de las bulliciosas Málaga y Cádiz o de las densamente pobladas vertientes y valles de las cadenas litorales béticas.

 

                Comenzando por las estructuras agrarias se consolida la oposición entre la uniforme Andalucía Occid. (uniformidad referida tanto en lo que se refiere a paisaje -vid, cereal, olivo- como a estructura de la propiedad -el 95% de la tierra estaba en manos de Iglesia y de los grandes propietarios) y la compleja Andalucía Oriental, en la que la variación del tipo de aprovechamiento es paralela a la del tipo de propiedad.

 

                Así, VINCENT (12), sirviéndose del Catastro de Ensenada, recoge como zonas de pequeña propiedad el Valle del Andarax, el Campo de Níjar, el Valle de Lecrín, el sector oriental de la Vega de Granada, a lo que podemos añadir la Axarquía y el entorno montañoso de la Hoya de Málaga. Esta pequeña propiedad se relaciona con el viñedo y el regadío.

 

                La mediana propiedad predomina en la Alpujarra, valle del Almanzora, Serranía de Ronda, N. y W. de la Vega de Granada, mientras que la grande aparece en dos tipos de contextos: uno, como núcleo aislado entre el predominio minifundista (fluych de Colmenar, depresión de Padul); otro como sistema predominante en términos absolutos como ocurre a lo largo de los secanos del Surco Intrabético: planicies de Alhama, Guadix, Baza, Meseta de Ronda, Antequera, prolongándose por algunos de sus aledaños: Montes Occidentales, allí donde impera el aprovechamiento mixto cereal-ganadería y el sistema de arrendamiento.

 

                Si esta complejidad no es sinónimo de adelante técnico tampoco lo es de inmovilismo, variando la situación de los cultivos a tenor de las coyunturas comerciales: crisis de la caña por la competencia del azúcar cubano; estancamiento de la seda, afectada por múltiple problemas (altos impuestos, destrozos del ganado en las moreras, baja calidad del producto); expansión de la vid. mantenida por las exportaciones; difusión del olivo (mediante los injertos de acebuches); mantenimiento de los textiles en los encharcados fondos de las vegas; interiores conservación de la ganadería en sus ámbitos tradicionales (Ronda, Huéscar); y, por último, introducción de nuevos cultivos: maíz en el interior, en "coltura promiscua" con las judías verdes, y patatas en el litoral. Se trata pues de una agricultura orientada a la comercialización y en menor medida, a la transformación, ambas centradas en núcleos que actúan como organizadores y polarizadores de la producción: Málaga y Granada esencialmente.

 

                Se entiende así que la preocupación de los ilustrados se centrara en Andalucía Occid., siendo la principal manifestación de ello la creación de las Nuevas Poblaciones en el sector de conexión de la Campiña Jiennense con Sª Morena y el de enlace del Subbético Cordobés con el Surco Intrabético y el valle del Guadalquivir. A pesar de los problemas que rodearon sus primeros pasos, su mero existencia actual expresa su viabilidad que, lamentablemente, no se pudo extender )por falta de recursos de la Corona y por intereses creados de los terratenientes) a más puntos del agro bético que también necesitaban de su intervención (13). La otra vía de esta preocupación, los repartos de tierras concejiles, sólo contribuyeron a aumentar el número de pequeños propietarios titulares de una explotación insuficiente para sus necesidades.

 

                En lo que se refiere al comercio, el gaditano se beneficia de la revitalización del americano derivada de la férrea política económica de los Bombones (mercantilismo, aumento del poderío naval), pero, una vez más, esta revitalización no traspasa su dimensión meramente comercial, y no afecta al conjunto de la región. Se confirma así el deslisamiento del área gaditana respecto a la Sevilla, mientras que ésta última la que menos intensamente experimenta la recuperación dieciochesca, a pesar del empuje de las Nuevas Poblaciones.

 

                En lo que se refiere al Puerto de Málaga, en una primera etapa su auge sigue basándose en el tráfico norteeuropeo que complementa exportaciones (vinos, pasas, incorporando ahora a los agrios) en importaciones (trigo, pescado, maderas). Una vez eliminado el monopolio americano se beneficiará efímeramente del comercio con Indias, ya que las guerras con Inglaterra y Francia abortarán las posibilidades que la descentralización abría.

 

                Tampoco en esta ocasión la intensificación del comercio supone la expansión del sector artesanal. Este permanece estancado en su peso económico y en su estructura (gremios) a lo largo de toda la centuria, mientras que fracasan estrepitosamente los, a veces serios, intentos de industrialización: la fábrica de hoja de lata de Cartajima, la de pólvora de Sevilla, la de cañones, de Jimena de la Frontera, la de hilados de cáñamo de Granada, a pesas de contar todas ellas con el apoyo y patrocinio oficiales.

 

                GARCÍA BAQUERO (14) sintetiza así las causas de esta desvertebración entre expansión comercial y desarrollo industrial. Por una parte, la concentración de parte de la riqueza en manos de la nobleza supone la dedicación de buena parte del capital a gastos santuarios, mientras que la innegable acumulación de capital en manos de los comerciantes gaditanos no se canalizó hacia la industria y ello por tres causas fundamentales. La primera de carácter general alude a la constatación de que la acumulación no implica necesariamente la industrialización y e, inversamente, que ésta última no requiere  una fuerte acumulación. La segunda, referida al caso concreto que nos ocupa, radica en la circunstancia de que la acumulación potencial estuvo frenada por la importante participación extranjera en la exportación a Indias. También la tercera es particular del caso andaluz al venir dada por la inexistencia de un contexto industrial que absorbiera y rentabilizara rápidamente la inversión.

 

                Si, como veremos a continuación, el caso de Málaga se adaptaría por el contrario al modelo clásico que liga la industrialización a la acumulación comercial, el fracaso del mismo responderá a una cuarta circunstancia que GARCÍA BAQUERO no tiene en cuenta: la dificultad de éxito de un proceso industrializador en un contexto espacial sin articulación económica, e.d., en un contexto de economías de distinto nivel de desarrollo yuxtapuestas, como era, y siguió siendo, el andaluz.

 

                De esta forma Andalucía entre en el período clave de la historia económica contemporánea (el de asentamiento de las bases de las tres revoluciones: demográfica, agrícola e industrial, con un bagaje inadecuado que podemos sintetizar en la modernización incompleta, tanto sectorial como especialmente, de su economía. Sin embargo, a pesar de estas deficiencias, no cabe duda que la economía and. era más próspera que la de la mayor parte de ámbito peninsula, una especie de "tuerto en el país de los ciegos", como consecuencia de su magnífico patrimonio en recursos agronómicos y de la inercia de 300 años de localización en ella del principal centro comercial del país. De ahí que sus gravísimas deficiencias estructurales sólo se pondrán de manifiesto cuando en el último tercio del s.XIX el País Vasco y Cataluña tomen la vanguardia del dinamismo económico desde el nuevo prisma de la industrialización.

 

 

                3.a.3.c. Estancamiento de las estructuras agrarias y deficiencias del proceso de industrialización. Las bases del subdesarrollo.

 

                La evolución socioeconómica de la Andalucía contemporánea (entendiendo por tal la que se desarrolla a partir del último tercio del s.XVIII) se puede describir, a grandes líneas, se debate entre el progreso y el atraso económico, entre el paso definitivo a las sociedades desarrolladas y la postergación entre las subdesarrolladas.

 

                Andalucía inaugura el s.XIX aparentemente "llena" de vida y de inquietudes: las Cortes de Cádiz, la importancia de los políticos and. dentro de la actividad de la denominada Burguesía Revolucionaria española, se vienen considerando como sintomáticos de esta vitalidad. Pero cierra esta centuria aportando las bases del conservadurismo: Cánovas, Romero Robledo, y ello también se ha valorado como indicativo del involucionismo de los terratenientes and..

 

                Si traemos a colación estas circunstancias es porque las consideramos indicativa de la lucha que por la organización productiva del espacio se entabla a lo largo fundamentalmente del período que va entre 1787 y 1868, entre dos concepciones distintas del poder económico: una, la característica del moderno capitalismo industrial; otra la característica de las oligarquías terratenientes precapitalistas.

 

                Esta lucha va a mediatizar la respuesta de la región and. al impacto del capitalismo que en esta época se desarrolla más a nivel europeo que estrictamente español, impacto que podemos analizar en dos niveles, uno, el institucional, propiamente español, que responde a las reformas burguesas emprendidas en nuestro país. Otro, el económico, de ámbito supranacional derivado fundamentalmente de un hecho que hemos venido rastreando: la vertebración de la economía and. en los circuitos económicos internacionales.

 

                De esta forma, Andalucía responde a unos impactos exteriores de una forma distorsionada por sus estructuras internas, y la respuesta va a ser la de planteamiento y, en algunos casos, redicalización, de unos problemas, prototípicos de las sociedades subdesarrolladas, que no encontrarán la solución adecuada.

 

 

                3.a.3.c.1. Efectos sobre Andalucía de las reformas burguesas.

 

                Podemos considerar como medidas más importantes de entre las derivadas de estas reformas las desamortizadoras y las de liberalización de las actividades mercantiles e industriales.

 

                En lo que se refiere a las primeras, tanto las ligadas a las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal como las debidas a su precedente de 1794 van a abocar en la consolidación del "statu quo" de la gran propiedad en Andalucía Occid.:

 

                - En primer término, porque los juicios pendientes sobre aquellas usurpaciones señoriales se fallaron mayoritariamente a favor de los señores, con lo que "la disolución legal del feudalismo por la ley de 1837 se hizo en favor inequívoco del grupo privilegiado de la nobleza señorial: se suprimió la jurisdicción pero se respetó la territorialidad  del señorío, como propiedad privada, y con ella quedó inmaculado el poder económico y político que la nobleza detentaba"(15).

 

                - En segundo lugar, porque las medidas desamortizadoras redundaron en el fortalecimiento de la gran propiedad, de lo que es claro indicio el hecho de que sea en Andalucía donde las subastas superan en mayor medida los precios de salida, lo que da cuenta del interés que rodeaba la adquisición de tierras por los más poderosos. Estas compras servirían tanto para aumentar las superficies de los grandes propietarios como para permitir el paso a esta categoría de los grandes arrendatarios que aparecen y se consolidan en los s.XVII y XVIII.

 

                A lo largo de esta época, y a medida que los restantes sectores económicos entran en un claro declive, la tierra se confirma como la inversión preferida para la burguesía, tanto más cuanto que la prohibición del mayorazgo "supone para cada generación la frangmentación de un patrimonio que se ven obligados continuamente a reconstruir bien por la compra de nuevas tierras, bien por enlaces matrimoniales"(16).

 

                De esta forma, las medidas liberalizadoras no se traducen en una renovación de las estructuras agrarias, sino en la base de su permanencia, pese a la eliminación del feudalismo, al no cuestionar en ningún momento la concentración de la propiedad, mientras que, lo que podríamos llamar "iniciativa privada" no actuó puesto que, "los buenos negocios agrícolas, las altas rentas y elevados beneficios de explotación no fueron, en cambio, capaces de orientar capitales suficientes a la agricultura como para afrontar una decidida modernización ni siquiera en el más elemental sentido capitalista; los beneficios y altas rentas los obtenían los propietarios en base a los bajos salarios y al monopolio de la propiedad en pocas manos más que como consecuencia de unas mejoras progresivas de la producción y productividad agrícolas." De ahí la falta de competitividad de la agricultura andaluza, salvo en lo que respecta a los sectores vinateros de Jerez y Málaga (16).

 

                En Andalucía Oriental, el escaso valor agrícola de la mayor parte de las tierras desamortizadas (correspondiente a las zonas montañosas de los bienes comunales) explica su conservación en manos de los municipios. Una vez más, sólo las relativas a zonas llanas pasaron a engrosar la propiedad privada, (Antequera).

 

                En lo que se refiere a lo que se ha denominado desamortización del subsuelo, esto es, la liberalización de la minería, el decreto dictado en este sentido en 1817 coincide con la gran expansión de la demanda de aquellos minerales más abundantes en Andalucía: plomo y  cobre, debido a las necesidades ligadas a la explotación urbana (cañerías de plomo); al desarrollo de las comunicaciones (construcción de maquinarias, telegrafía, ambas necesitadas de cobre); a las innovaciones de la química (elaboración de sosa a base de piritas sulfúricas). El resultado de todo ello es la aparición en nuestra región de una serie de enclaves mineros coincidentes especialmente con los de la Antigüedad (Almería y Jaén, plomo; Huelva, cobre y piritas), cuya significado de transformación de las estructuras económicas no traspasó el ámbito comarcal, aunque sí contribuyó a introducir nuevas teselas en el mosaico de economías comarcales en que se configuraba la organización productiva del espacio andaluz.

 

                Pasando a la liberalización de las actividades industriales mediante la eliminación de los gremios, su impacto en Andalucía fue mínimo, al coincidir con su hundimiento económico, por no resistir la competencia de las producciones industriales que llegan de otros puntos del país (Valencia y Cataluña fundamentalmente), siendo su peso laboral sustituido en parte por trabajadores incluidos en sectores de nueva aparición como la minería o la agroindustria.

 

                Finalmente, la liberalización de las actividades mercantiles hay que considerarla desde dos perspectivas, una, la derivada del fin del monopolio -ya compartido, entre otras ciudades peninsulares, entre Málaga y Cádiz- del comercio americano; otra la referida al fin del comercio colonial tradicional tras la independencia de las Colonias Americanas.

 

                El primer aspecto no incidió demasiado, ya que el estudio de la documentación indica como a pesar de la descentralización del monopolio, la actividad comercial con América siguió primordialmente capitalizada en Cádiz, tanto a nivel regional (90% de las exportaciones) como nacional (70% de las mismas), debido a su dotación en infraestructura, su emplazamiento geográfico y la resistencia a desplazarse de las principales casas comerciales.

 

                Pasando a la independencia de las Colonias, ésta va a suponer el golpe de gracia para un comercio debilitado desde 1797 por circunstancias de tipo bélico: el bloqueo ligado a las guerras con Francia e Inglaterra (que contribuyó decisivamente al desvío del comercio hacia los países neutrales), y la destrucción de la flota española. El impacto de esta quiebra del comercio colonial fue muy duro para Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. Para la primera, porque la desaparición por quiebra de una multitud de casas comerciales sentenció el estancamiento de la ciudad; para Sevilla, porque estas mismas quiebras acentuaron aún más su orientación hacia la agricultura; para Córdoba y Granada por el mercantilismo  borbónico había auspiciado una tímida recuperación de las actividades manufactureras y comerciales que se arruina por completo cuando su demandante fundamental (el marcado colonial) desaparece. En Málaga el impacto se limitó a una crisis coyuntural, aunque intensa, de la que salió, a corto plazo, centrándose en sus mercados tradicionales norteeuropeos.

 

                Con estos hechos se cierra para Andalucía el capítulo americano, cuyo balance final realiza acertadamente GARCÍA BAQUERO (17): ocasiones perdidas, repetición de errores (comercio demasiado especulativo; desajuste entre la envergadura del mercado y el carácter embrionario de las estructuras productivas and.; falta de una mentalidad empresarial-mercantil adecuada que valorara más adecuadamente la distancia entre riesgo y beneficio empresarial y empresarial-terrateniente que vislumbrara la posibilidad de diversificación de inversiones), el hecho es que "la oportunidad americana" pasa a engrosar la galería de "paraísos perdidos" andaluces.      

 

 

                3.a.3.c.2. El impacto del capitalismo en la economía andaluza.

 

                Lógicamente, éste estuvo íntimamente relacionado con los cambios políticos que acabamos de citar, pero también con la evolución de la economía internacional.

 

                Comenzando con las estructuras agrarias, podría decirse que la relación capitalismo- impacto sobre la agricultura habría que sustituirla por el hecho de que la falta de adaptación de las estructuras agrarias al moderno capitalismo distorsiona el impacto de éste sobre el conjunto de la economía.

 

                Quizás el mejor exponente de este proceso sea el análisis que BERNAL hace de la evolución de las relaciones entre nobleza/burguesía/campesina: "A partir de 1808 y sobre todo desde 1811-1812 las manifestaciones antiseñoriales son, en verdad, populares y ya no se pretende recuperar tan sólo las tierras usurpadas, sino que se cuestiona la propia estructura del régimen señorial... La alianza campesinado-burguesía agraria funciona como grupo de presión antiseñorial. Durante el Trienio constitucional dicha alianza quiebra ante la fuerte presión campesina y jornalera al poner en entredicho la propiedad de las tierras señoriales, siendo el inicio de la aproximación entre las burguesías locales y la nobleza terrateniente; las actuaciones radicales llevadas a cabo, tales como el negarse a pagar las rentas de las tierras señoriales, proceder a ocupar fincas, etc., actúan como elemento disuasorio en una burguesía que empezaba a asentarse sólidamente en el poder y cuyo patrimonio se iba redondeando a costa de las tierras municipales o eclesiásticas desamortizadas. Los años de 1823-34 fueron en este sentido decisivos al configurar un entendimiento de burguesía y nobleza que sería la base de la disolución final del régimen señorial, máxime cuando esta incipieste burguesía agraria estaba vinculada, en calidad de gran arrendatario, a la propia nobleza señorial" (15).

 

                Análogamente podemos hacer referencia al significado de Andalucía en la política española decimonónica: hasta 1842 será un reducto liberal, para pasarse al conservadurismo entre 1842-66, aprovechando la buena coyuntura económica y la necesidad de apaciguar las primeras manifestaciones importantes de las agitaciones campesinas, para convertirse a partir de 1857 en escenario de la aparición de nuevos movimientos sociales y no políticos: el sindicalismo anarquista.

 

                En este punto se centra uno de los aspectos fundamentales de este proceso: la desvinculación de la principal fuerza social de la revolución burguesa de los fines que tal revolución tiene en otros países europeos: el desbancamiento de la aristocracia como principal detentadora del poder político y económico. Su principal consecuencia será el estancamiento del sistema productivo, ya que el sistema de gran propiedad que conecta los intereses de aristocracia y burguesía rentabiliza los sistemas extensivos sin inversiones en capital móvil.

 

                Todo ello determina la ruptura del engranaje revolución demográfica/revolución agrícola/revolución industrial que constituye la esencia de la implantación del capitalismo: la falta de innovación técnica implica el mantenimiento de las necesidades de una amplia mano de obra pero mantenida a los níveles mínimos de subsistencia, con lo que la revolución demográfica se ve retardaba en su desarrollo y el desarrollo industrial limitado por la falta de expansión de la demanda.

 

                En este sentido interviene otro factor que distorsiona la relación típica entre capitalismo y agricultura: si aquel le asigna a ésta la función de alimentar a precios bajos a la población urbana para contener así los salarios, y en ello interviene fundamentalmente la importación de productos alimenticios del exterior, hecho que provoca la gran crisis de la agricultura europea en 1866, en el caso de España el impacto de esta crisis será desviado hacia la población trabajadora mediante el proteccionismo estatal impuesto por los grupos de poder económico: la alianza entre burguesía industrial vasco-catalana y burguesía rural andaluza, permitirá el mantenimiento de "la configuración de un régimen agrario de escasa productividad, altos precios, estimulados por el incremento del consumo interior y proteccionismo estatal, y pingües beneficios sin necesidad de modificar y modernizar el sistema productivo, iniciándose así un desfase y retraso en la agricultura and. que tan sólo ha sido en parte recuperado a partir de la segunda mitad del s. XX" (16). Con ello se sanciona la distribución espacial del trabajo: un Norte industrial, un Sur agrícola.

 

                El resultado es que las estructuras agrarias and. se caracterizan ante todo por sus deficiencias respecto al modelo de agricultura capitalista:

 

                - A pesar de que la extensión de la gran propiedad facilitaría la introducción de economías de escala, el citado estancamiento técnico se traduce tanto en la baja competitividad del cereal como en la incapacidad de autoabastecimiento (Andalucía es la región española en la que más tardíamente se perpetúan las crisis de subsistencia) lo que se explica por la escasa difusión de la propiedad entre la población en el caso de Andalucía Occid. y por las características del medio físico en el de Andalucía Oriental. Se explica así que esta incapacidad de autoabastecimiento sea simultánea a la prolongación de las roturaciones, ya que éstas se dan sobre tierras marginales, y el montante de tierra cultivada no compensa el carácter extensivo, sobre todo porque muchas de las nuevas tierras se dedican a cebada (auge del ganado mular) y a centeno por sus bajos rendimientos.

 

                - La falta de articulación del mercado interior "agrícola por los altos costes y dificultades de transportes (..) lleva a constituir verdaderas zonas bloqueadas de precios altos a bajos permanente según el carácter agrícola de la misma (según) tenga insuficiencia o excedencia crónica de cereales" (16).

 

                - Complementariamente, los únicos sectores agrícolas que se salen de esta tónica son los cultivos de exportación, en auge, con las excepciones de las crisis de 1866 y 1919, y los de regadío, concentrados en Andalucía Oriental.

 

                El paisaje refleja este orden de cosas:

 

                * Comenzando por las superficies cerealistas de secano, la crisis agrícola de 1866 marca un cambio de coyuntura, ya que hasta esta fecha y desde 1760 aprox, las roturaciones habían sido constantes y a partir de la misma se observa un movimiento de contracción de las superficies cultivadas, paralelo al de desaparición de bastantes de los minifundios nacidos de los repartimientos de tierras como complemento de las grandes propiedades derivadas de los mismos.

 

                * La relación de este sector con el ganadero explica la atonía de este último, fundamentalmente en manos de los latifundistas y orientado "(..) a atender las necesidades de la labor a dedicado a la explotación complementaria de los mismos por medio de los rebaños de ovejas, vendiendo la lana obtenida, y por el vacuno bravo vendido como toro de lidia. La oferta de carne para el consumo se limitaba al cerdo, y la de leche al cabrío, y ambos eran insuficientes para abastecer mínimamente a una población como la andaluza" (16). Se puede observar "una especialización por zonas, distinguiéndose las áreas de ganado lanar, la de toros bravos o las reservadas a las piaras de porcino; estas últimas muy extendidas en las zonas de Huelva, sur de Cádiz, serranía rondeña, sur de Córdoba, ocupaban las dehesas arboladas de encinares" (Ibid.).

 

                * Las características de la agricultura capitalista sí se dejan sentir en los cultivos de exportación a través de la especialización productiva espacial ya pergueñada, como veíamos, a f. del s.XVII. En Andalucía Occid., esta especialización se traduce en la ampliación de los olivares (muchas veces protagonista de las roturaciones sobre tierras marginales) y en la especialización, con fuerte capacidad competitiva, de los viñedos. Estos productos estaban destinados a dos distintos tipos de exportación:

 

                - En el olivar no se pretende, al menos en las primeras fechas, su calidad, ya que las deficiencias del refinado le restan competitividad frente al italiano o el francés, por lo que su destino es el de aceites industriales. Se extiende por el Subbético Medio (desde la Sierra Sur sevillana hasta Jaén, donde es ya el cultivo dominante, saltando a la Loma de Ubeda) y en núcleos aislados como el valle de Lecrín y la zona de Orjiva.

 

                - En el viñedo, por el contrario, la crianza es fundamental. Por ello disminuye de nuevo de su dispersión por todo el ámbito and. para concentrarse en ciertas zonas que son hoy las características de los vinos and. y allí es donde concentra el aumento de su superficie: las vertientes béticas mediterráneas, el Condado de Huelva, Montilla, Jerez. Las diferentes estructuras de producción de cada una de estos sectores justifica el diferente alcance que la filoxera y la expansión del viñedo americano tienen para ellos: los grandes criadores de Jerez consiguen sobrevivir tras la crisis (al precio de la producción de coñacs de ínfima calidad) mientras que en las Béticas, las condiciones draconianas del sistema de trata había dejado inermes a los minifundistas de cara a una catástrofe de esta envergadura. Por eso el abandono de cientos de miles de hectáreas de viñedo fue la principal consecuencia, uniéndose los pequeños propietarios empobrecidos a las reivindicaciones sociales de los jornaleros. La expansión del olivar que tiene lugar como recambio al viñedo y favorecido por el mantenimiento de las exportaciones -con un cénit en 1919- se ve truncada por el cese de las mismas que sigue el fin de la I Guerra Mundial.

 

                * Aunque el único sector innovador, al menos en lo que se refiere a introducción de nuevos cultivos, sigue siendo el regadío, es precisamente la falta de extensión de éste, sobre todo en Andalucía Occid., otros de los síntomas más claros del estancamiento de las técnicas agrícolas en su carácter extensivo. Concentrándose pues en Andalucía Oriental, presenta aquí dos modelos: uno, el de los pequeños propietarios, que aparecen ya con una cierta sensibilidad a las tendencias del mercado, como lo evidencia la extensión de los cítricos en el Bajo Andarax, Bajo Guadalhorce, Estepona, y del viñedo de Ohanes relacionado con la exportación. Otra el de los grandes propietarios, relacionados fundamentalmente con la caña de azúcar, que mantiene el sistema de los arrendamientos como forma de asegurarse la provisión de producción base (familia Larios en Málaga y Nerja).

 

                Destaca también la movilidad de los cultivos: se mantiene el maíz y la patata en los ámbitos señalados para el s.XVIII y los frutales de las zonas serranas (Sª de Aracena, Meseta de Ronda) y se revitaliza el cultivo de la caña por la introducción de la caña americana junto con nuevas técnicas. Retroceden todos lo cultivos industriales tradicionales (cáñamo, lino, zumaque) ante la llegada del yute (un impacto más del desarrollo de los transportes a escala planetaria) aunque el esparto se mantiene  (Almería, Jaén) y ante la crisis del artesanado (sector piel). La seda sigue en su prolongada agonía, incapaz de propiciar la formación de un sector textil moderno basado en su elaboración. Por el contrario, el algodón se extiende por las vegas litorales amparándose en el déficit de importaciones debido a la Guerra de Secesión americana.

 

                Pero el principal cultivo de los regadíos, fundamentalmente interiores, va a ser la remolacha con un primer precedente en Granada (en 1822 se crea aquí la primera fábrica de azúcar de remolacha de España) y posterior extensión a todo el Surco Intrabético y puntos de la Campiña (Córdoba). A pesar del fin de la competencia cubana que sigue a 1898, el hecho de que su oferta supere a la demanda, determina el hundimiento de un buen número de fabricas para el cambio del s.XIX al XX.

 

                Frente a este dinamismo de Andalucía Oriental, en Andalucía Occid., la falta tanto de iniciativa pública como de privada, mantiene la superficie irrigada en sus límites tradicionales, sólo cabe reseñar la tímida aparición del arroz y el algodón en la marisma sevillana, sentando el primer precedente de lo que en pleno s. XX será su utilización agrícola.

 

                Quizás esta comparación entre secano y regadío pueda servir para comprender el grado de inquietud social que, aprox., desde 1840, va a ir "in crescendo hasta la II República: si los regeneracionistas claman por el desarrollo de los regadíos es porque ven en éstos una fuente de riqueza para la mísera población campesina. Si la población campesina abandona rápidamente el vehículo de la política para emplear el del sindicalismo y la agitación, haciendo de Andalucía "el problema nacional" es porque experimenta en sus carnes, magras, todo el peso del inmovilismo, ya secular, de las estructuras agrarias que ninguna fuerza política está dispuesta a alterar. Se entiende así la magnitud de la trascendencia de la Reforma agraria impulsada por la II República, que tiene en Andalucía resonancias claramente tercermundistas, como lo eran las características con que la economía agraria and. sale de su imbricación en el capitalismo:

 

                - Concentración de la superficie cultivada en manos de los grandes propietarios y empobrecimiento de la mayor parte de la sociedad rural.

                - Dependencia del exterior a través de los cultivos de exportación y en detrimento de las necesidades locales.

                - Falta de renovación técnica, basándose la rentabilidad en la abundancia de mano de obra barata.

                - Competencia imperfecta debido a la fragmentación del mercado y a los excesivos dispositivos proteccionistas, en perjuicio de los asalariados que han de seguir pagando precios altos, recibiendo salarios bajos.

                - Ruptura de la relación entre producción agrícola y transformación de la misma ante la competencia de productos elaborados en el exterior.

                - La síntesis de todo ello es su inadecuación a las necesidades laborales y alimenticias de la población, que presenta, como veremos más adelante, todo el cuadro sintomático de las demografía subdesarrolladas.

 

                Pasando ya a la incidencia del capitalismo sobre los restantes sectores económicos, vamos a limitarnos a sintetizar la crónica de una industrialización fallida, y ésto puede ser un elemento diferenciador respecto a la evolución y configuración de otras sociedades subdesarrolladas.

 

                En efecto, se pueden distinguir claramente dos etapas en lo que se refiere a la caracterización económica de Andalucía. Para 1752 Andalucía presentaba, según el Catastro de Ensenada, "una estructura bastante equilibrada entre sus distintos sectores económicos: el 25% de las rentas corresponde al sector Iº, el 35% al IIº y el 37% al sector servicios... En 1845 en Andalucía, mientras la contribución territorial alcanza el 89,3% (..) la industrial y del comercio unidas sólo alcanzan el 10,7%. En 1860 la contribución territorial and. es el 85,2% y la industrial más la comercial el 14,8%" (18). Sin embargo, y quizás como inercia de este punto de partida equilibrado desde el punto de vista económico, hasta el último tercio del s.XIX Andalucía se mantiene en la vanguardia económica de la nación precisamente en aquellos sectores en los que hoy demuestra más claramente su dependencia: la industria, la banca y los transportes: en el período 1752-57 Andalucía pagaba el 30% del total de las rentas castellanas; en 1845 retenía el 23,9% de la contribución nacional por industria y comercio, cantidad que para 1860 desciende al 22,1%. A partir de esta última fecha, todos los parámetros van retrotrayéndola hasta situarla hoy entre las regiones más atrasadas económicamente: sólo la industria alimentaria (destinada en gran medida a la exportación -aceites-) y la producción minera conservan su importancia, mientras que la banca andaluza desaparece como entidad regional, sustituida por los bancos nacionales que drenarán a partir de entonces los, escasos, recursos  financieros and. hacia las economías más dinámicas del N. peninsular, y los ferrocarriles and., con una red resultante de un complejo de intereses comarcales y sectoriales, pero siempre de ámbito privado, serán los primeros del estado en ser nacionalizados, prueba de su escaso atractivo económico.

 

                Y este balance apresurado ya nos da indicios de las causas de este fenómeno: como ocurriera en las estructuras agrarias, sólo las producciones destinadas a la exportación se adaptan, en cierta medida, a los requisitos del mercado, ya que tanto la industria agroalimentaria como la minería tenían su destino fuera del contexto and.. Con ello queremos apuntar la hipótesis de que la razón última del fracaso del desarrollo industrial en Andalucía obedecería a su falta de arraigo en el conjunto de la sociedad. Curiosamente, sí se da en nuestra región, en los primeros sesenta años del s.XIX, la imbricación del capital en los sectores punta: ferrocarril, banca e industria y los casos de Heredia, Rodríguez Acosta, Loring, Larios,.. lo demuestran. Sin embargo, lo que falla es, en primer término, el engarce de la industria con el mercado y la ruptura se produce a través de un elemento al que ya hemos aludido: el empobrecimiento de la inmensa mayoría de la población que constituye la demanda potencial. La incierta evolución de las industrias textiles malagueña y antequerana, los problemas de las azucareras, encuentran el mismo origen: la drástica reducción de las ventas en los momentos de crisis, aún encuadradas en las típicas del Antiguo Régimen.

 

                Pero también falla otro aspecto que conecta igualmente con las características de la sociedad and.: el carácter de punto aislado de estas empresas fabriles. Se trata así siempre  de intentos de establecer en Andalucía los principios de la economía de escala mediante grandes empresas y desde los grandes capitales. No se da así la integración en el medio ambiente económico, faltando esa profusión de talleres familiares siderúrgicos en el País Vasco y textiles en Cataluña que parecen salvar los períodos de crisis. De ahí que, cuando las crisis lleguen, como ocurre con la filoxera o con la incidencia, en la ya empobrecida sociedad jornalera, de la crisis de 1866, desaparezcan casi sin dejar rastro o entren en un letargo del que sólo saldrán con la muerte, con ocasión de la 2ª revolución industrial de la España desarrollista.

 

                Inversamente, es en el ámbito de la minería almeriense donde sí se produce la atomización de la producción, en este caso claramente inconveniente, puesto que se traduce en la deficiente explotación de los recursos mineros, adelantando con ello su agotamiento y, con éste el fin de una auténtica "fiebre del plomo" (en la que la extracción está unida a la transformación metalúrgica) que deja sus huellas en un paisaje que, paradojas de la vida, más adelante iba a acoger los decorados cinematográficos de la "fiebre del oro" californiana. Si aquí hubo una clara difusión entre la población de sus beneficios económicos, el tipo de "sociedades mineras" suele estar abocado a su carácter efímero.

 

                Hay un tercer elemento de desconexión: la presencia del capital extranjero, que se convierte en el principal reactivador de la hasta entonces poco productiva minería jiennense y onubense. La prueba de que esta desconexión no tuvo todos los términos del modelo colonial (simple extracción de materia prima a elaborar en la metrópoli) es que estos núcleos han conservado hasta la actualidad su carácter de enclaves industriales. El problema está en que su existencia no alteró las bases de la economía and. generando un panorama económico en el que las altas producciones de mineral no llevaban aparejada una alta producción siderúrgica. Así, si la existencia de recursos mineros puede ser la base del modelo de la cuenca del Rhur, también lo es de los de Chile y Bolivia, a los que se asemeja en mayor medida el andaluz.

 

                Junto a esta conexión imperfecta entre actividad industrial y minera y resto de los sectores de producción, la desarticulación espacial y temporal también parece jugar un importante papel en el fracaso de la industrialización and., ya que los núcleos más dinámicos aparecen diseminados tanto en el espacio como en el tiempo.

 

                En el espacio, porque, hasta 1866, será el núcleo malagueño, con su apófisis almeriense, el más dinámico, pero desligado totalmente de los otros dos que vivían de la herencia del mercado colonial, Cádiz y Sevilla. Esta desconexión más que a motivos de distancia responde a la falta de integración de los mercados, paralelamente a la análoga observado en el plano agrícola. Después de 1866, se desvitalizan estos núcleos -ya definitivamente orientados sus dirigentes hacia el sector agrario o hacia intereses económicos extrarregionales-, tomando la vanguardia los de Jaén y Huelva, imbricados en economías no ya extrarregionales, sino extranacionales. De esta forma, es posible que la minería mejorase las condiciones de vida de las comarcas en las que se implantaba, pero a nivel regional sólo suponía el 5% de la población activa, por lo que su posible efecto como competidora por la mano de obra que impulsase la renovación de la agricultura, era francamente reducido.

 

                Haciendo balance, podemos decir que hubo un intento de revolución industrial porque el dinamismo comercial del s.XVIII y la existencia de recursos ofrecían condiciones propicias para ello y que este intento no se consolidó por el reducido alcance espacial y social de estos núcleos dinámicos. Es como si la teoría de Perraul se aplicara a la inversa.

 

                Los resultados de este orden de cosas van a dejarse sentir hasta hoy en la organización tanto sectorial (mínimo peso de la industria y éste concentrado en la Andalucía Occid.) como espacial la producción, ya que van ser los núcleos de Huelva y Jaén los que hasta los años Sesenta concentren la mayor parte de las actividades transformadoras no agroindustriales en Andalucía.

 

                Pero los resultados más claros de esta ausencia de revolución industrial se manifiestan en las instancias demográficas. Los niveles de paro, las vacilaciones de la revolución demográfica, el analfabetismo, la emigración, así lo indican y evidencian más precozmente que el resto de las estructuras socioeconómicas la debilidad de las bases de la "riqueza" de la Andalucía del Antiguo Régimen. En efecto, comenzando con la dinámica demográfica, ésta evidencia:

 

                1. La amenaza del estancamiento económico, ya que, si entre 1797 y 1834 pasa de retener el 18,11% al 19,33 de la población española, entre 1834 y 1890 estanca su proporción, al disponer en este último año del 19,1% de la población nacional. La mayor incidencia de las epidemias en relación con las dificultades de la subsistencia explicaría este fenómeno.

 

                2. El menor dinamismo económico de Andalucía Occid. para este mismo período, ya que Andalucía Oriental, con sus núcleos de Málaga y Almería pasa de albergar el 46,3% de la población and. en 1787 al 62,8% en 1860. La crisis de Cádiz está explicitada por el descenso en 1844 al índice 77 con base 100 en 1787. Análogamente, la crisis de la industrialización de Andalucía Penibética y su pérdida de dinamismo económico, junto con la expansión minera de Huelva y Jaén se refleja en el equilibrio del peso de ambas Andalucías que se detecta para 1920: Andalucía Occid. 50,9%, and. Oriental, 49,6%.

 

                3. Una vez más, la escasa difusión que el dinamismo económico nuclear tiene en el conjunto de la población se detecta en:

 

                a) Los niveles de analfabetismo de las provincias and.. Si la lucha contra al ignorancia fue uno de los "leit motiv" de la revolución burguesa, en Andalucía su aplicación fue escasa, ya que la proporción de vecinos/escuela era superior a la media nacional; había una penuria de escuelas públicas (el 12,8% del total español cuando Andalucía tenía el 19% de la población nacional) y el resultado de ello era que, según los parámetros de escolarización, "las provincias and. ocupaban, sobre 49 provincias que tenía España, los puestos 49, 47, 45, 43, 42, 39 y 34" (15).

 

                Y no se puede relacionar mayor dinamismo económico con menor analfabetismo, ya que la minería poco hizo, en este sentido, por Almería (con un 90% de analfabetos sobre la población total), lo mismo que la industrialización malagueña (86%) o la mayor difusión de la pequeña propiedad en ambas. Sólo el tradicional comercio gaditano parecía conseguir algo (75%).

 

                b) El paro, ligado al aplastante predominio y a la peculiar caracterización del sector agrario, que se traduce en que los jornaleros absorban el 40% de la población activa and. porcentaje que sólo trabaja en torno a 180 días al año, percibiendo unos salarios cuya evolución es sintomática del grado de atraso y explotación de la mayor parte de la población and., justificando así el mantenimiento de los sistemas extensivos de cultivo: "En un análisis evolutivo de los salarios se puede establecer que hay un alza salarial que se inicia a mitad del XVIII y que perdura hasta fines de siglo o primeros años del XIX; luego desciende hasta que hacia fines de 1850, por estímulo del ferrocarril, desarrollo del olivar y auge del viñedo se inicia una lenta recuperación que hace que hacia 1860 el nivel salarial sea el mismo que tenía en torno a 1790; estancamiento que contrasta con la fuerte subida que los precios agrícolas y la renta agraria tienen en ese mismo período, radicando en dicha disparidad la causa del fuerte beneficio y capitalización de los propietarios de tierras." (16). Algunas de las salidas al paro las conocemos, lamentablemente, por su actualidad: trabajo de mujeres y niños, emigración, así como algunas de sus manifestaciones colaterales, las ocupaciones de fincas -infructuosamente repetidas y reprimidas desde mediados del s.XIX, mientras que otras, como el bandolerismo, desaparecieron. Su dimensión más cruel, la desnutrición crónica, enlaza con el punto 1: la mayor incidencia de mortandades epidémicas en Andalucía respecto al resto de la nación.

 

                4. Como resultado de todo ello se invierten ya en el s.XIX, pero con máximo incidencia en el XX, dos de los signos más repetidos a lo largo de la evolución del poblamiento and.: de tierra poco poblada a tierra superpoblada; de tierra de inmigración a tierra de emigración. En lo que se refiere al primer aspecto, sólo la consolidación de los avances higiénicos en el país frenó la mayor mortalidad de los and., y de ahí que el "boom" demográfico and. sea relativamente reciente y desfasado respecto al resto del territorio español, ya que el crecimiento se acelera justo cuando comenzaba a ralentizarse la progresión en el conjunto nacional. Esta distorsión responde a dos hechos: aunque entre 1860 y 1910 Andalucía reduce más su natalidad que el resto del estado (de 43% a 35,6% frente a 39,5% a 32,7%) al partir de niveles más altos, esta reducción está compensada por el descenso de la mortalidad. Esta natalidad mayor se relaciona con las características de la población, al predominar la de tipo rural.

 

                LLama la atención el hecho de que esta etapa de mayor crecimiento coincida con la primera de emigración importante, lo que indica que, como anunciábamos, la falta de revolución industrial y el estancamiento de la agricultura en sistemas extensivos, hace obsoleta la demográfica, generándose así un excedente de población que, para el conjunto and., y sólo en migraciones interiores, Barbancho ha calculado en 127.114 hab. entre 1901-10, 45.263 para 1911-20 y 138.627 hab. entre 1920-30. Por la existencia de datos, puede destacarse la emigración almeriense a Argelia, relacionada con el hundimiento de la minería, y que se cifra en 16.521 hab. entre 1885-6 y en 33881 para el quinquenio 1891-5. No se conoce el montante de la emigración americana, pero debió ser también considerable, sobre todo entre los pequeños propietarios penibéticos arruinados por la filoxera.

 

                5. En consonancia con todo lo anteriormente expuesto, el tipo de poblamiento no se ve sustancialmente alterado. Aunque las ciudades crecen y se transforman -y para ello es fundamental la Desamortización-, redensificándose los barrios más afectados por las crisis del s. XVII (Sevilla, Córdoba, Jaén) y convirtiéndose los negocios inmobiliarios en bocado apreciado para las oligarquías locales, será mínimo el número de las ciudades integrantes de la densa red urbana and. que concentre las funciones características de la ciudad capitalista: Sevilla, Cádiz, Málaga y Granada. El resto de las ciudades sigue respondiendo al modelo de cabecera de un hinterland marcadamente rural: Córdoba, Jaén y Almería, junto a todo el rosario de ciudades campiñesas y del Surco Intrabético. Una vez más, el peso de las estructuras sociales aborta el desarrollo de un potencial, en este caso la existencia de una red urbana que debería haber servido de vehículo de propagación del desarrollo económico, y que se quedaron en baluarte del estancamiento. Por el contrario, tanto Sevilla como Cádiz se convierten en los concentradores de la escasa diversificación económica provincial, pero el alcance de ésta es muy reducido, ignorándose entonces lo que será un fenómeno actual: la concentración en ellas de las gentes que no encuentran trabajo en el campo. Aún no se ha espoleado el éxodo rural y, como consecuencia, el paro es un fenómeno minoritario en las ciudades.

 

                Salvo en el efímero caso de la Málaga de los Heredia, "Las ciudades and. han perdido las características que las convirtieron, en otros tiempos, en un mito para Europa: el cosmopolitismo, la fluidez del dinero abundante, las oportunidades de trabajo y ascenso social y, en suma, su carácter de centros internacionales" (18).

 

                Este estancamiento urbana puede servir así como último exponente de la respuesta de la sociedad y la economía and. al desarrollo del capitalismo europeo y que podemos sintetizar en:

 

                - Desarticulación espacial y sectorial de la oferta y la demanda.

                - Uniformización de la economía, acaparada por el sector agrario.

                - Caracterización demográfica típica del subdesarrollo, con superpoblación, paro, emigración y analfabetismo.

                - Concentración de la propiedad de los medios de producción.

 

                Estos problemas se plantean insistentemente a través de las agitaciones sociales que se agudizan especialmente con la crisis agraria finisecular, problemas que la II República no sabe y/o no puede solventar y que ambas dictaduras reprimen. Pero, como exponíamos en la Introducción, estos problemas son, más o menos modificados, los mismos que gravitan sobre la sociedad and. actual. El largo armisticio de la dictadura del General Franco y el impacto del desarrollo económico español de los años Sesenta, ha modificado algunos términos que veremos en profundidad más adelante:

 

                - El latifundismo se ha adoptado con mayor o menor éxito a las exigencias de la agricultura capitalista mediante la renovación técnica.

                - La acentuación de la emigración aflojó la superpoblación, pero sólo coyunturalmente, como ha venido a poner de manifiesto el cese de las salidas extrarregionales.

                - Las acciones estatales consolidaron los núcleos minero-industriales.

                - El turismo enriqueció económica y demográficamente parte del litoral mediterráneo.

                - Pero, a cambio de todo ello, el paro agrario sigue siendo el problema por excelencia, una vez invertida la tendencia migratoria.

                - Los núcleos industriales no tuvieron tampoco en esta ocasión capacidad difusora, estando su futuro amenazado por la reconversión industrial.

                - El turismo, también una vez más, sitúa sus mayores beneficios en manos ajenas a las nacionales, siendo también reducida su capacidad de difusión espacial de la riqueza.

 

                Hemos intentado así seguir paso a paso los fundamentos históricos de lo que hoy es la organización espacial de la población y la producción en Andalucía, tema que desarrollamos a continuación.

 

 

BIBLIOGRAFÍA.

 

                Este tema se elabora a partir, fundamentalmente, de la "Hª de Andalucía" dirigida por DOMÍNGUEZ ORTIZ de Ed. Planeta, Barcelona, 1981, salvo indicación contraria.

 

                (1) BENDALA GALÁN, M. La Antigüedad T.I, p.81-189.

 

                (2) SÁNCHEZ MARTÍNEZ, M. Apogeo y crisis del estado cordobés. T.I, p.183-355.

                (3) LÓPEZ DE COCA, J.E. El Reino de Granada (1354-1501)

T.III, p.317-477.

 

                (4) GONZÁLEZ JIMÉNEZ, M. Andalucía Bética en "Organización social del espacio en la España Medieval. La Corona de Castilla en los s.VIII-XV". Ed. Ariel, Barcelona, 1985 p.163-194.

 

                (5) Estos aspectos los hemos sintetizado a partir de GONZÁLEZ JIEMENZ, op. cit. y Orígenes de la Andalucía Cristiana en "Hª de Andalucía", T.II, P.129-200, y de LÓPEZ DE COCA, J.E., op. cit. y El Reino de Granada en Organización social... op. cit. p.195-245.

 

                (6) CABRERA MUÑOZ, E. El mundo rural (1350-1504). T.III p.101-189.

 

                (7) BERNAL, A.M. Andalucía, s.XVI. La economía rural. T.IV, p.121-160.

 

                (8) GARCÍA BAQUERO, A. ¿Economía urbana frente a economía rural? (s.XVI). T.IV, p.265-292.

 

                (9) RODRÍGUEZ MOLINA, J. Reino de Jaén (1503-1621). T.IV, p.121-160.

 

                (10) BERNAL, A.M. Andalucía Occidental Economía rural 1590-1765. T.VI, p.185-242.

 

                (11) RODRÍGUEZ MOLINA, J. Demografía, sociedad y economía de Jaén (1921-1778) T.VI, p.289-32.

 

                (12) A partir de DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. La población de la Baja Andalucía (1621-1778) T.VI, p.129-152 y VINCENT, B. Economía y sociedad en el Reino de Granada (s.XVIII) p.373-402.

 

                (13) GONEZ CRESPO, J. Olavide y la colonización interior de Andalucía. T.VII, p.329-342.

 

                (14) GARCÍA BAQUERO, A. Las mudanzas del condicionamiento americano. T.VII, p.243-287.

 

                (15) BERNAL, A.M. Hacia la formación de la Andalucía actual. T.VII, p.65-116.

 

                (16) BERNAL, A.M. Señoritos y jornaleros. La lucha por la tierra. T.VII, p.217-296.

 

                (17) GARCÍA BAQUERO, A. Independencia colonial americana y pérdida de la primacía andaluza. T.VII, p.116-152.

 

                (18) GARCÍA BAQUERO, A. y ALVAREZ SANTALO, C. Evolución social y transformación urbana. T.VII, p.297-344.